Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El don del Espíritu extiende a todos los mismos bienes que pudieron recibir de Cristo los que vivieron en su tiempo.

Homilía p062008a, predicada en 20140527, con 5 min. y 7 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del Capítulo número Dieciséis de San Juan. Encontramos una de las frases más humildes, más profundas y más misteriosas de todo el Evangelio. Dice nuestro Señor Jesucristo: Si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Santo, el Paráclito. Una frase de increíble humildad. Pareciera que Cristo quiere dejar todo el protagonismo al Espíritu. Pareciera que Cristo se pone con toda sencillez, en segundo plano, pensando en primer lugar en nuestro bien, lo que es mejor para nosotros. Pareciera que Cristo, con esta manera de partir, se somete tan perfectamente y tan de corazón a la voluntad del Padre, que así se convierte también en nuestro gran referente de humildad. Pero además de la humildad, que es perfectísima en Jesús, debe haber alguna razón para que Él nos hable así. ¿Qué tiene la partida de Él? ¿Qué tiene que hace posible la llegada del Espíritu?

Pues démonos cuenta que ya los antiguos profetas habían hablado de la necesidad de esta acción del Espíritu. Escribiré mi ley en vuestros corazones, había dicho el Señor por boca del profeta Ezequiel, por ejemplo. Es evidente que la sabiduría tan notable de la ley de Moisés era, sin embargo, insuficiente para cambiar al ser humano. Porque tener leyes justas y tener preceptos santos es inútil si el corazón sigue resistente y frío. Por eso la verdadera transformación es la que tiene que suceder adentro de nosotros. Es necesario llegar allá, es necesario tocar la intimidad del corazón, es necesario llegar a esa profundidad. Es verdad que Cristo, con su predicación, con sus milagros, con esas manos benditas, hizo tantísimo bien.

Pero ¿Cómo llegar a todos? ¿Cómo tocar a todos? ¿Cómo bendecir a todos? Pienso, por ejemplo, en esa hermosa escena en la que le presentan a Jesús unos niños. ¡Qué felices! Bienaventurados esos niños que pudieron ser así, tocados, bendecidos, que pudieron recibir ni más ni menos que la caricia de Dios a través de las manos santísimas de nuestro Señor Jesucristo. Pero y los demás niños ¿Cómo se puede llegar a todos? Y es que al fin y al cabo, lo mismo que esos niños y más que ellos, también nosotros necesitamos que venga esa unción.

Entonces, ahí está una explicación de por qué Cristo tiene que irse, tiene que irse porque su carne, por supuesto, ese instrumento unido a la divinidad, como dice Santo Tomás de Aquino. Pero ese cuerpo tiene las limitaciones que tienen nuestros cuerpos. Por ejemplo, en eso de llegar a tocar la historia y la vida y la enfermedad y el cuerpo de los demás. Por eso tiene que irse Cristo. Pero hay otro elemento, y es que la manera de partir Cristo es al mismo tiempo, y aquí cabe un juego de palabras la manera de partir nuestro corazón. Si el corazón nuestro está endurecido, hay que partirlo, porque es el corazón contrito, es decir, el corazón triturado, el que verdaderamente se abre a Dios. Y la partida de Cristo es la que tritura ese corazón. La partida de Cristo es la que cambia esa historia.

La partida de Cristo, obviamente estoy hablando de la cruz, estoy hablando de su dolorosísima pasión y la dolorosísima pasión que despedaza el cuerpo de Cristo, despedaza y tritura nuestros corazones, y así abre espacio para que, dejando atrás nuestras tontas arrogancias, seamos dóciles para recibir el don excelso del Espíritu. Por eso la frase de Jesús: Os conviene que yo me vaya.

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