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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El tiempo pascual es la época apropiada para enamorarse del Espíritu Santo.
Homilía p061008a, predicada en 20140526, con 5 min. y 8 seg. 
Transcripción:
Estos, mis hermanos, estos son los días para enamorarse del Espíritu Santo. Las lecturas de estos días, especialmente las lecturas del Evangelio, son una invitación continua a que reconozcamos la grandeza, la belleza, el poder de Dios, ese poder que ya no queda como un espectáculo frente a nosotros, sino como una promesa que quiere vivir en nosotros. Uno de los nombres más hermosos que tiene el Espíritu Santo es precisamente ese promesa. Si el Espíritu es la gran promesa de Papá Dios, porque no se queda ya Dios distante, iluminándonos desde lejos. Este es el Padre Celestial que nos ha dado a su Hijo, el Dios con nosotros y que nos ha dado al Espíritu al que podemos llamar Dios en nosotros. Y esa es la promesa que Dios no se queda lejos, que Dios no está distante. Que ese Dios, al darnos a su Espíritu, nos lleva hacia Él, viene a nosotros con la humildad y nos lleva hacia sí con la santidad. Ese es el Espíritu Santo. Hoy, por ejemplo, nos habla Jesucristo sobre una de las obras del Espíritu. A ver si algo puedo decir yo en torno a estas palabras de Cristo, de manera que amemos más, más, mucho más, la gracia del Espíritu. Nos dice Jesús: que este es el Espíritu que da testimonio, y este es el Espíritu que nos permite, no solo nos permite, nos empuja a dar testimonio. El Espíritu da testimonio y el Espíritu nos lleva, nos impulsa a dar también nosotros testimonio. ¿Cuál es el testimonio que da el Espíritu? Creo que la mejor manera de comprenderlo es haciendo la comparación con la obra de los misioneros. De hecho, la palabra misión viene del verbo mitto en latín, que quiere decir enviar, y por eso lo propio del misionero es ser enviado. Y como el Espíritu Santo ha sido enviado a nuestros corazones, podemos decir que el Espíritu es el gran misionero. Pero observa la relación que hay entre los misioneros, como pueden ser los apóstoles y este misionero con M mayúscula, que es el Espíritu Santo. Mientras que los apóstoles llegan con su Palabra a nuestros oídos. El Misionero con M mayúscula, el Espíritu de Dios viene a nuestro corazón y nos susurra, nos da la certeza, nos da la convicción interior. Podemos decir que sin esa voz interior del Espíritu, la sola voz exterior es insuficiente, porque la voz exterior nos encuentra resistentes. Y a una voz uno puede oponer otra voz. A una razón uno puede oponer otras razones. Por eso dijo en alguna ocasión San Pablo que la evangelización no es asunto de discusiones, porque en las discusiones tu puedes poner tu voz a mi voz y podemos discutir hasta el fin del mundo. El Espíritu, en cambio, es esa persuasión interior, esa persuasión que aunque no opone una voz a otra, sino que conquista mi propia voz para que sea alabanza y gloria. Y en ese sentido, la conquista interior del Espíritu es la que nos convierte también en conquistadores de almas, en gente que tiene que ganar para Cristo, tiene que ganar para el Señor nuevos corazones. Y así somos instrumentos también de este mismo Espíritu. ¡Qué maravillosa es la misión de la Iglesia! Es al mismo tiempo dirigida a todas, a todos y dirigida a cada uno. Es al mismo tiempo exterior e incluso en las obras interior, sobre todo en la convicción, en la devoción, en esa dulzura de amor que no se puede suplantar ni se puede replicar con nada. ¡Qué hermosa es la misión de la Iglesia! ¡Y qué bello ser llamados como misioneros del Señor!

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