Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Estar preparados para la prueba y sabernos desprender de lo material.

Homilía p061001a, predicada en 19960513, con 30 min. y 56 seg.

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Transcripción:

Quiero pedir al Señor que me regale la gracia de que hable el corazón en este momento. Quizás he sido una persona, primordialmente racional, por lo menos en su modo de expresarse. Quisiera que por lo menos las primeras palabras de este compartir la palabra fueran salidas simplemente del corazón. Entonces tengo que hablar de qué siento. Por ejemplo, usted se ha puesto a pensar. Seguro que sí. ¿Qué siente un padre celebrando misa? Algunas personas, presienten que el sacerdote debe tener como una experiencia fortísima de gracia. Debe sentirse como rebasado por Dios, como abrumado por el Espíritu, como plenificado por el amor. Otras personas, quizá en un poco de confianza, le preguntan a uno. ¿No llega el momento en el que usted se aburre del Señor esté con vosotros? ¿No se cansa usted cuenta aquí en confianza? ¿No se cansa usted alguna vez de palabras tan parecidas, de ritos tan repetidos? Eso en cuanto a la celebración de la Eucaristía.

Pero luego está la fecha en la que nos encontramos. Yo quiero decirles con respecto al trece de mayo. Que siento muchísima gratitud y mucha alegría de verlos aquí. Y siendo tan difícil la llegada, tan incómoda la temperatura y la lluvia. Es muy bello sentirse acompañado. Entonces por una parte de gratitud. Pero por otra parte, hay una sensación de que yo mismo no sé lo que me corre pierna arriba. Porque ustedes están aquí agradeciendo a Dios mi vida. Están manifestando su cariño, su solidaridad. Pero ustedes saben también a qué vienen en una noche como esta aquí. Ustedes saben que a Dios nada se le da sin que Dios lo multiplique. Es una maña que tiene desde la eternidad. Nada se le puede dar a Dios sin que Él lo multiplique. Y en la medida en que nosotros, seres humanos, pero representantes de Dios en algún sentido recibimos de la gente, también sabemos que los panes que ustedes dan hay que multiplicarlos y los peces que ustedes dan hay que repartirlos.

Y aquí hay personas muy distintas en su origen, en su experiencia del Señor, en su proyección apostólica, en su momento existencial, en su compromiso con la Iglesia. Ciertamente no voy a ser yo el responsable de todo este pueblo. De algo así se quejaba una vez Moisés. Pero yo sé que yo tengo que ver con cada uno de ustedes. Qué tengo que ver con mucha gente. Con mucha gente. Y eso es bello, pero eso es duro, eso es complicado. Y por otra parte, por seguir con el trece de mayo. Si de niños tal vez disfrutamos los cumpleaños. Yo no sé si es que llega una edad en la que a uno lo persigue más la idea del balance y hacer el bendito balance. Yo no sé si es un asunto de la edad o del convento. No sé si es un asunto que depende de ser religioso o de qué. Pero en cierto modo, los cumpleaños a mí por lo menos me invitan como a una meditación bastante profunda. Y a un balance bastante estricto del cual no suelo salir bien librado. Además, tengo un problema de origen bíblico y es que si no recuerdo mal, y si ustedes miran la Sagrada Escritura. En la Sagrada Escritura no hay una sola celebración de cumpleaños, que haya sido en el nombre del Señor y para la gloria de Dios.

¿En qué momentos de la Escritura se habla de cumpleaños? Se habla del cumpleaños de Herodes que me duele en el alma porque en ese cumpleaños se degolló a Juan Bautista. Y se habla del cumpleaños de Festo o de Agripa, dos personalidades dentro del gobierno romano en Palestina. Ahora no recuerdo cuál de los dos era el que celebraba su cumpleaños y cuál era el invitado. Y como parte de los acontecimientos del cumpleaños, llamaron a Pablo, que por aquella época estaba encarcelado. Y lo trataron de cualquier manera. Y Pablo tuvo que apelar al César y por eso fue preso para Roma. Entonces yo tengo mi trauma bíblico con los cumpleaños. Sé que mi vida, esa vida que empezó hace treinta y uno años. Sé que mi vida, ya es más de ustedes, que mía. Y por eso, me parece bien que celebremos esa vida que ya dejó de ser propiedad privada. Que la celebremos y que miremos a ver qué vamos a hacer con esa vida. En ese aspecto me gusta. Pero celebrarme a mi a, mi me trae tan malos recuerdos por mis pecados, claro, y también por el trauma bíblico que les cuento.

En un día como hoy, quisiera con todas las fuerzas de mi alma. Que la vida, que toda la vida, fuera Eucaristía en honor de mi Padre Dios en la unción del Espíritu, en las manos y el Corazón de la Santísima Virgen María. Y a las personas con las que pude hablar por la mañana o por la tarde, que tuvieron ese detalle de llamarme, de buscar una palabra de felicitación. Creo que a todas les dije te pido el favor y ahora se lo pido a cada uno de ustedes. Si me quieres regalar algo, te pido el favor de que le ruegues al Señor el perdón de mis culpas, la enmienda de mi vida, la santificación de mi alma, la perseverancia final en la Santa Iglesia y en la Orden de Predicadores y la gloria del cielo. Miremos las palabras que nos ha dicho Jesús en este Evangelio. Son palabras dramáticas. Si yo no hubiera querido hablar de estas cosas, ese evangelio me hubiera de todos modos empujado a hacerlo.

Mira lo que nos ha dicho el Señor, en este evangelio Cristo nos ha dicho: Que nos habla de antemano para que no tambaleemos. Y nos avisa que nos van a excomulgar. Y dice que va a llegar una hora en que nos van a matar. Y que la gente va a creer que matándonos le da gloria a Dios. Y esto lo hará la gente, porque no conocen ni al Padre ni al mismo Cristo. Bueno, ahora el problema es que yo siento que eso es verdad. Hoy me siento rodeado del cariño de ustedes. Me siento casi arropado por la ternura de ustedes. Pero yo siento que eso se va a cumplir y me da miedo. Yo sé que a mí me van a expulsar de ¿dónde y cuándo? No sé. Yo sé que necesitaré en esos días terribles volver a leer este evangelio y escuchar a Cristo que me dice te lo dije por anticipado para que no temblaras. Y yo sé que va a llegar el momento que ya ha tenido sus anticipaciones. En el que las personas sientan que destruyendo destruyéndome a veces, creo, incluso físicamente, le dan gloria a Dios.

Lo grave mis queridos amigos. Lo grave no es la persecución del Imperio Romano, un imperio pagano. Lo grave es cuando lleguen esos días en que habrá personas que sientan que la manera de darle gloria a Dios es destruir a una cucaracha como esta. Porque esas personas no habrán renegado de Dios, pero sentirán que para bien del mundo y de la Iglesia, voces como la mía tienen que callarse y vidas como la mía tienen que cegarse.

Yo empecé diciendo en la Eucaristía ustedes habrán preguntado ¿qué se siente celebrar misa? Hoy siento miedo. Hoy tengo miedo porque eso que le pasó a Cristo seguramente me está pasando y me va a pasar a mí. Yo no repito unos gestos, yo no explico unas palabras. Me uno a una vida, me subo a un tren, pero ese tren va rumbo al abismo de la cruz. Y esa vida pasa por parajes y pasajes que yo no entiendo y que me da miedo entender. Yo creo que en la medida en que Cristo ha ido abriendo mis ojos sobre, qué significa ser de Cristo, qué significa bautizarse, qué significa creer en Él. En esa misma medida, he ido comprendiendo que estoy demasiado metido ya en este cuento. Que he llegado a un punto de no retorno. Que hay cosas, que hay vidas, que hay puertas de las que ya me despedí. El día de ayer en la liturgia de las Horas, concretamente en el oficio de lectura, leíamos ese pasaje en el que Pablo se despide de la comunidad de Éfeso. Yo me siento despidiéndome. Yo siento que en este cumpleaños yo siento que en esta fecha no porque Dios dependa de fechas, sino porque su gracia corre más que la tierra y que el sol. Yo siento que aquí me estoy despidiendo de una vida. En esa despedida les dice Pablo a los responsables de la iglesia de Éfeso.

Y hoy estoy seguro de que ninguno de vosotros me volverá a ver. La primera vez que leí ese pasaje, hace ya varios años, siendo un muchacho, tomando por mi cuenta la lectura continua de los Hechos de los Apóstoles. La primera vez que leí ese pasaje tuve que pararme porque soy cobarde. Tuve que pararme a pasar saliva y a entender que hay momentos en la vida del apóstol Pablo, momentos en los que esas cosas sucedieron. Gente de la que tuvo que despedirse. Pues yo me siento ahí, despidiéndome de una parte de mi vida o de una etapa de mi vida. Pero siento y tómenlo como una profecía si quieren. Que así como un día tendré que buscar este evangelio para pedirle fuerza a Cristo, un día tendré que buscar en los Hechos de los Apóstoles cómo es que uno se despide. Tendrá que buscar en la Sagrada Escritura cómo es que uno se despide. Y de muchos de los aquí presentes tendré que despedirme y tendré que decirles: Ahora sé que no me volverán a ver.

¿Qué se siente, entonces celebrar la Eucaristía? Uno siente que uno es un enfermo terminal. Uno siente que le han decretado la muerte. Eso siento yo. Si no lo había dicho, lo digo. Uno siente que cuando se para delante del altar a que Cristo diga en la voz de uno: Esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Esas palabras no se dicen en vano. Esas palabras Dios las toma en serio y Dios me las ha tomado en serio. Y cuando uno dice: Esta es mi sangre que será derramada por vosotros. Yo siento que ya lo he dicho demasiadas veces, que ya no me puedo echar atrás. Y por eso mi palabra, hermanos, es para invitar a todos. Será por no sentirme solo. Es para invitarnos a todos a que busquen ese compromiso crudo con Cristo. A pedirles en el nombre de Cristo y del Paráclito. Que acepten la cruz de Jesucristo. Quiero invitarlos en este día, porque ya mi vida no importa. Quiero invitarlos en este día a que abracemos la cruz de Jesús, a que sepamos qué significa comulgar. Desde esa perspectiva, hermanos, desde ese sentimiento y esa fe, entenderemos bien qué significa visitar a un enfermo terminal. Y saber que no es distinta la vida de él, de la tuya, porque tú también estás sentenciado a muerte. Solo que ese señor sabe cuánto le queda de vida y tú no.

Pocas cosas pueden ser tan sensatas, pocas cosas tan bellas como acercarse a esas vidas ya condenadas a muerte. No para lastimar a nadie. No sea hipócrita. Vaya allá a donde la muerte está ya decretada. A pedirle a esos ojos hundidos y a esa cara cadavérica que le enseñe a usted cómo se vive. Cuando vaya a visitar al enfermo terminal, vaya por favor, con un corazón de discípulo. Y si algo quiere aprender de la vida de los santos, aprenda de San Camilo de Lelis que cuando iba donde estos enfermitos. Los terminales de su época. Vamos a reconocer de tal modo y en tal profundidad la presencia de Jesús ahí que más de una vez cometió el error teológico, dicho entre comillas, de pedirle al enfermo ¿Por qué no me absuelves tú de mis pecados? Y lloraban los enfermos. ¡Padre, qué le pasa! ¡Padre, Padre! ¿qué le sucede? Me sucede que aquí está Cristo, que ahí está Cristo, que en ti está Cristo. Ahora hazme el favor de perdonarme los pecados. Hermanos y amigos, les he dicho que soy un cobarde y un asustado. Cuando me asusto, se me va la sangre de las manos. Yo no puedo. Me queda grande el sacerdocio. Me queda grande el cristianismo. Me queda grande la casulla. Me queda grande el altar. Y por eso me consuelan y me animan las palabras de Jesús que quiero que sean palabras de vida, de ánimo, palabras de consuelo, de medicina para todos y para cada uno. Las palabras que dijo ayer en el Evangelio y las palabras que nos ha dicho hoy.

Cuando Jesús se quedó mirando a ese puñado. A ese puñado de discípulos que lo habían acompañado hasta Jerusalén. Y entendió Jesús que su final estaba cercano. Los vio como yo sé que me está mirando en este momento. Como lo que somos todos. Simples hombres. Incapaces de soportar el peso de la construcción de la Iglesia. No podemos quitar ninguna de las columnas de este templo y poner ahí a ninguno de nosotros. Pesa demasiado. Hay demasiadas toneladas de iglesia. Demasiadas para nuestros hombres frágiles. Y por eso Cristo se les quedó mirando y les dijo: Yo voy a rogar para que el Padre les dé otro Paráclito. Así dice otro Paráclito, porque el primer Paráclito es el mismo Cristo, el primer abogado, el primer defensor, como traduce hoy la Biblia, es el mismo Cristo. Yo voy a rogar a Dios para que les dé otro defensor. Entonces yo le pido, yo de te pido Jesús: Que me mandes al defensor. Yo no quiero sacar una espada como Pedro. Yo no quiero defenderme cortándole la oreja a nadie. Yo no quiero defenderme huyendo con estas piernas cobardes. Yo quiero Cristo que tú envíes a tu defensor al Espíritu. Yo entiendo hoy y declaró que sin ese espíritu no puedo nada. Y yo te pido, Jesucristo, que con la gracia de ese Espíritu hagas tú la obra. Te pido que nos des Espíritu de verdad.

Porque la predicación de la mentira va a crecer con tanta fuerza que esa sola inundación va a hacer que muchos tambaleen, como lo dijo el Evangelio. Y la inundación de todo género, de odio, de rencor y de desesperación llegará con tanta fuerza. Llegará con tanto vigor que aquellos que se sienten sanos se sentirán enfermos y los que se sienten enfermos se sentirán muertos. Yo pienso en mis amigos que ese tiempo del que Cristo habló a las mujeres de Jerusalén está sucediendo en la historia de los hombres. ¡Durará! ¡No durará! Yo no sé. Pero ese tiempo en el que dijo Cristo llorad por vosotras y por vuestros hijos está sucediendo. Y entonces tengo que pedir a quienes son madres. A que además de todas sus ternuras, pidan de Dios el don de las lágrimas. Porque aquí hay hijos que son o serán salvados con la fuerza del Espíritu a través de las lágrimas de madres. Y aquellas que piensan casarse, vayan, por favor, con humildad de corazón, a que Dios les dé la bendición del matrimonio. Vayan con un corazón muy humilde. No vayan como algunas novias al casarse con cara de reina de belleza o con cara de miren lo que conseguí o lo que pude. Vayan con un corazón sumamente humilde al altar y pidan a Dios desde el fondo de sus entrañas de mujer, pidan a Dios que guarde a sus hijos frente a todo lo que está por venir.

Y aquellos que están pensando en formar hogares. Acudan, acudan con toda la presteza de sus almas, A San José. No hagan grandes planes, por favor. Les pido en el nombre de Cristo y del Espíritu Paráclito, no hagan grandes planes. Los que se vayan a casar. Piensen en hogares muy modestos, en lugares muy sencillos, en una gran sobriedad. Por amor de Cristo, despídanse de todo lujo, por amor de Cristo, aprendan a vivir con lo necesario y no más. Por amor de Jesucristo, no esperen a que la inundación del pecado y de la prueba y el momento en el que sean expulsados y sean perseguidos. No esperen a que llegue ese momento. Para decir verdad que tengo que soltar esto de caridad. Suelten pronto las cosas, no las escondan, no las metan en cajuelas de seguridad de los bancos, hagan del corazón de los pobres, de las vidas de los enfermos, hagan de los estómagos hambrientos sus cajuelas de seguridad. Pierdan su plata en los pobres, por favor, pierdan, pierdan pronto, pierdan pronto en ellos. Y sin embargo, a nadie invito a tonterías ni a fanatismos. Si no se te ha convertido el corazón, no muevas el bolsillo. Pero si no se te ha convertido el corazón, ten seguro que tu bolsillo está roto. Convierte tu alma. Acostumbra tu corazón a la austeridad y a vivir solo del soplo de ese espíritu defensor.

Y a quienes no se han casado y a quienes no se piensan casar. Solo les puedo pedir en el nombre de Jesús. Guárdense del egoísmo, del célibe. Guárdense de la hipersensibilidad del célibe. Si es verdad que van a permanecer célibes, vírgenes para Cristo,aprender a darse como se dio Cristo.

¡Gracias por todo!

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