Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Siete pasos para que las comunidades cristianas nazcan y se renueven

Homilía p061014a, predicada en 20180507, con 34 min. y 56 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Amados hermanos, la primera lectura de hoy ha sido tomada del Capítulo número Dieciséis del libro de los Hechos de los Apóstoles. Este libro de la Biblia nos ha venido acompañando y nos va a seguir acompañando durante el tiempo pascual. Hay muy buenas razones para que el libro de los Hechos de los Apóstoles esté con nosotros en la Pascua. Como sabemos, el tiempo pascual empieza con la solemne celebración de la Vigilia Pascual y termina con la fiesta de Pentecostés.

Y si miramos lo que ha sucedido en la comunidad cristiana nos damos cuenta que después de la muerte de nuestro Señor y después de su gloriosa resurrección y manifestación a los apóstoles, lo que sucede, lo que sucedió, es precisamente lo que cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles. O sea que hay una secuencia cronológica que hace perfectamente normal que leamos este libro. Es lo que sigue después de la Semana Santa. Muerte de Cristo, Resurrección de Cristo, Manifestación del Resucitado. Y entonces la comunidad cristiana. Podemos decir que despega con la fuerza del Espíritu Santo va creciendo.

Este libro de los Hechos de los Apóstoles. Es la referencia permanente para nosotros que somos discípulos de Cristo. Podemos decir que a lo largo del tiempo pascual estamos haciendo un curso, un curso intensivo de qué significa ser cristiano. Hoy, por ejemplo, nos encontramos con una mujer llamada Lidia. Esta mujer vivía en la ciudad de Filipos, en Macedonia. Ya en Europa, el Evangelio llegó a Europa por distintos caminos, pero el que conocemos mejor es este que se cuenta hoy. O sea que lo que estamos presenciando como en una fotografía, como en un clip de vídeo, lo que estamos presenciando hoy es el origen de una comunidad cristiana. Cómo nace, cómo brota esa comunidad cristiana. Y esta mujer tiene un papel muy importante ahí.

Entonces vamos a seguir lo que podemos llamar el camino de Lidia. Vamos a seguir lo que ella hizo y vamos a descubrir siguiendo el camino de esta santa y bendita mujer. Vamos a descubrir cómo también nosotros podemos formarnos en nuestra fe, fortalecernos en nuestra fe, crecer en nuestra fe. Porque todo lo que ella hizo sigue siendo válido. Entonces hay que aprender de ella. Cómo hay que aprender de otros santos, varones y santas mujeres a lo largo de los siglos.

A mí me parece encontrar como siete pasos en lo que hizo Lidia. Siete pasos que son importantes para que nosotros repito, fortalezcamos y renovemos nuestra fe cristiana. En dónde encontraron los misioneros de Jesucristo, es decir, Pablo y sus compañeros. ¿En dónde encontraron a Lidia? Nos dice el texto de hoy. Nos dirigimos a las afueras de la ciudad donde suponíamos que se hacía oración. Dice aquí dirigimos la palabra a las mujeres que se habían reunido allí. O sea que la evangelización en Europa empezó con este grupo de mujeres. La Iglesia de alguna manera nace y renace como nace y renace la vida humana en el corazón de la mujer.

Primer paso. Eran mujeres que se reunían. Primer paso: Reunirse. La gente aislada, sola, separada, fácilmente es presa de la depresión, del pecado, de las cadenas del señor de las tinieblas. Hay que reunirse, hay que estar con otros. A veces uno cree que ya porque tiene claro un catecismo o porque tiene buenos recuerdos de una época en que uno era más fervoroso. Con eso se puede sobrevivir. No te dejes engañar. No es este el único pasaje de la Escritura donde se recomienda y se nos exhorta, hay que reunirse, hay que pertenecer a algo, hay que estar en un grupo de oración, en una comunidad de fe, en un cenáculo. Dale el nombre que quieras, pero hay que reunirse.

El cristiano que no se reúne se lo traga vivo, se lo traga vivo la televisión, se lo traga vivo el comercio, la publicidad se lo traga vivo. Internet. No es que esté mala toda la televisión ni todo Internet. Pero el cristiano aislado se va volviendo cada vez más dependiente y más adicto a este simulacro de socialización que son las llamadas redes sociales. Es un engaño. Hay que reunirse. Ese es el primer paso. Cristiano que no está asistiendo a algún lugar para formarse, para orar, para crecer. Te repito el nombre que sea, comunidad, grupo de oración, cenáculo. Tienes que reunirte. Es el primer paso.

Segundo paso. Nos dice el texto que hemos oído. Estas mujeres, Dios las bendiga, se reunían para hacer oración. Hay que Orar. Ellas no empezaron a orar cuando llegó Pablo. Se ve que ya tenían la costumbre de reunirse para orar y por lo visto, sus reuniones de oración eran conocidas en otros lugares de la ciudad. Porque cuando llegó Pablo, llegó unos días antes del día sábado, sin duda empezó a averiguar por dónde empezaba su tarea evangelizadora. Alguien le informó, en tal parte se reúne un grupo. Ese es el poder de reunirse. Si llega un misionero y no tiene a dónde ir, seguramente pierde su tiempo. Pero si hay una comunidad que se reúne, ya hay también un lugar donde puede encontrar oídos y corazones. Pero repito, estas mujeres no solo se reunían, sino que oraban. Hay que hacer oración.

La oración es el lugar que atrae la bendición de Dios. Muchas veces nuestras oraciones parece que cayeran como en el vacío, y uno se puede desanimar. Y uno puede decir a veces si está medio incrédulo, parece que Dios no me oye. Pero no se te olvide este hermoso pensamiento. A veces Dios no cambia las circunstancias porque está usando las circunstancias para cambiarte a ti. Y también nos advierte San Agustín con mucha sabiduría. Cuando Dios tarda en conceder algo, te está preparando para lo que Él quiere darte. Dios ya tiene en sus manos todo poder y toda bondad. Él ya está listo. Los que no estamos listos para recibir sus bendiciones somos nosotros.

Entonces la oración perseverante es requerida. No porque Dios nos esté torturando, no, sino porque Dios a través de esa espera, está construyendo en nosotros las virtudes necesarias, especialmente de humildad y de sabiduría para aprovechar lo que Él quiere darnos. Entonces llevamos dos pasos. Primero hay que reunirse y en eso insistiré. Cristiano que no se esté reuniendo es cristiano que se lo está llevando la corriente y no se puede que nos lleve la corriente porque no nos lleva a nada bueno. Segundo, hay que orar.

Nos dice el texto sagrado. Dirigimos la palabra a ese grupo de mujeres. Entonces, visto desde la perspectiva de ellas, el tercer paso ¿cuál es? Hay que Oír la palabra. O sea que los grupos no son grupos para chismosear. No son grupos para murmurar. No son grupos para perder el tiempo. Son grupos, en primer lugar, para orar, como ya se dijo. Y son grupos para escuchar la palabra. Bien nos dice el Capítulo Tercero de la carta a los Colosenses. Que la palabra de Cristo habite entre ustedes con toda su riqueza. A medida que vamos oyendo la palabra y vamos oyendo la palabra, la palabra va haciendo su casa entre nosotros.

Tenemos que aclimatar, tenemos que aclimatar la palabra en nuestra vida. Y a medida que vamos oyendo la palabra, la palabra misma va labrando y va elaborando su casa. ¡Qué hermoso santuario esté en el que estamos!. ¡Qué casa tan bonita! Este Santuario de la Virgen María Auxiliadora. Esto requirió un diseño y mucho trabajo. Pues bien, Dios quiere hacer algo más espacioso y más bonito todavía en tu corazón. El santuario que Él quiere, es sobre todo el santuario de tu corazón. Entonces hay que oír la palabra, porque la palabra va haciendo su casa y su obra en nosotros.

Así, por ejemplo, les dijo Cristo a sus apóstoles Ustedes están limpios. Les dice en el Capítulo Quince de San Juan. Ustedes están limpios por las palabras que les he dicho. O sea que la palabra que tú oyes no se queda inactiva. Esa Palabra ya va trabajando dentro de ti. Así como cuando una persona oye una palabra obscena. Por ejemplo, la letra asquerosa de una canción, una canción lujuriosa, una canción obscena. Tú oyes esa canción, tú oyes esa puerca canción. Y la letra de esa canción asquerosa sigue dando vueltas dentro de ti. Si tú te pones a oír música sucia, lujuriosa, obscena. Como tristemente hay mucha música que tiene ritmos relativamente populares hoy en día tipo reggaetón y cosas de esas. La gran mayoría de esas melodías van acompañadas de letras que hacen lo mismo que estamos diciendo aquí, pero no para bien, sino para desgracia tuya.

Pensemos en un hombre, en un varón que oye una canción de esas asquerosas. Esa canción habla de la mujer como si fuera una cosa y trata de despertar los sentimientos más vulgares hacia la mujer. Pero esa canción que tú oíste y que con la fuerza de la música todavía penetra más en tu corazón, queda dando vueltas dentro de ti, sigue envenenando. Pasa lo mismo que muchos animales, como algunas abejas y otros. Que cuando utilizan su aguijón no solamente te inyectan el poquito de veneno cuando te picó, sino que el aguijón queda ahí y sigue metiendo su veneno. Ese es el peligro de oír cosas puercas. Ese es el peligro del lenguaje obsceno que sigue dando vueltas en ti como si estuviera erosionando los principios morales que tú tuviste alguna vez.

Pero, mis hermanos, la buena noticia. ¿Cuál es? Que así como esas palabras asquerosas destruyen la inocencia en los jóvenes y preparan incluso a las mismas niñas para que sean chicas fáciles y sucias, así y todavía con mayor poder, la Palabra de Dios, cuando la recibimos de corazón, va trabajando y va limpiando. Si algunos de nosotros hemos ensuciado nuestro corazón oyendo cosas indebidas. Repitiendo chistes indebidos. Oyendo música sucia. El antídoto está en lo que estamos hablando. Llénate de la Palabra de Dios. Y a medida que la palabra vaya habitando en ti con toda su riqueza, toda esa porquería va saliendo y tu corazón va quedando limpio.

Es también el secreto que nos enseña la bendita Señora ¿qué nos dice la Escritura sobre ella?. Meditaba la Palabra de Dios en su corazón. Es el secreto del Corazón Inmaculado de María Santísima. ¿Llevamos entonces cuántos pasos? Tres. La gente está atenta. ¡Bendito sea Jesús! Primero hay que Reunirse. Segundo hay que Orar. Tercero, hay que Escuchar la palabra.

Pero nos dice el texto que hemos oído. Estaba escuchando una de ellas llamada Lidia. El Señor le tocó el corazón para que aceptara las palabras de Pablo. Este momento es esencial. No se trata solo de tener un conocimiento intelectual y erudito de la palabra. No se trata simplemente de poder repetir muchas citas bíblicas. No se trata de tener muchas ideas, frases, todo un andamiaje de textos en tu mente. Hay un momento fundamental que es regalo de Dios, pero Dios quiere dártelo y es el momento de la aceptación. Dice aquí. Aceptó las palabras de Pablo. ¿Cuál es el nombre que tiene esa aceptación en el lenguaje de nuestra Iglesia Católica? Se llama fe.

Yo acepto la Palabra del Señor, la recibo, la abrazo, la acojo en mi corazón. Creo. Creo que Dios me está hablando. Con razón decía el apóstol San Pablo a una comunidad cristiana doy gracias a Dios. Dice Pablo a esa comunidad, porque cuando ustedes recibieron la Palabra, la recibieron como lo que es, como Palabra de Dios, no como palabra humana, sino como Palabra de Dios y si es Palabra de Dios, la recibo con agradecimiento, con humildad, la recibo con veneración y con espíritu de obediencia. Nos dice el mismo Pablo en la carta a los Romanos. Cuando Dios habla, reclama de nosotros la obediencia de la fe. Entonces el cuarto paso es ese acoger la Palabra, no solo escucharla y entenderla, sino acogerla y decirle al Señor en nuestro corazón. Recibo tu palabra para que reine en mi vida, para que sea la que dirija mis pasos. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. Ese recibir, ese acoger la Palabra es absolutamente fundamental. Es el paso número cuatro.

Son siete pasos los que estamos meditando. Te das cuenta que el que queda en la pura mitad, el paso central, el paso número cuatro, es el paso de la fe. Es el momento en el que aceptamos y decimos yo acepto esa palabra. Aceptar la palabra también significa que esa palabra ya no queda en mis manos, sino que yo quedo en las manos de la Palabra. Me explico. Cuando yo tomo la Palabra de Dios y empiezo a manipularla según mis conveniencias, según mis gustos o según la vida quizás pecadora que estoy llevando, yo no estoy recibiendo la palabra como Palabra de Dios, sino estoy recibiendo esa palabra y la estoy poniendo en mis manos para yo manejarla. Y no se trata de que yo maneje a la palabra, se trata de que la palabra tenga poder sobre mí. Por eso digo, no es que la palabra quede en mis manos, es que yo quedo en manos de la Palabra divina. Yo creo en esa Palabra.

Una vez más, nuestro modelo es esa santa y bendita mujer que nos acompaña en este santuario. Es decir, lo que dijo María aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Ella no tomó la palabra de Dios para manejarla. Cuando tomamos la Palabra de Dios para manejarla, para limitarla, para ponerle fecha de expiración, para decir eso valía antes, pero ahora no, eso vale para otros, pero no para mi caso. Ahí tú te estás portando como si tú fueras el Señor de la Palabra, no la estás recibiendo como Palabra de Dios, sino que pretendes domesticar a la Palabra de tu Señor. Quieres ponerla a tu servicio, quieres manipularla, limitarla. Por supuesto, esa actitud raya en sacrilegio, lo mismo que si una persona. Dios nos libre, lo mismo que si una persona tomara la Eucaristía y dijera yo con esta Eucaristía voy a conseguir poder y voy a lograr lo que yo quiero. Semejante pretensión equivale a una profanación de la Eucaristía. Pues lo mismo hay que decir de la Palabra que nos es predicada, cuando es Palabra de Dios. Esa palabra no es para que yo la maneje, la limite, la manipule, le ponga fechas y diga vale para otros, no vale para mí.

Entonces, si Cristo dice en su Palabra lo que es el adulterio. Y yo quiero cambiar lo que es el adulterio, porque yo estoy en adulterio y quiero dominar esa palabra para que esa palabra no me denuncie a mí. Ah, entonces no estoy obedeciendo a esa palabra, quiero que esa palabra quede en mis manos para yo modelarla y hacer con ella lo que quiera. Por ejemplo, descarto, descarto unos pedazos de la Biblia, los que me denuncian a mí y dejo otros pedazos. Eso no puede ser. La palabra es muy clara sobre muchos temas, sobre muchos pecados. Y casi siempre cuando uno pretende manipular a la Palabra de Dios es porque esa palabra le está señalando a uno el pecado y le está diciendo esto no lo debes hacer. Y entonces ahora hay algunas personas que pretenden hacer eso, incluyendo algunos cuantos sacerdotes, no sé si obispos. Que toman entonces la palabra y lo que incomoda, porque denuncia, vamos a silenciarlo, vamos a estrangularlo, vamos a quitarlo. Especialmente en las cosas que tienen que ver con la pareja, la familia y la sexualidad. No es así. Ese no es el camino. El camino es aceptar la palabra, creer en la palabra y saber que esa palabra es la que ha de regir en nuestras vidas.

Pero tengamos en cuenta que la palabra, como nos explica muy bien el Papa Benedicto en sus escritos, no es en primer lugar, un simple código ético. La palabra no es, en primer lugar, un manual de comportamiento. La palabra es, en primer lugar, noticia de amor de un Dios que se ha pronunciado a favor nuestro. De manera que nada te va a pedir Dios, nada, nada te va a pedir Dios que no esté dispuesto Él en primer lugar ayudarte a cumplirlo. Nada te va a pedir Dios que no esté Él en primer lugar. Entonces, si Dios dice que tal forma de comportamiento no es correcta, quiere decir que el mismo Dios, si tú te acercas a Él con esa fe y humildad, te va a dar el amor, la fuerza, no solo para que evites ese comportamiento, sino para que sientas paz y sientas amor y sientas gozo obedeciendo la Palabra. La Palabra, te repito, no es en primer lugar un código moral, si tiene, por supuesto, un contenido moral. Pero la palabra no es, en primer lugar, un código moral. Es, en primer lugar, noticia de un encuentro de amor.

Y si uno empieza por ese encuentro de amor. Y si uno cree en ese Dios amor, de ese Dios amor, recibe la fuerza para obedecer a ese Dios. Y entonces la obediencia es posible porque toda la gente o mucha gente dice no, esa moral católica, eso es imposible. Especialmente, repito, en lo que tiene que ver con sexualidad. No, eso es imposible. Lo de los anticonceptivos es imposible. Lo de los homosexuales ya todo eso cambió. Lo del adulterio, eso era para antes. ¿Por qué la gente trata esas enseñanzas como si fueran imposibles? Porque no se pueden obedecer los mandatos de Cristo sin Cristo. Si Cristo, en cambio, está reinando en nosotros, si nosotros aceptamos que somos lo que en realidad somos miserables, pecadores, y nos acercamos al Señor con esa humildad, y le clamamos, y le pedimos su misericordia y sentimos su mirada de amor y de gozo. Entonces Él nos da esa fuerza. Seguramente tendremos batallas, pero Él nos da esa fuerza. Y te repito, no es solo que Dios te dé la fuerza para vencer el pecado que hoy te está humillando. El pecado que hoy te la gana. No es solo que Dios te dé la fuerza para vencer a ese pecado, sino que te da la alegría de vivir como antes no vivías. Esa es la fuerza de la fe.

Llevamos cuatro pasos. Hay que Reunirse, hay que Orar, hay que Escuchar la Palabra, hay que ejercer Fe en la palabra. Hasta ahí vamos. Pero ¿qué pasó después? El texto nos dice que se bautizó junto con toda su familia. Se bautizó. Si de verdad en nosotros hay fe. La fe no se queda haciendo simplemente un hecho interior, casi diríamos subjetivo, no. La fe produce algo maravilloso, algo maravilloso, que es la expresión. Así como yo no soy simplemente alma, sino alma y cuerpo, y así como no soy individuo, sino también no soy solamente individuo, sino miembro de una sociedad, así también la fe que está en primer lugar en mi corazón, ha de manifestarse.

¿Y cómo se manifiesta? en los sacramentos lo que están haciendo ustedes ahora mismo, su presencia aquí, la celebración de la Eucaristía, la celebración del Bautismo. Lugar importantísimo central tiene el Bautismo. Para los que ya somos bautizados. Si reconocemos en nosotros huellas devastadoras del pecado, sabemos que hay otro sacramento que renueva el bautismo según la expresión de Santa Catalina de Siena. Ese sacramento es la confesión. Hay que acercarse a los sacramentos. Vivir los sacramentos. Ese es el quinto paso.

Sexto paso. Lidia dice aquí se bautizó con toda su familia. ¡Qué hermosura, qué hermosura! Pero no contenta con eso, mira lo que dice. Nos pidió. Si ustedes consideran que he creído verdaderamente en el Señor, vengan a alojarse en mi casa. Es decir, no se quedó contenta con que se hubiera bautizado toda su familia. Ella quería que su casa fuera lugar de reunión, lugar de oración, lugar de asamblea de fe. Ella hizo de su casa un lugar abierto. Muchas veces nos tienta, especialmente en la época en la que vivimos. Nos tienta un individualismo. El Papa Francisco dice que cada vez más las viviendas que construimos parece que estuvieran hechas para defendernos de los demás. Cada vez más, nuestras viviendas parece que fueran eso. Que nadie se meta conmigo.

Estuve hace unas semanas. Estuve en una misión parecida a ésta en los Estados Unidos, en una región de California. Estaba hospedado en casa de una familia. Un día que salíamos para la oración y la predicación, la señora de la casa iba conduciendo el carro. Y entonces, por alguna razón, comentamos sobre el vecindario, por hacer un poco de conversación. Le digo yo, es un vecindario tranquilo y bonito, donde estás. Y me dice ella sí, vivimos aquí ya hace doce años y hay vecinos a los que no les conozco ni la cara ni el nombre. A dos casas de distancia. Eso es lo que denuncia el Papa Francisco, que parece que cada vez tenemos más la tendencia de vivir y de trabajar como defendiéndonos de los demás. Incluso la gente desde pequeña se acostumbra a eso. Intente entrar usted en el WhatsApp de su hija, a ver qué le pasa. Intente usted meterse al Facebook de su hijo. Eso parece que fuera una profanación. ¡Cuidado con meterse con mis redes sociales!. Entonces vivimos así como bloqueados, como prevenidos, como defendiéndonos de los demás. Cuando Cristo llega a nuestra vida, esas puertas tienen que abrirse un poco y mucho. Y eso fue lo que le pasó a Lidia. Que tu corazón se abra, que se abra por la compasión, por la hospitalidad. Y ese es el sexto paso. Es necesario que tu corazón se abra.

Pero ahora no sé si estoy contando. Bien, vamos a volver a empezar. Primero reunirse. Segundo, orar. Tercero, escuchar la palabra. Cuarto, creer la fe. Creer, Aceptar la palabra como señora de mi vida. Porque ahí está el Dios que es Señor. No es nada más que yo tengo conocimiento. Yo he leído mucha Biblia, de nada te ha servido porque no has creído en ella, no has aceptado la Palabra como palabra de Dios. Entonces, cuarto creer. Quinto, los sacramentos. A medida que vamos avanzando, responden menos personas. Quinto, los sacramentos. Sexto, abrir el corazón, aprender a acoger, acoger a coger.

El séptimo paso. No está dicho expresamente aquí, pero sí lo conocemos por el resto de los Hechos de los Apóstoles. El séptimo paso es volverte Misionero. También tú tienes que llevar la noticia a otras personas, así como tú recibiste tanto amor, tanta luz, tanta belleza. Otros también tienen derechos. Hay que volverse misionero y vuelve a empezar el ciclo. Así crece la Iglesia. Y ahí terminamos.

Reunirse. Orar. Escuchar. Creer. Sacramentos. Acoger. Misionar. Todavía creo que no estamos contando bien. Semejante viaje que hicimos con el tráfico de Asunción, Paraguay para llegar a este santuario. ¡Qué sufrimiento, Dios mío! Esto tiene que valer la pena. O sea que nos tienen que quedar claros los siete pasos. A ver, la última vez. Vamos a ver. ¡Dios mío! Hay qué reunirse, orar, escuchar la palabra, creer, celebrar los sacramentos, acoger a los hermanos y misionar.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM