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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dejar libres a nuestros prisioneros por la luz de la Palabra.
Homilía p062001a, predicada en 19970506, con 9 min. y 34 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, el breve y hermoso relato de los Hechos de los Apóstoles nos muestra bien la humilde fuerza del Evangelio. Ustedes habían conocido unos prisioneros tan libres que son capaces de entonar cánticos de alabanza en el fondo de una mazmorra, después de haber sido injustamente molidos a palos. Conocemos otros prisioneros que puedan levantar sus manos encadenadas por los hierros de esta tierra para bendecir al Dios de los cielos. Conocemos prisioneros que puedan celebrar su prisión como otros celebran su libertad y que puedan gozarse de sus heridas como otros que gozan de sus joyas o de sus ropas. Conocemos acaso prisioneros como estos, que traigan un mensaje de tan grande esperanza. Que resulte no solo luz en la oscuridad de esa prisión para los otros condenados, sino que llegue a convertirse en la única posibilidad de salvación del carcelero. No conocemos unos prisioneros como este, ni tampoco conocíamos a un carcelero que estuviera tan aprisionado por su miedo. No conocíamos a un carcelero que se le arrodillara un prisionero para decirle ¿Ahora yo qué tengo que hacer para salvarme? En ese carcelero que se arrodilla delante del apóstol prisionero, ahí está la imagen de la manera como el mundo trata al Evangelio y a los evangelizadores, y al mismo tiempo de la súplica que le hace a esos evangelizadores y a ese Evangelio. Porque el mundo pretende confinar a las tinieblas a la luz. A esa luz que es el Evangelio. El mundo pretende encerrar y encadenar a la libertad que es Cristo, y el mundo pretende odiar al amor que se ha manifestado en su Pascua. Con todas las fuerzas de su alma castiga a esos evangelizadores y les recluye en oscura mazmorra, pero después de que los ha encerrado allá, tiene que ir también allá a pedir un poco de luz. Ese es un carcelero que tiene las llaves de la cárcel, pero que no tiene las llaves de su corazón. Sabe asustar con el látigo, con la espada, pero en realidad está asustado porque él es víctima de un azote que es más fuerte que el de un látigo y pesa sobre él una condena que es más fuerte que la de cualquier espada. Todo su miedo se traduce en un gesto desesperado cuando intenta suicidarse y es un prisionero el que le da la libertad. Este Pablo prisionero le grita: No te hagas nada, nosotros estamos aquí. Esta vez es un condenado a muerte el que ha salvado de la muerte a su propio carcelero. Esta vez es la humildad la que ha triunfado. Y el fondo de esa cárcel, como en otro tiempo del fondo del sepulcro, ha salido una voz para salvar al que parecía que estaba libre, pero que había traicionado a la libertad. Y el carcelero pregunta ¿Qué tengo que hacer yo para salvarme? Esta es la pregunta que tiene que hacerse todo aquel que ha alardeado de su poder, de su dinero y de su capacidad de hacerle daño a otro. Porque nosotros creemos que somos poderosos cuando tenemos poder sobre otras personas, sin darnos cuenta de que ni siquiera somos capaces de dominar nuestras malas inclinaciones. Deberíamos reservar la palabra libre para aquel que fuera verdaderamente dueño de sí mismo. Y este carcelero no era dueño de sí mismo. Era una cadena más en las prisiones de esta tierra. Así como los otros estaban aprisionados en lo profundo del calabozo, él estaba aprisionado en la puerta del calabozo y estaba aprisionado ahí por su sueldo y por su miedo, por su incapacidad de hacer algo distinto, por su incapacidad de dejar de oprimir al hermano, porque él mismo se sentía oprimido por el miedo de ser ajusticiado. En efecto, por qué intentó suicidarse si no es porque veía que se le venía una terrible muerte encima. Luego, ¿Qué es lo que le tenía en ese puesto de carcelero y de opresor de sus hermanos? La opresión que él mismo sufría. Así es esta tierra, así es esta tierra, mis amigos. Una cadena en la que unos le vamos pasando, a otros la carga que no soportamos y queremos que otros sufran las cadenas con las que nosotros ya no podemos. Esas cadenas, lo mismo que las de Pablo y los otros prisioneros, han quedado rotas por la resurrección de Jesucristo y el carcelero, arriesgando su propia vida, trata a estos prisioneros y pasa a ser de opresor a discípulo, pasa a ser de mandón, ese hombre que necesita oír una orden. Él quedaba tantas órdenes y que se suponía que disponía de la vida y de la muerte. Necesitaba recibir una orden que lo sacara de la muerte y que lo trajera hacia la vida. Y por eso acoge a Pablo y a Silas y escucha la predicación del Evangelio. Y entonces va sintiendo cómo llega a su vida y a su familia y a su casa la verdadera libertad. Cómo necesitamos de predicadores, cómo necesitamos de Pablo y de Silas que anuncien la libertad que enseña, cómo necesitamos de esta fuerza, que nos haga ver que aunque alumbra el sol, hay tantos en tinieblas. Cómo necesitamos de gente que nos haga descubrir nuestras propias cadenas y que lleguen con la fuerza y la gracia que solo Dios concede para romperlas, para darnos la verdadera libertad. Pero en fin, cómo necesitamos nosotros mismos dejar ya de echarle la culpa a otro. Usted que me escucha, usted ¿A quién tiene condenado? No será que usted es un carcelero también. No será que usted tiene también su gente a la que ha recluido en las tinieblas. Gente a la que usted ha condenado, gente a la que usted ha culpabilizado de su vida. Esos son sus prisioneros. Usted también es un carcelero. Mientras usted tenga gente a la que está acusando con el dedo, mientras usted diga ellos me dañaron la vida y ellos son los culpables de que yo no tenga el dinero, la felicidad o la realización personal que estaba buscando. Mientras usted tenga personas a las cuales acusar y señalar, usted es un carcelero y esos prisioneros lo tienen prisionero a usted. Porque no se puede ser carcelero sin estar amarrado a una puerta. No se puede ser carcelero sin estar encadenado, más encadenado que los mismos prisioneros. Entonces usted tiene que ser un día de libertad para nosotros. Así como Dios libertó a estos prisioneros, así también nosotros en este día, soltemos a la gente a la que tenemos prisionera. A estas personas a las que hemos venido acusando, a las que hemos vivido acusando de nuestros males. Déjalas libres, sueltalas. ¿Qué importa? ¿Qué importa el fin? O serás tú como ese carcelero que no puede ver la libertad de sus prisioneros porque entonces tiene que suicidarse. Entonces te diré yo lo mismo que dijo el apóstol Pablo: No te hagas daño, no te hagas daño, hay libertad también para ti. No te han roto solamente nuestras cadenas, sino también las tuyas. Pueden ser rotas por el poder de Jesucristo resucitado. Es el momento, es el día de dejar libres a nuestros prisioneros, de postrarnos ante la palabra del Evangelio y de reconocer solo en esa palabra aquella luz, aquella fuerza que puede dejarnos libres a todos. Dios, el Señor, que ha hecho brillar la tiniebla, que ha hecho brillar la luz en medio de la tiniebla, traiga esta claridad a nuestros corazones, para que dejemos libres a nuestros prisioneros, y nosotros mismos, liberados por tanta gracia, nos gocemos como se alegró este pobre carcelero, al fin libre por la palabra de la.

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