Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La renovación interior que obra el Espíritu Santo.

Homilía p061022a, predicada en 20240506, con 7 min. y 47 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos va llegando a su culminación el Tiempo pascual. Sabemos hacia dónde nos conduce. Hacia la hermosa y grande celebración de Pentecostés. Y eso es bien curioso y bien bello del Tiempo pascual. Las lecturas de la Santa Misa en este tiempo empezaron en Hechos de los Apóstoles, Capítulo Dos, es decir, Pentecostés. Y después de hacer todo un recorrido que nos ha llevado por diversos lugares, hoy por ejemplo, en la primera lectura nos lleva a Filipos. Estamos volviendo a Pentecostés.

En el fondo, ese es el camino de la Iglesia y esa es la realidad que cada uno personalmente está llamado a vivir. Nosotros somos alentados, impulsados por el Espíritu. Pero una y otra vez tenemos que volver a Pentecostés y tenemos que recuperar esa gracia del Espíritu. Por algo el apóstol San Pablo le decía a Timoteo. Renueva la gracia que recibiste por imposición de mis manos. Con lo cual se demuestra que nosotros no podemos limitarnos a vivir de la renta, por así decirlo. A vivir de conversiones pasadas o de experiencias quizás muy bellas, o muy fraternas o muy espirituales, las podemos llamar incluso, pero que quedan irremediablemente en el pasado. Estamos llamados, junto con toda la Iglesia, a volver una y otra vez a Pentecostés.

Y para prepararse a Pentecostés, quizás el mejor recurso es recordar con insistencia los bienes que el Espíritu Santo, el Espíritu Paráclito y solamente Él puede darnos. Hoy, por ejemplo, en las lecturas aparece ese factor interno, esa acción o testimonio interno que da el Espíritu. Los apóstoles son generosos, nos admira a todos la figura de San Pablo. Pero ese testimonio de los apóstoles es un testimonio que podemos llamar exterior. Lo que logra el milagro es el testimonio interior, es decir, la obra del Espíritu, que es el que convence, es el que logra, sin violencia, cambios tan perfectos, tan constantes y tan fecundos como lo que nos cuenta la Biblia.

Nos dice esa primera lectura que esta mujer llamada Lidia recibió una gracia muy especial. El Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo. Detengámonos un momento en esa expresión. El Señor le abrió el corazón. A mí me hace recordar lo que aparece en Lucas Veinticuatro después del pasaje de Emaús, cuando Jesús se manifiesta a aquellos discípulos reunidos. Ellos no terminan de creer, ni siquiera teniendo la evidencia de la resurrección. Y entonces comenta el evangelista que el Señor les abrió el entendimiento. Es una obra interior y esa obra interior es la que hace de nosotros personas nuevas.

En nuestros estudios cultivamos mucho la argumentación, es importante, el diálogo es importante, la pedagogía es importante. Los recursos de la tecnología son importantes, pero el único que puede coronar la obra, el único que puede hacer que el corazón humano se disponga y reciba lo que Dios le trae es ese Espíritu que obra interiormente.

En la misma línea nos habla el Evangelio. El Espíritu de la verdad que procede del Padre. Él dará testimonio de mí, dice Cristo. Un testimonio que necesitamos continuamente. Porque así como nuestra conversión no es un proceso que ya esté terminado para siempre. Y así como nuestra vocación es un camino que tiene que seguir madurando, así también necesitamos de esta gracia del Espíritu en todas las etapas de la vida.

Las crisis pueden ser distintas, las tentaciones pueden ser distintas, pero creo que a todos nos acecha el peligro de llenarnos del polvo del camino. Poco a poco, casi sin darse cuenta, nos entra la tibieza, nos entra la indiferencia. Empezamos a negociar con el Evangelio, empezamos a interpretarlo de manera que no ofenda nuestras costumbres o lo que nos resulta más cómodo. Ya no somos tanto convertidos por el Evangelio como gente que convierte el Evangelio según su conveniencia. Y por eso necesitamos de este Espíritu que da testimonio de Cristo, que mantiene la imagen de Cristo, las palabras de Cristo con toda su hermosura, pero también con toda su exigencia.

Porque creo que estamos más tentados a quitarle la arista de la exigencia que a quitarle la suave belleza a las palabras del Señor. Sentir de nuevo con pasión esa arista de la exigencia del Evangelio, eso que tal vez en algún momento nos llevó a decir como el profeta Isaías aquí estoy, envíame a mí. Eso solo se puede renovar si el Espíritu va haciendo su obra en nosotros. Qué nos resta solo pedir ese Espíritu, solo suplicarle. Eso no se puede reemplazar con nada. Ningún decreto de arzobispo, con el mayor respeto dicho. Ninguna conclusión de este Sínodo de la sinodalidad, con todo el esfuerzo de tantas personas. Ningún libro bien escrito. Ninguna exhortación de nuestros superiores o formadores. Nada puede reemplazar el contacto inmediato, potente, capaz de enamorarnos, capaz de hacer de nosotros auténticos seguidores de Jesucristo.

Tomemos entonces, hermanos, esa tónica fuerte de invocación al Espíritu para vivir en plenitud Pentecostés, pero sobre todo para vivir nuestra fe y nuestra vocación.

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