Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Sólo quien se reconoce necesitado de defensa aprecia la cercanía del Espíritu Defensor, Paráclito.

Homilía p062007a, predicada en 20130507, con 11 min. y 10 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, de poco sirve saber que Cristo es el pan de vida si uno no tiene hambre y en particular hambre de ese pan. De poco sirve saber que Cristo es la luz si uno cree que ve perfectamente. Eso fue lo que sucedió en aquel pasaje del Evangelio de Juan. Cuando Cristo curó a un ciego de nacimiento y unos fariseos reñían con ese hombre, y después también con Cristo. En un momento dado, ellos preguntan ¿Y es que nosotros estamos ciegos? Y Jesús les responde de una manera paradójica. El problema de ellos es que precisamente creen que ven. Así que Cristo le aprovecha a aquél que siente hambre. Cristo le aprovecha a aquél que reconoce que no se las sabe todas, aquel que necesita una orientación, aquel que necesita ser sanado, aprecia mucho que Cristo sea ese médico divino, aquel que necesita ser enseñado, se siente feliz junto a Cristo Maestro. Aquél que tiene hambre de verdad y de vida, se siente gozoso encontrando esa vida y esa verdad en Jesús.

Por eso, una buena parte de la evangelización es ayudar a que se despierte esa hambre que en realidad está ahí, pero quizás está maquillada, está dormida o quizás hay algunos sucedáneos que han eliminado la sensación de hambre sin saciar el hambre. Como a veces pasa con los niños que comen cualquier cosa, cualquier golosina, y llega la hora de la verdadera comida y no tienen hambre, porque ese dulce, esa golosina, ha maquillado, ha ocultado la verdadera hambre. Esto que hemos dicho de Cristo se puede aplicar también al Espíritu Santo, que recibe sobre todo un nombre en el evangelio de Juan es el paracletos. Una de las traducciones posibles es la palabra que se ha utilizado hoy el defensor. Palabra bastante diciente. Literalmente Parakletos es el que se llama para que esté al lado, es el abogado. La palabra abogado viene de ahí, Advocatus Paracletos. Se le llama para que esté al lado, para que ayude, para que argumente, para que tenga la cabeza despejada y defienda los intereses del cliente. Ese es el parakletos, es el defensor. Entonces el nombre que tiene. Quedémonos con ese nombre. El nombre que tiene el Espíritu Santo es el defensor.

Pero lo mismo que antes decíamos de Cristo, hay que decirlo ahora del Espíritu. De qué le sirve a un cristiano saber que el Espíritu Santo es el defensor, si ese cristiano no siente necesidad de ser defendido o si cree que se puede defender solo, o si cree que no está en peligro, o si cree que los peligros son demasiado pequeños. Así que también en este caso se necesita una obra de predicación y de evangelización hasta llegar uno a entender que efectivamente sí está en peligro, que efectivamente sí hay un ataque, que efectivamente uno necesita una defensa y que efectivamente esa defensa no la puede proveer uno solo. Uno necesita más que uno mismo. Como varios de los que estamos aquí vamos a ayudar en algunas celebraciones de Pentecostés, por ejemplo, en vigilias de Pentecostés. Me permito sugerir con todo afecto, que estos elementos, que son la cara seria pero necesaria de Pentecostés, no se nos olviden. Lo digo porque en estos años de vida religiosa he podido estar en algunas celebraciones de Pentecostés y algunas vigilias de Pentecostés, también de las que organiza la Orden Dominicana. Y a veces es lamentable la frivolidad con que se manejan las cosas. Simplemente se presenta la alegría del espíritu como una especie de pequeño carnaval, como una especie de fiesta juvenil, como una especie de velada o como una especie de encuentro gozoso de amigos. No tiene nada particularmente de malo que se encuentren con gozo los amigos, pero eso es dejar sin Pentecostés a la gente.

La verdadera celebración del Espíritu requiere que se sienta hambre de este defensor. En esa línea va un texto del apóstol San Pablo al final de la carta a los Efesios, el Capítulo Sexto dice el apóstol: Nuestra lucha. Habla de una lucha no es contra la carne y la sangre. El problema más grande no es lo que alcanzan a ver nuestros ojos y hace una alusión utilizando las categorías de esa época a la lucha espiritual, al combate espiritual. Estamos en lucha espiritual. Hay personas que se obsesionan con el tema de los espíritus y hay personas que ven demonios en todas partes y hay personas que viven buscando padres para que les hagan liberaciones cada semana o cada tres días. Ese es un extremo. Pero en el otro extremo hay personas que pretenden naturalizar por completo el mensaje del Evangelio, como si todos los problemas fueran simplemente solubles a través de nuestro esfuerzo y de nuestra perspicacia.

Esa otra postura, la de creerse uno suficiente, tiene un nombre en la Iglesia y se llama pelagianismo. Es el creer que las fuerzas humanas son suficientes. El apóstol Pablo, pues nos recuerda que si hay un combate y que ese combate está más allá de nuestras fuerzas, ¿Por qué está más allá? Por los disfraces. El problema son los disfraces. El problema es que hay mentiras que son demasiado atrayentes para el corazón humano. Y esas mentiras pueden seducir, tienen cara de verdad. Y hay daños y hay pecados que tienen un disfraz tan atractivo que realmente parecen una cosa buena. Para darse uno cuenta de la sutileza a la que pueden llegar los engaños y para conocer algo de estos disfraces, nada mejor que asomarse a las discusiones éticas de nuestro tiempo.

Realmente hay argumentos que están tan bien escritos, tan bien presentados, que uno llega a sentir duda de si lo que la Iglesia ha enseñado tradicionalmente, es lo correcto o quizás es demasiado duro. Cuando se trata de temas éticos, por ejemplo, anticonceptivos artificiales o el aborto en caso de violación o el matrimonio homosexual. Hay momentos en que yo he visto que el sacerdote, el religioso, duda y dice pero si es que al fin y al cabo, ¿Cuál es el gran problema? ¿Qué tanto daño está haciendo esa gente? ¿No será que estamos muy obsesionados con el tema sexual? ¿No será que son nuestras obsesiones clericalistas y celibatarios las que nos impiden ser más caritativos con esa gente? Entonces, hay argumentos tan bellamente presentados, son tan sutiles y llegan a adquirir hasta la cara de evangelio. Se visten de misericordia, se visten de sabiduría.

Por ejemplo, tome el caso de la sanación pránica de la que estaba hablando en ese boletín que envío diariamente. Hay gente que duda sobre eso porque la sanación pránica habla de la energía y cómo la energía se transmite a través de las manos y cómo se puede ayudar a sanar a las personas por medio de una serenidad y una meditación. Y hay gente que dice pero si se está haciendo el bien, si se le está llevando paz a la gente, ¿Por qué va a ser malo eso? Entonces ahí es donde conviene recordar lo que estamos diciendo del defensor. El error va adquiriendo un rostro que solamente con la sabiduría del espíritu llega a descifrarse y llega a desenmascararse. Por eso también entendemos que es parte de la preparación para Pentecostés. Una tremenda humildad, especialmente una humildad intelectual, porque a veces cuando uno ha estudiado y hay gente que con tres años de estudios ya se considera lo último. Cuando uno ha estudiado algo, entonces uno cree que puede ya discernir todo y ya tiene respuesta para todo.

Necesitamos una gran humildad, necesitamos un gran espíritu de oración. Necesitamos clamar por este defensor, porque si no sentimos una enorme urgencia, si no sentimos una ardiente hambre de este espíritu, probablemente es que nuestra condición es tan grave que ahí sí que deberíamos rogarle mucho más. Así que el que sienta hambre de espíritu ruegue con gran fervor. Y el que no sienta esa hambre ruegue con mayor fervor, porque es más grave no tener esa hambre. Que Dios el Señor nos vaya preparando para este Pentecostés. De manera que en nosotros mismos y en aquellos que tenemos cerca, se realice esta maravilla que quiso Cristo que fuéramos defendidos para que el tesoro de la salvación no se perdiera, sino que fuera verdadera gloria del Padre, y del Hijo y del Espíritu.

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