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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo anuncia los extremos a que llegará la maldad contra sus discípulos y así los dispone a reconocer que Dios sigue siendo Dios también en los tiempos duros.
Homilía p061011a, predicada en 20160502, con 3 min. y 30 seg. 
Transcripción:
En varias ocasiones, Jesucristo, en el Evangelio según San Juan, habla de modo anticipado de lo que va a suceder. Ejemplo típico es lo que tenemos en el pasaje de hoy cuando les anuncia persecuciones y cuando les subraya. Os he hablado de esto para que os acordéis de que yo os lo había dicho. Esas palabras anticipadas de Cristo traen una lección teológica importante para nosotros, y es que Dios está en control de la situación. Es decir, el mal no toma por sorpresa a Dios. A nosotros nos puede extrañar, nos puede escandalizar, nos puede sorprender, pero a Dios no. Incluso algo tan absurdo como que se dé muerte a un testigo del Evangelio y que con eso se crea estarle dando culto a Dios. Algo tan extraño y tan absurdo como esa no escapa al plan de Dios. Así que la primera lección que nos deja la liturgia de hoy en la Santa Misa, creo yo que es esa recordar una y otra vez que no importa cuán extrañas, cuán absurdas o cuán crueles sean las cosas que encontremos por el camino, no toman por sorpresa a Dios y están, por decirlo de alguna manera, dentro de su presupuesto. La segunda lección que conviene subrayar es lo que podríamos llamar la ley fundamental de todo apostolado. Cristo nos habla de la acción conjunta del Espíritu Santo y de la palabra de sus apóstoles. Podríamos decir que el verdadero apostolado tiene siempre esas dos dimensiones la dimensión externa, que es la palabra de los Testigos de Cristo. Y eso también nos compete a nosotros en una catequesis, en una misión, incluso en un consejo que damos a una persona. Hay una palabra externa, esa que pronuncian nuestros labios. Pero solo habrá eficacia si esto va acompañado de la palabra interna, que es la que viene del Espíritu Santo. Porque es solamente el Paráclito el que tiene la capacidad de persuadir los corazones. Hombres como nuestro Padre Santo Domingo comprendieron esto vivamente. Mujeres de una profundidad de fe como Catalina. Descubrieron esto y lo practicaron a fondo. Es decir que es necesario hablar. Pero es más necesario aún implorar la misericordia divina para que se derrame con abundancia el Espíritu. Porque será solamente esa acción externa e interna a la vez la que tenga buen fruto. Pidamos al Señor que nuestra vida impregnada de esta fuerza, de este amor, de esta fascinación divina que solo trae el Espíritu, sea verdaderamente eficaz. Y si por el camino nos encontramos con reveses, contradicciones o frustraciones una y otra vez, recordar. Dios también sabe esto, y esto también está en su presupuesto.

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