Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Espíritu Santo produce un maravilloso terremoto en nosotros, trayéndonos la verdadera vocación.

Homilía p062003a, predicada en 20010522, con 13 min. y 25 seg.

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Transcripción:

Una cosa interesante para mirar en estas lecturas, particularmente en la primera, es el asunto del temblor. Hubo un terremoto que trajo la libertad a Pablo y a Silas. Uno hace memoria de terremotos y se encuentra con que cuando murió Cristo hubo también un terremoto. Y en los comienzos de la predicación de los apóstoles también se dio un caso en que después de haber encarcelado a los apóstoles, fueron liberados milagrosamente y toda la iglesia oró y dice Lucas: Cuando terminaron de orar, tembló el lugar, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo. El temblor, este no es un simple accidente de la geología. Es una manera de intervenir de Dios. El temblor que acompaña la muerte de Cristo. El terremoto que acompaña a la oración de la Iglesia. Y este temblor de hoy ante los cantos de alabanza de Pablo y Silas en una oscura y sucia mazmorra.

Ese temblor es una anticipación. Del temblor definitivo que sucederá cuando Cristo juzgue cielos y tierra. Ese temblor no es un retorno al caos, no es un terremoto en el sentido usual de la palabra. Nosotros estamos acostumbrados a pensar en el terremoto como un momento caótico donde caen por igual todos. Un momento que causa desorden y pánico. Esto de lo que nos habla la Biblia no es un terremoto en ese sentido, porque no es un temblor que causa caos, sino un temblor que trae orden. Era un terrible desorden que Pablo y Silas, siendo inocentes y habiendo solamente buscado el bien de aquella gente, fueran castigados y fueran encarcelados. Y Dios terminó ese desorden con un terremoto. Era un terrible desorden que fueran perseguidos los apóstoles. Dios terminó con la cobardía, fruto de esa persecución, con el terremoto de aquella oración. Todos quedaron llenos del Espíritu. La persecución no le puede dar autoridad al enemigo sobre los cristianos. Ese es un desorden, hay que terminarlo y se termina con un terremoto.

Pero desde luego no hay mayor desorden que la muerte de Cristo. El perfectamente inocente que muere y entonces no, según nos dice la Escritura, hubo un terremoto y sucedieron cosas extrañas, porque como fruto de ese terremoto se abrieron tumbas y hubo gente que resucitó porque la muerte es anormal. La muerte es contraria al designio de Dios para con los hombres. Y la muerte de Cristo trae un terremoto que pone en orden las cosas. Es decir, que no debemos mirar estos temblores y terremotos como accidentes geológicos o como circunstancias caóticas, sino que son intervenciones fortísimas de Dios con las que Él pone orden en determinadas situaciones. Esa es la conclusión a la que tenemos que llegar, pero también podemos sacar otra enseñanza. Resulta que el terremoto del que nos habla el Capítulo Dieciséis de los Hechos, no solamente sacudió la cárcel para abrir las puertas, sino que fue un terremoto rarísimo, porque los cepos se abrieron, las cadenas se abrieron. Uno no esperaría que el cerrojo de una cadena se abriera por un terremoto. Las cerraduras se abrieron. Analicemos un poco esto a la luz de alguna enseñanza que nos da San Pablo. Pablo dice: La creación fue sometida a desorden.

El pecado siempre supone un desorden, primero en la voluntad humana y luego en las cosas que manejamos los hombres. Por ejemplo, si yo utilizo el hierro para hacer un cuchillo y ese cuchillo para matar a un inocente, ese hierro está colaborando a la muerte de un inocente. Es decir, el pecado que empieza en el corazón humano y que sale del corazón humano, según la expresión de Cristo, termina produciendo un desorden en la naturaleza, poniendo a los elementos de la naturaleza al servicio de algo que es contrario al plan de Dios. Ese es el desorden que está en la naturaleza. San Pablo nos dice hablando sobre la castidad. Dice cómo los pecados de castidad suponen un desorden que dice Él: Queda en el cuerpo de la persona, dice: Los otros pecados salen de la persona, pero ese es un desorden en el que la criatura implicada es la misma criatura que engendró ese pecado. El pecado es un desorden en la voluntad, pero no se queda solo en la voluntad, no se queda en la interioridad del corazón, sino que se traduce en desorden y en esclavitud para el cuerpo, por ejemplo, y luego para los elementos de la naturaleza. El hierro de esas cadenas con las que estaban apresados Silas y Pablo era un hierro que estaba siendo obligado a torturar a hombres santos e inocentes, por medio del terremoto lo que hace Dios es quitar el imperio del mal sobre las criaturas. De manera que quitando ese peso del mal, el hierro se abre, el hierro deja de obedecer al pecado y obedece a Dios. Y el deseo de Dios es la libertad de esos predicadores.

De esta manera, a través del terremoto, los elementos de la naturaleza dejan de responder a la voluntad pecaminosa. Por ejemplo, de aquellos magistrados que encarcelaron a Pablo y Silas y empieza a responder a la voluntad salvífica de Dios, a la voluntad amorosa y sabia de Dios. Por medio de ese temblor, Dios quita el dominio del mal sobre las criaturas. El hierro queda libre y libera las puertas, seguramente de metal quedan libres de la opresión del pecado que las obligaba a encarcelar a inocentes. Y entonces se abren. Es un momento tan bello pensar eso, que las cosas están oprimidas por el pecado. Pero Dios quita el pecado y entonces las cosas saltan de gozo y se abren y aparecen. Como dice Pablo en la carta a los Romanos la manifestación gloriosa de los hijos de Dios.

En la Santa Misa acontece también un pequeño terremoto. En la Santa Misa, aparece un terremoto, podríamos decir silencioso, escondido. Tomamos elementos de la creación; Pan y vino. Invocamos al Espíritu Santo, el mismo que removió el lugar donde habían orado aquellos primeros cristianos. Si lo pensamos bien, la transustanciación es el más grande de los terremotos en esta tierra, porque todos esos terremotos movían las cosas, pero en el fondo las cosas seguían siendo iguales. Es decir, las cadenas que se rompieron para dejar libres a Pablo y Silas seguían siendo cadenas que igual podrían encarcelar a otros. En cambio, a través de la acción del espíritu, una acción íntima, una acción que transforma no la posición, sino el ser, acontece, sucede, un maravilloso terremoto.

El universo entero necesita ser eucaristizado. Ese verbo existe en griego. San Justino dice, por ejemplo, que cuando se vaya a dar la comunión a los enfermos, dice: Los dones eucaristizado, es los que han pasado por el terremoto. Una hostia consagrada que es es un pedacito de universo terremoteado es un pedacito de universo eucaristizado. Y esa fuerza transformadora se terremoto de amor es el que nosotros nos comemos para que también nos haga un terremoto por dentro. Nosotros comemos los dones eucaristizado para que el terremoto transformador del Espíritu haga esa obra en nosotros, trayendo a nosotros nuestra verdadera vocación. Felices esos granos de trigo, felices esas uvas que se van a convertir en cuerpo y sangre de Cristo. Felices nosotros que comulgamos de los dones, eucaristizado y nos convertimos en aquel a quien comemos. Ese pan y ese vino van a alcanzar su plenitud. Nosotros vamos a alcanzar nuestra plenitud. Al comulgar se nos va a entrar un terremoto de amor para ser transformados, para ser transfigurados, para llegar a ser de modo distinto según el querer de Dios, según el designio original de Dios.

Si lo pensamos más, descubrimos que el primero de estos terremotos sucedió en las entrañas de María. La carne de María, de un modo incomprensible para nuestra mente, se convierte, por la acción del Espíritu de amor, se convierte en cuerpo humano completo y verdadero, de la segunda Persona de la Trinidad, María es el Sagrario. Es el lugar de la acción magnífica del Espíritu, María es el recinto donde el Espíritu hace su obra preciosa. Ella conoce de ese terremoto interior. En ella han sucedido esas transformaciones. Ella es maestra de vida en el Espíritu. Que ella nos bendiga y nos enseñe a participar.

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