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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dios rompe la barrera del pecado a través de su amor dado en la cruz, haciendo que pueda entrar en nuestro corazón la efusión del Espíritu Santo.

Homilía p062011a, predicada en 20170523, con 6 min. y 2 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del comienzo del capítulo dieciséis de San Juan. En sus palabras, Cristo relaciona su propia partida y la llegada del Espíritu. Meditemos pidiendo el auxilio de Dios. Meditemos un momento sobre lo que esto significa Cristo se va, el Espíritu Santo viene. ¿Por qué tiene que ser así? Es decir, con la ayuda del Señor, repito, será que podemos entender un poco mejor, cuál es la relación entre la partida de Cristo y la llegada del Espíritu.

El Evangelio según San Juan, que es el que meditamos con mayor abundancia en el tiempo pascual, creo que nos da una pista cuando en el momento mismo de la muerte de Cristo describe ese instante con estas palabras, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu. Esa frase, bendita frase feliz, muestra el nexo profundísimo que hay entre Cristo que muere y el Espíritu Santo que llega a nosotros. Pero la pregunta sigue ¿por qué la muerte de Cristo es en cierto sentido como una especie de requisito? ¿Por qué parece que es como un requisito para que venga el Espíritu? Evidentemente no es un requisito absoluto, porque nos damos cuenta que ya en el Antiguo Testamento el Espíritu Santo habló por los profetas, como decimos en el Credo. Pero sí tiene que haber una relación con la muerte de Cristo. Creo que la mejor manera como puedo explicarla es ésta.

El ser humano encerrado en el pecado. Construye gruesos y muy altos muros en lo que cree que es su imperio y su fortaleza, pero que en el fondo es más su prisión y su sepulcro. El ser humano fácilmente se encierra dentro de su egoísmo, dentro de su mentira, dentro de su soberbia. Cualquiera que haya tratado de argumentar con una persona llena de soberbia se da cuenta hasta qué punto los seres humanos nos volvemos impermeables. Se vuelve casi imposible hablar con nosotros. Entonces, parece que es una buena descripción aquello de un muro que es grueso y que es muy alto. Y dentro de ese muro que yo considero mi castillo y mi imperio, en realidad lo que he hecho es levantar mi prisión y próximamente mi sepulcro. Pero bueno, así somos los pecadores, así hemos obrado ante Dios.

¿Cómo entra la muerte de Cristo en esto? La muerte del inocente, la muerte de aquel que se ofrece voluntariamente y que acepta lo que es injusto, pero no porque sea injusto, sino para detener la injusticia. Y eso es Cristo en la cruz. Muere de esa manera, nos está mostrando un amor absolutamente sublime. Es decir, no es el hecho escueto de la muerte de Cristo. Es, como dice San Pablo, la muerte y muerte de cruz. El hecho de que Cristo haya llegado hasta el extremo de la cruz es lo que hace que sea visible el extremo de su amor, como dice el capítulo trece de San Juan Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Y ese extremo amor de la cruz es el que revienta todos nuestros prejuicios, es el que revienta todas nuestras mentiras.

Por eso he comparado en alguna ocasión la muerte de Jesucristo en la cruz con un misil. Un proyectil de amor lanzado con máxima potencia y con perfecta velocidad ¿hacia dónde? hacia esa barrera de pecado que cada uno de nosotros ha construido. Entonces parece que la relación es esa. El escándalo de la cruz en la medida en que es sufrimiento, con el cual un inocente quiere detener la injusticia del mundo por puro amor. El sufrimiento de ese inocente que revienta las categorías de mi mente y que denuncia mi complicidad en el pecado del mundo. Es un proyectil que ha sido lanzado por Papá Dios y que rompe la barrera. De esto habló el rey David cuando dijo Un corazón quebrantado, tú no lo desprecias. Y Dios revienta, Dios quebranta nuestro corazón a través fundamentalmente del misil de su amor en la cruz. Entonces ahí vemos la relación. La cruz es el misil de amor que rompe la barrera, que abre la muralla y luego a través de esa muralla puede entrar en abundancia el torrente del amor de Dios, que es la efusión de su Espíritu.

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