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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La abundancia del mundo alimenta el ego y es solo apariencia. La de Cristo nace en el interior y al final nos hace más semejantes a Dios.
Homilía p053017a, predicada en 20260506, con 8 min. y 7 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, los pasajes de los Evangelios de estos últimos días en la Santa Misa tienen una dirección y hay que saber cuál es esa dirección. Todos estos pasajes se sitúan en el contexto de la conversación que tiene Cristo después de la última Cena con sus apóstoles. En esa conversación está la comparación de la vid, en esa conversación les habla él del Padre. Pero esa conversación se dirige a la promesa del Espíritu Santo. Y la razón profunda de que esto sea así, es que precisamente el tiempo pascual cobija desde la Vigilia Pascual hasta Pentecostés.
O sea que como Iglesia vamos peregrinando hacia el misterio de Pentecostés, como Iglesia vamos avanzando hacia el anuncio y la realización de la efusión del Espíritu Santo. Por eso, tiene tanto sentido que estos textos nos van llevando por esos capítulos 14, 15 y 16 de San Juan, que son los capítulos que desembocan en el anuncio de la llegada del otro Paráclito. El primer Paráclito, el primer auxilio, el primer abogado es Cristo y el otro Paráclito es el Espíritu Santo. Entonces, todo este recorrido va hacia el Espíritu Santo, esa es la primera anotación que quería hacer.
Pero ahora quedémonos en el pasaje de hoy. En el pasaje de hoy, Cristo nos invita a que permanezcamos en Él. Y dice: «El que permanece en mí da fruto abundante». Me encanta esa palabra, abundante. Es la misma palabra que encontrábamos hace unos días en la fiesta del Buen Pastor y en los pasajes que siguen cuando Cristo dice: «Yo he venido para que tengan vida y vida abundante». Me encanta la palabra abundante, porque es la palabra que nos sana, que nos rescata de la mentalidad de la escasez.
Y la mentalidad de la escasez es la que nos encierra en el egoísmo, la mentalidad de la escasez es la que nos conduce a la lógica de la transacción, a ese estar perpetuamente medidos: A ver cuánto doy. No, no puedo dar tanto. Espera, te voy a dar menos, esa es la lógica de la transacción. Y la lógica de la transacción está clara, clarísimamente ligada con la lógica de la escasez. Por eso, cuando llega la abundancia, la abundancia de Cristo, la abundancia de la gracia, la abundancia del amor, pues todos esos engaños desaparecen y empezamos a ser auténticamente libres.
¿De qué abundancia nos habla el Señor? Para entenderlo, qué mejor que contrastarlo con la abundancia del mundo. La abundancia del mundo ¿cuál es? Por ejemplo, tener muchas riquezas, tener muchos placeres, tener mucho poder. Si nos damos cuenta, la abundancia según el mundo gira completamente en torno al yo, esa es una característica. Otra característica de la abundancia según el mundo, es que está siempre en riesgo. Tienes muchísimo dinero, pero te hacen una estafa o hay una quiebra en tu empresa, o hay un problema en el sistema financiero y te quedaste sin tu casa, o te quedaste sin tus ahorros, o te quedaste sin lo que tú considerabas seguro.
Y lo mismo vale para el poder. Pensemos en una figura tan relevante como fue en su momento un Séneca o un Cicerón en la antigüedad, eran personas supremamente respetables y respetadas. Pero la fama, como todo lo que depende del mundo, no es de fiar, ni siquiera cuando es abundante, porque tú puedes tener muy buena fama y de repente una calumnia eficaz o una campaña de desprestigio te lleva a la desesperación. Y eso le sucedió a Séneca y eso le sucedió a Cicerón. Y eso les ha pasado a tantos.
Entonces, la abundancia del mundo es básicamente apariencia que rodea y mima tu ego. Escribe eso que te conviene. La abundancia que promete el mundo es apariencia, apariencia que rodea y así también obnubila y, a la vez, mima tu ego. Esa es la falsa abundancia. ¿Cuál es la abundancia que trae Cristo? La abundancia de Cristo es muy diferente.
Es ante todo, una abundancia interior, como el mismo Cristo lo mostró, cuando le quitaron todo lo de fuera, cuando perdió incluso a sus discípulos, cuando fue deshonrado, cuando fue traicionado, cuando incluso su cuerpo fue castigado tan horriblemente, Cristo seguía siendo Cristo, lleno de sabiduría, de inocencia, de santidad y de bondad, porque Él tenía su abundancia adentro. Esa es la primera característica. Es una abundancia que es realmente tuya, que no te la pueden quitar entonces.
En segundo lugar, esta abundancia no es objeto de codicia. Si tú tienes acumuladas bolsas de monedas de oro, son tuyas y no mías. Y si al contrario, las tengo yo, son mías y no tuyas. En cambio, los bienes espirituales y los bienes interiores, en cierto sentido, se multiplican al compartirlos. Si tengo mi bolsa de monedas de oro y empiezo a compartir, al final me quedo sin nada. Pero si tengo otros bienes, por ejemplo, el bien de la sabiduría, que es de los bienes clásicos de nuestra fe cristiana. Si tú tienes el bien de la sabiduría, cuanto más lo compartes, más tienes. Si tú tienes el bien del perdón y ayudas a que otros puedan perdonar, tu luz no se apaga cuando la compartes.
Pero tal vez lo más hermoso de la abundancia de la que Cristo nos habla es que nos acerca al modo mismo de ser de Dios. Recuerda ese pasaje en el Evangelio de Mateo cuando Cristo dice que Dios nuestro Padre, hace salir el sol sobre malos y buenos. Es decir, la luz de Dios no es mezquina, no es cicatera, no está ahí como a ver a quién le doy. A este le doy poquito, más bien poquito a este, y a este le doy más. Es abundante, el que está en Dios aprende a ser también abundante. Y por eso, la auténtica abundancia nos hace semejantes a Dios, como tantas personas que han vivido su fe cristiana hasta el fondo. Alabemos a Cristo por su misericordia y aprendamos de Él, y recibamos de Él vida abundante. Amén.

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