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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La fe es un don que recibimos constantemente, que se hace nuevo cada día por la acción del Espíritu Santo que Cristo nos ha dado.
Homilía p061012a, predicada en 20170522, con 6 min. y 20 seg. 
Transcripción:
El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo número quince de San Juan. Corresponde a las conversaciones que Jesucristo nuestro Señor tiene con sus apóstoles después de la Última Cena. Una parte importante de lo que Cristo dice a sus discípulos más cercanos es el anuncio de la llegada de la acción del poder del Espíritu Santo. Es muy importante lo que Cristo cuenta sobre el Espíritu en estos diálogos con sus apóstoles. Cristo está terminando su misión, pero no nos deja solos. El Espíritu Santo, que viene con la sabiduría del Hijo y con el poder del Padre, es el sello permanente de la acción de Dios en el creyente. Dicho de otra manera, es el Espíritu Santo el que impide que el cristianismo se convierta simplemente en un recuerdo. Recordar a Cristo no es lo mismo que recordar a Simón Bolívar, a Napoleón, a Mao Tsetung o a cualquiera de los grandes líderes del pasado. Recordar a Jesucristo no es solo recordarlo. Recordar a Jesucristo. Invocar su nombre no es solamente continuar su proyecto, como a veces se dice. Efectivamente, la acción del Espíritu Santo no es una acción que queda atrapada en el pasado, sino es una acción que renueva en el presente la verdad de Cristo. La cercanía de Cristo y el poder mismo de la redención en nosotros. Por eso el cristianismo es una religión que no envejece. Los seguidores de Buda, por ejemplo, tienen que recordar a alguien que vivió hace mucho tiempo y que dejó unos escritos. Y lo mismo podemos decir de las demás religiones. Así, por ejemplo, los musulmanes toman con enorme veneración el conjunto de escritos que se llaman el Corán, y esa revelación está terminada. Y se supone que el Corán no necesita ninguna interpretación y que eso está perfectamente claro para todo el que sea un verdadero musulmán. El cristianismo no es así. La acción del Espíritu Santo es la que va realizando en nosotros el reinado pleno de Jesucristo. Nosotros llegamos entonces a ser cristianos a través de un camino que ocupa toda nuestra vida y a través de un camino que ocupa toda la historia de la Iglesia. Es verdad que ya soy cristiano, pero también es verdad que voy aprendiendo a hacerlo cada día. Los desafíos, las tentaciones, las persecuciones, las distintas preguntas, incluso las dudas, todo lo que va apareciendo en mi camino. Todo eso al contacto con la acción del Espíritu Santo, va modelando en mí completamente lo que significa el reinado de Jesús. O sea que el reinado de Jesucristo nunca es un recuerdo, porque así como son nuevos los desafíos de cada día, así también es nueva la respuesta que el Espíritu me regala cada día. Así voy descubriendo qué es lo que yo he recibido, el potencial que he encontrado dentro de mí, el regalo que tengo dentro de mí sólo lo conozco al contacto con la dificultad. Hay una comparación un poco infantil que tal vez puede servir en este caso. Pensemos en el caso de una persona, un comando especial que va para una gran misión y recibe un arma. Es un arma muy poderosa, pero él no sabe exactamente cuál es el poder de esa arma, sino a medida que avanzando se va encontrando con distintos enemigos y al vencer a cada adversario va conociendo también el arma que le han dado. Algo así. Es una comparación infantil. Yo lo sé, pero algo así es lo que le sucede al cristiano. Nosotros tenemos la palabra de Cristo, nosotros tenemos el Evangelio, tenemos los sacramentos, nosotros tenemos la fuerza de una comunidad, pero sobre todo tenemos el amor de Dios que se hace nuevo cada día por esa acción del Espíritu y sólo conocemos el poder de esas armas que hemos recibido. A medida que enfrentando distintos enemigos, distintas tentaciones, distintas pruebas, vamos encontrando lo que hemos recibido. Ya lo tenemos y sin embargo, solo lo conocemos a medida que lo vamos utilizando. En el fondo es lo mismo que dijo Cristo en un contexto bastante distinto al final del Sermón de la Montaña, Cristo dice: El que escucha mis palabras y las pone por obra, Ese es el que está cimentado sobre roca. Observemos que para Cristo lo que interesa es el momento en el que yo pongo por obra la palabra. Y cuando pongo por obra la Palabra, cuando me arriesgo a creer con todas sus consecuencias en lo que Cristo me ha dado, es decir, al contacto con el problema, al encuentro con la dificultad cuando tengo que enfrentar la tentación. Es en ese momento cuando verdaderamente pongo por obra lo que Cristo me ha dado y es el momento en el que la fe se hace real en mi vida. O sea que la fe nunca es algo que yo simplemente tengo. La fe es algo que siempre estoy recibiendo, algo con lo que siempre estoy combatiendo y algo que siempre estoy agradeciendo. Es algo absolutamente dinámico. Y ese don dinámico de la fe es el que se hace nuevo cada día por la acción del Espíritu que Cristo nos ha dado a Él el honor, la gloria y la alabanza. Amén.

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