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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
A través de las dificultades la Iglesia aprende a ser Iglesia.
Homilía p053011a, predicada en 20200513, con 13 min. y 21 seg. 
Transcripción:
Mis queridos hermanos, como hemos comentado en otras oportunidades, hay un libro que nos está acompañando a través de la primera lectura durante todo el tiempo Pascual, ¿cuál es ese libro? El libro de los Hechos de los Apóstoles. Y en ese recorrido que vamos haciendo, vamos aprendiendo qué alegrías, pero también qué dolores, qué fuerza, pero también qué dificultades encontraron nuestros hermanos mayores en la fe, los primeros cristianos. Vemos el poder del Espíritu Santo obrando a través de ellos con numerosos milagros y conversiones. Pero vemos también la crueldad, la sevicia de los enemigos de la fe que pronto producen el primer mártir, muerto por ser fiel a Cristo, me refiero, por supuesto, a Esteban. Este libro de los Hechos de los Apóstoles es una referencia permanente para nosotros, porque nos está contando, no solamente lo que sucedió, sino nos está contando qué tipo de dificultades vamos a encontrar también en esta época y cuáles son los caminos de solución para lo que hoy también vivimos.
En ese sentido, el libro de los Hechos de los Apóstoles es una referencia permanente para nosotros, no se queda en el pasado. El pasaje de hoy, por ejemplo, tomado del capítulo 15, que es como, prácticamente, el centro de esta obra. Los Hechos de los Apóstoles es un libro que tiene 28 capítulos, o sea que empezar el capítulo 15 es empezar la segunda mitad. Y fíjate qué descripción la que se nos hace, dice aquí: «Esto provocó un altercado y una violenta discusión». Entonces, como lo hemos dicho otras veces, no podemos idealizar lo que sucedió en aquellos tiempos. También ellos tuvieron discusiones, también hubo descontento, hubo momentos en que se sintieron perplejos. Te diste cuenta ¿cómo terminó la primera lectura de hoy? Dice aquí: «Los apóstoles y los presbíteros se reunieron a examinar el asunto», es lo que se conoce como el Concilio de Jerusalén, el primer Concilio, la primera reunión de los responsables de las comunidades cristianas, Concilio de Jerusalén.
Entonces hubo dificultades, esta es una enseñanza muy importante. Hay personas que a veces tratan como de escandalizarse y tratan como de agrietarse en su fe, cuando ven que hay diferentes opiniones de un lado o de otro. Por supuesto, idealmente uno quisiera una Iglesia que tuviera una sola voz en todas partes, donde no hubiera ninguna discusión y que además tuviera todas las respuestas listas y empacadas para dárselas a cualquier persona que pregunte, idealmente uno quisiera eso. Pero lo que nos muestra este libro es que esa unidad, esa necesaria unidad en la fe, no es tan sencilla y que además siempre es frágil. Entonces, no debemos escandalizarnos. Hay gente que cree que cualquier cosa en la que pueda haber un desacuerdo entre un obispo y otro obispo: Ay, hay división, hay cisma, se va a acabar todo. No te precipites, no te precipites. Busquemos cuál es el camino, cuál es, cuál es la mejor manera de hallar una solución. Claro que hay discusiones, mira lo que pasó aquí. Entonces, hay que saber buscar una solución.
La Iglesia es como una familia, y en esta familia, como en todas las familias, hay momentos difíciles, no solo este que se cuenta aquí. Recordemos lo que nos dice San Pablo de la discusión que él tuvo con Pedro. Pedro, pues según entendemos, era la gran autoridad, con razón los católicos lo llamamos el primer Papa. Y Pablo tuvo que hablarle seriamente a Pedro y decirle: ¿usted por qué está en esa disimulación, en esa simulación? Porque Pedro tenía un comportamiento antes de que llegaran unos enviados de Jerusalén y cuando llegaron los enviados de Jerusalén, que eran muy cercanos al apóstol Santiago, entonces Pedro cambió su comportamiento y Pablo le dice: ¿Usted por qué hace eso? ¿Por qué esa simulación? Y hubo desacuerdo entre ellos. ¿Se acabó la Iglesia, por eso? No. Y ¿a quién estaba corrigiendo Pablo? Al Papa. Quiere decir que cualquier persona puede decir cualquier cosa del Papa. No, claro que no, claro que no.
Pero también debemos entender que puede haber momentos de dificultad, de tensión. Hay que hacer un discernimiento, hay que orar, hay que buscar una luz. Lo que no hay que hacer es dejarnos arrastrar por el escándalo y entonces decir: aquí todo se acabó. Y lo otro que tampoco podemos hacer es empezar a formar partidos, que es otra crítica que hace Pablo, en el caso de la primera carta a los Corintios, allá se empezaron a formar partidos: Yo soy de Pedro, yo soy de Apolo, yo soy de Pablo. Y Pablo dice: Ese no es, esa no es la manera. Entonces, dos cosas que debemos evitar, y esta es una lección preciosa, es desanimarnos. Y otra cosa que debemos evitar es empezar a tomar partido.
A mí me preocupa, por ejemplo, cuando algunas personas, ustedes saben que hoy tenemos esto de las redes sociales, todo el tiempo le están enviando unos mensajes de lo que dijo tal obispo, lo que dijo tal obispo, como si fuera el único obispo, como si él tuviera el monopolio del Espíritu Santo. Él es el único obispo. No hay nadie más que piense, sienta o sea fiel. Yo, por eso algunas veces les digo a las personas que me envían esos mensajes cuando puedo responder, porque uno muchas veces no puede, no puede. A veces les digo: Mire, por favor, mire otras perspectivas también, aclárese un poco. Pero creer que toda la verdad la tiene este padre que habla de esta manera. Eso me incluye a mí, por supuesto, yo no tengo toda la verdad, ni más faltaba. Toda la verdad la tiene este Padre, toda la verdad. La única luz que queda en la Iglesia es este obispo, el único obispo fiel. ¿Qué es eso, por favor? Nada de estar en esas.
Más bien, aprendamos de los sabios. Aprendamos de un hombre como Tomás de Aquino, que era capaz de encontrar en qué puede tener razón un judío que no ama nada, ni poquito a los cristianos, pero, ¿en qué puede tener razón él? Ese judío se llamaba Moisés Maimónides. ¿En qué puede tener razón un musulmán que no quería para nada a los cristianos? Ese musulmán se llamaba Avicena u otro musulmán Averroes. La perspectiva de Santo Tomás es en qué puede tener razón. Esa es la actitud católica, esa es la actitud para vencer las divisiones. Si yo empiezo a quedarme con este obispo porque, otra vez, nuevas declaraciones de tal obispo y lo entrevistan por aquí, da declaraciones por allá y aquí está en un congreso, Dios lo bendiga, no me estoy oponiendo a eso. Pero repito, no tiene el monopolio del Espíritu Santo, es que ni siquiera el Papa, no tiene el monopolio. Creemos en la acción del Espíritu Santo en el Papa, creemos que también puede cometer errores, pues ya lo ves, que la Escritura lo dice.
Pero creemos que la manera de arreglar las cosas no es con odio, ni con arrogancia, ni con escándalo, ni fomentando divisiones, ni quedándose uno únicamente con tal padre o tal otro. Una de las cosas hermosas que a mí me enseñaron en mi tiempo de formación sacerdotal era el cuidado, respeto y amor que hay que tener a las almas. Y una cosa que nos enseñaron es: Jamás amarre usted un corazón a su ministerio sacerdotal. Frase muy peligrosa es esa de decirle a alguien: Usted confiese si únicamente conmigo. ¿Cómo así, cómo así? ¿No hay nadie más que pueda confesar en la Santa Iglesia, nadie más, el único que tiene la sabiduría es ese sacerdote? No, muchos pueden dar testimonio de que, si hay algo que yo he cumplido escrupulosamente en más de 28 años de sacerdocio, es esa consigna que me dieron. Yo a nadie le digo: usted confiese si únicamente conmigo, hable únicamente conmigo. No señor, yo no hago eso.
Entonces, ¿qué enseñanza bella nos deja esta primera lectura? Primera, sí hay divisiones, sí hay tensiones, sí hay problemas en la Iglesia desde el principio. Segunda, sí hay esperanza, sí hay camino, sí se pueden hacer cosas bien hechas en medio de las dificultades. Tercero, evitar esa sensación como de frustración, como de desilusión o de pánico: Ya viene el cisma, el cisma está a las puertas. Suponiendo que fuera cierto, ¿tus palabras ayudan a que suceda el cisma, o tus palabras ayudan a evitarlo? Eso de estar diciendo: Ya viene el cisma, ¿eso ayuda a evitar el cisma? ¿O es que tiene tanta importancia que se cumplan tus palabras como para que no te importe que se rompa el cuerpo de Cristo? No, el lenguaje nuestro no es ese.
El lenguaje nuestro es, si vemos estas tensiones y yo también las sufro, si vemos las cosas que pasan, Dios mío, más oración, oración y los que me entiendan, me van a entender esta frase, más ayuno y penitencia, hay que hacer penitencia. Lo dijo la Santísima Virgen en Fátima: Ayuno, oración, penitencia y pedimos por la Santa Iglesia. No es hablando y hablando del cisma, como se evita el cisma, es con la conversión, con la oración, buscando puntos de encuentro, trabajando como nos enseñó Santo Tomás de Aquino. ¿En qué podrá tener razón este padre? No es que me guste mucho, pero ¿en qué podrá tener razón? ¿En qué podrá tener razón este obispo? No me gusta demasiado como predica, pero algo podrá decir bueno, esa búsqueda, eso es lo católico. Y eso fue lo que hicieron los apóstoles y eso es lo que sucedió en el primer Concilio ecuménico, allá en Jerusalén, está en el capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles.
Sigamos esta celebración creciendo en nuestro amor a la Iglesia. Vamos a crecer en amor a la Iglesia. Vamos a crecer sabiendo que podemos aprender y debemos aprender de muchos. Vamos a seguir en nuestra celebración, sobre todo con una certeza, la que nos dijo el Papa Benedicto: La Iglesia tiene dueño y el dueño no es el Papa, ni el obispo, ni el sacerdote, ni esta comunidad, ni los de este grupo. La Iglesia tiene su dueño, aquel que la amó hasta el extremo, se llama Jesucristo.

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