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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Biblia entera resumida en una palabra
Homilía p053018a, predicada en 20260506, con 8 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Desde la óptica del apóstol San Juan, la Biblia se puede resumir en una frase, en una expresión, de hecho, un camino hacia la comunión. La palabra comunión, o en griego koinonía, es increíblemente importante en la perspectiva de este apóstol y evangelista. La palabra comunión significa el término de la reconciliación, lo que nos separa de Dios es el pecado. Cuando el pecado es vencido, cuando se quita el obstáculo, cuando de nuevo podemos abrazar al que nos ha creado y recibir la ternura de su amor, esa es la comunión.
Comunión que indica también la relación que tenemos con el prójimo, porque el pecado no solamente nos desconectó de Dios, sino que nos desconectó del prójimo. Bajo la tiranía del pecado, el prójimo se convierte siempre en un rival, en un problema, en un estorbo, o sino en una herramienta de la que yo me aprovecho o en un juguete con el que yo me divierto, por ejemplo, para obtener placer. El pecado nos rompió por dentro y nos separó del prójimo, de la naturaleza creada y, sobre todo, de Dios.
Cuando llega la obra de Cristo, cuando llega la obra de la redención, se da un proceso de recuperación en la unidad interna de la persona y se da un proceso de recuperación en la unión con el prójimo al que ya puedo llamar hermano y en la unión con Dios. Esa idea aparece preciosamente en el Evangelio de hoy con la imagen de la viña. La viña muestra esa comunión. En la primera carta de Juan aparece el mismo propósito de una manera explícita. Comienza diciendo esta primera carta: «La buena noticia, eso que nosotros hemos visto, hemos tocado, hemos experimentado, lo anunciamos a ustedes para que ustedes estén en comunión con nosotros. Y esta, nuestra comunión, es con el Padre y con su Hijo Jesucristo».
Esas palabras son de la primera carta de San Juan. Y realmente esa palabra, la palabra comunión es todo un ideal de vida, es una invitación, una exhortación que nos hace el Señor y es nuestra esperanza de una auténtica y duradera paz y felicidad. Pero hay condiciones, por lo menos tres. La primera es que uno reconozca su propia necesidad. «Sin mí nada podéis hacer», dice Cristo, hay que reconocerse necesitado. Por eso el gran obstáculo para recibir el don de la comunión siempre será la arrogancia, la soberbia y las palabras parecidas. Necesitamos caminar en la humildad y en la verdad, sabernos, reconocernos necesitados, cada uno desde lo más profundo de su ser.
Segundo, una palabra que le gustaba al Papa Francisco, hay que reconocer que esto es proceso. Por eso dice Jesús: Al Sarmiento o a la rama que da fruto hay que limpiarla, aunque ya está unida a la vid, aunque tiene vida porque está unida a la vid, necesita ser limpiada, necesita ser purificada. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra las imperfecciones de los que ya se habían convertido. Hace unos días escuchábamos del capítulo sexto, cómo había una desigualdad en la repartición de la ayuda de los mercados, diríamos nosotros en lenguaje cercano, había preferencias.
Como los que repartían eran de lengua hebrea, de raigambre cien por cien judía, pues preferían a las viudas, a la gente necesitada, que también era de su misma etnia o raza o sangre. Eso no tiene nada que ver con el Evangelio, pero estaba sucediendo. ¿Por qué? Ya eran convertidos y, sin embargo, tenían esa clase de preferencias, o como la Biblia lo llama, acepción de personas, necesitaban crecer.
En el Evangelio de hoy nos dice que algunos del grupo de los fariseos que habían abrazado la fe, estaban unidos a la viña, pero les faltaba, todavía no entendían cosas, todavía le daban el protagonismo más a la ley de Moisés que a la gracia que recibimos por Cristo, estaban en proceso. Y uno tiene que abrazar su propio proceso y entender que los demás también son caminantes que no están acabados de hacer, que somos todos obras en construcción.
Y hay un tercer punto para tener en cuenta. Cristo nos ha dicho: «Sin mí nada pueden hacer», nos ha dicho que hay que purificarnos, pero nos dice que hay que permanecer en Él. Y esto es más sutil y más difícil de lo que parece, porque a veces uno puede sentir que la vida cristiana o la vida consagrada como que lo despersonaliza uno.
En mi experiencia de servicio en retiros de sacerdotes, me he encontrado con que una tentación que todos los consagrados tenemos es poner resistencias, porque uno siente que se está despersonalizando ¿en qué sentido? En el sentido en que uno dice: Pero espérese, que es que yo también soy hombre, por ejemplo, yo también tengo mis derechos. Uno sale y reclama lo suyo, como Pedro, que le dijo una vez a Cristo: Nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué nos va a tocar? Es decir, ¿dónde está lo mío?
Y esa búsqueda de dónde está lo mío, lo acompaña a uno, seguramente toda la vida, porque llegar a esa perfecta unión con Cristo y el permanecer completamente en Él, pues de nuevo es también un proceso, que Cristo esté en mis alegrías, en mi descanso, en mis amistades, que yo no me esté reservando pedacitos para decir este es el pedacito mío, aquí es donde yo soy yo, aquí es donde yo descanso de ser dominico, aquí es donde yo descanso de ser sacerdote. Eso cuesta mucho, pero realmente es el camino para permanecer en la auténtica comunión.
Que el Señor en su misericordia haga penetrar el Evangelio, todo el Evangelio, y especialmente este de la vid, haga penetrar ese Evangelio en nuestro corazón para que vivamos con gozo, que somos suyos y que podemos proclamar al mundo que en Él está nuestra alegría y nuestra plenitud.

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