Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Paráclito, el Gran "Ayudador," con su luz confirma la verdad de Cristo en el cristiano, y singularmente en el sacerdote.

Homilía p062005a, predicada en 20120515, con 14 min. y 30 seg.

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Transcripción:

Como nos indicaba nuestro obispo Monseñor Luis Felipe, en esta Eucaristía estamos pidiendo un anticipo de Pentecostés. Estamos pidiendo que, el don del Espíritu, ese Espíritu que renueva la faz de la tierra. Renueve nuestros corazones y en especial, renueve su gracia y su unción en este selecto grupo de presbíteros de nuestra Diócesis de Chiquinquirá. Las lecturas no podían ser más apropiadas porque nos hablan de la partida de Cristo y de la llegada del Espíritu y del fruto de esa presencia del Espíritu.

Permítanme, hermanos, que les pida abiertamente su oración constante por nuestros sacerdotes. La oración humilde, constante y creyente tiene poder. Lo que han dicho tantos santos es la verdad, Dios, que lo puede todo, se deja vencer, sin embargo, por la oración. O como lo expresaba Catalina de Siena, la oración tiene poder sobre Dios, porque es Dios quien inspira la oración. Todos sabemos que necesitamos abundantes y santos sacerdotes, que sea la primera conclusión, el primer propósito en este día de oración, pedirle al Señor que renueve el don de su unción sacerdotal en este presbiterio. Y pedirle que las vocaciones para servicio de la Iglesia, salidas de esta diócesis de Chiquinquirá. Tengan espíritu generoso y tengan abundancia de unción. De modo que el Evangelio de Cristo impregne los corazones, se entre a los hogares, reine con eficacia, con majestad, con soberanía en todas partes. Jesús nos habla del Paráclito. ¡Qué palabra tan hermosa!

Paráclito quiere decir el que se llama para que esté a nuestro lado. De ahí viene en latín la palabra advocatus y de ahí nuestra palabra en castellano, abogado. Verdadero abogado, verdadero, auxilio a nuestro lado, es el Espíritu Santo de Dios. Este es el Espíritu que custodia los intereses de Jesucristo. Este es el espíritu que custodia la redención de Cristo. Este es el Espíritu que abre el camino al Evangelio de Jesucristo. Ese es el Paráclito. De una manera coloquial podríamos llamarlo el gran ayudador. Que impresionante es la Eucaristía, hermanos. Cuando pensamos que las manos indignas y frágiles de un ser humano, extendidas sobre el pan y el vino, y la voz efímera y frágil de un ser humano, pronunciando las palabras de Cristo, puede realizar el milagro más grande que existe en esta tierra, la Divina Eucaristía. ¿Pero es que acaso esas manos tienen fuerza para confeccionar la perfección infinita del Cuerpo de Cristo? ¿Es que acaso esa voz tiene la potencia para traer desde el cielo al que es la misma palabra? ¡Por supuesto que no! Pero ese hombre y ese hombre está aquí. Y ese hombre es este sacerdote. Ese hombre que es, cada uno de estos sacerdotes tiene un abogado, tiene un ayudador.

Y en ese momento que la Iglesia llama Epíclesis, es la obra preciosa del Espíritu que toma la fragilidad y la indignidad de ese hombre, de ese consagrado para realizar la Eucaristía. Ahí está, hermanos, lo que quiere decir Paráclito. Paráclito es aquel que me susurra al oído la verdad del Evangelio, cuando me postro ante el Señor, cuando recibo la absolución de mis pecados, cuando quizás me acecha, me atenaza la duda de si mis súplicas alcanzan la altura de los cielos. Ahí está a mi lado el Paráclito, ahí está a mi lado el Ayudador, ayudándole a mi poca fe, ayudándole a mi pobre oración, ayudándole a mis escasos méritos. Ahí está el Paráclito. ¡Cuánto necesitamos de este ayudador! ¡Cuánto necesita del Espíritu el pueblo de Dios! Pero en ese pueblo especialísimamente, aquel que lo preside en nombre de Cristo, es decir, el sacerdote.

Yo en este instante le estoy clamando al Señor. Que este sea un Pentecostés sacerdotal. Que esa fecha que ya se anuncia cercana, tenga para nosotros el carácter indeleble del beso de Dios. Que nos sintamos besados, fortalecidos, abrazados, sostenidos por Dios. El júbilo, el júbilo del Evangelio sólo lo puede dar el Paráclito. Que venga entonces en nuestra ayuda. Por último, hermanos, fijémonos en cuáles son las obras de este espíritu de ayuda. Este espíritu abogado nuestro, dice Jesús: Que ese Espíritu Paráclito va a demostrar la injusticia y pecado del mundo y va a defender la inocencia del Señor. Es decir, ese espíritu, cuando llega a nuestros corazones, muestra a la vez en dónde está el engaño en que el mundo pretende atraparnos y en dónde está el triunfo de la santidad y de la inocencia y de la pureza que hay en Jesús.

Porque hay que saber, hermanos, que somos víctimas de un doble engaño. Y ese doble engaño se expresa de la siguiente manera ¿Por qué al bien, por qué al bueno le va mal? ¿Por qué al malo le va bien? Y ese doble escándalo y ese doble engaño son los que mantienen nuestro corazón prisionero en la mediocridad. La virtud se vuelve no solamente difícil, sino prácticamente imposible. Frente a esas dos preguntas, verdaderas tenazas de fuego que aprisionan el alma cristiana. ¿De verdad vale la pena limpiar el corazón? Es la misma pregunta que aparece en el segundo cántico del siervo En vano y en nada he gastado mis fuerzas. Y esa es la misma pregunta, esa es la misma duda que cae sobre el sacerdote. De verdad merece la pena que yo abra este libro de oración y como un tonto recite unas plegarias que no sé si alguien las está oyendo. De verdad merece la pena que yo prepare una homilía cuando hay solo tres o cuatro personas de las cuales una es sorda. De verdad vale la pena que yo quiera guardar mi promesa de celibato. De verdad vale la pena que yo quiera ser fiel a Dios y que me pierda tantas cosas atractivas, deleitables, fascinantes.

Jesús nos dice: Que el Paráclito viene a denunciar la trampa del mundo y viene a manifestar la inocencia del Cordero. Y cuando llega ese Espíritu Paráclito al corazón del sacerdote, una cosa maravillosa sucede. Ese sacerdote queda convencido de lo que vale y de lo que significa y de lo que puede, la identificación con Jesús. Y ese sacerdote queda convencido de que todos esos oropeles y toda esa fascinación y todas esas luces engañosas del mundo que como un carrusel, quiere marearnos y envolvernos todo eso no vale lo que vale, estar con Cristo y vivir con Cristo. Por eso, cuando llega ese Espíritu Santo, ya la mentira no tiene poder. Seguirá siendo difícil, la fidelidad, seguirá siendo difícil la virtud. Pero cuando ya la mentira se quebranta y cae, cuando ya la mentira ya no tiene poder, entonces con humildad y con constancia y con paciencia, podemos cultivar nuestra vocación, podemos cultivar nuestra vida. Hermanos, queridos, especialmente hermanos en el sacerdocio, que esta presencia del Espíritu en nosotros nos quite el velo de los ojos, que podamos ver la grandeza de lo que significa un corazón sin pecado, un corazón inocente, un corazón cautivado únicamente por Cristo, un corazón atraído únicamente por su mirada, un corazón convencido de sus promesas.

Eso lo puede, eso lo puede hacer el Espíritu Santo en ti y en mí. Que venga ese Espíritu. Yo sé que contamos con la oración de ustedes y sé que ese Espíritu también en ustedes, amados hermanos, que nos acompañan en la Eucaristía. Yo sé que ese Espíritu también en ustedes producirá lo único que Él sabe hacer frutos de santidad para la gloria del Padre y de su Hijo Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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