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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Ley de Moisés preparaba la hora de la gracia, en Cristo.
Homilía p053004a, predicada en 20120509, con 4 min. y 57 seg. 
Transcripción:
Vamos a referirnos hoy a ese texto del capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles que hemos encontrado en la primera lectura. Yo creo que es un tema interesante, aunque al principio puede parecer que está muy lejos de nuestra realidad o de nuestras preguntas y problemas más inmediatos. De lo que se trata es de la controversia que empieza a darse en la comunidad cristiana allá en los orígenes, cuando tienen que esclarecer: ¿Al fin qué hay que hacer, qué hay que hacer con la ley de Moisés, se contradice Dios a sí mismo, son contradictorios los mandamientos de Dios? Porque cuando Dios dio su ley a Moisés, pues todo indica que esa es una ley perpetua.
Pero luego, entonces viene el cristianismo, luego viene este mensaje de Jesús, luego viene el mensaje de la gracia de Dios y nos está anunciando la salvación a través de la fe en el sacrificio redentor de Cristo. Entonces, parece que ya no tiene nada que hacer la ley de Moisés. Y viene esa controversia, por supuesto, mucho más fuerte la discusión en la época en que una porción considerable de cristianos venían del judaísmo. Hoy podemos decir que esa es una situación completamente excepcional, pero en aquel tiempo, hasta cierto punto era la norma. Entonces tienen que preguntarse qué es o qué papel cumple la ley de Moisés. Hubo muchas discusiones sobre este asunto.
Y lo que encontramos en el capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles es el principio de una, podremos decir, de una gestación, se da una especie de gestación del primer Concilio, es decir, la reunión oficial de los que son cabeza de la Iglesia, cabezas de las comunidades cristianas. Hemos tenido varios de estos concilios a lo largo de los siglos, pero su número tampoco es demasiado grande, son un poco más de 20 en 20 siglos de historia de la Iglesia. Nosotros los llamamos hoy concilios ecuménicos y el último de ellos, precisamente, fue convocado hace unos 50 años. Evidentemente, los concilios únicamente se reúnen, estos concilios ecuménicos de obispos, cabezas de las iglesias locales en todo el mundo, únicamente se reúnen para las cosas más graves, las cosas más difíciles.
Y ¿a qué solución llegaron? Pues antes de hablar de la solución, yo creo que conviene recordar que en esa misma ley de Moisés y en esos mismos mandatos de Moisés, había promesas. Para no desubicarnos tengamos en cuenta que el mismo Moisés había dicho: «El Señor os dará otro profeta como yo, y escucharéis su voz». Es decir, lo primero que hay que entender es que la ley de Moisés ya anuncia un cambio, ya anuncia una realidad nueva. Y esa realidad nueva es la que nosotros encontramos en Cristo. Esto quiere decir que ya la ley de Moisés, en su propia presentación, está diciendo que no es definitiva.
Y este pensamiento es el que va a llevar más adelante a San Pablo a establecer un gran criterio y es que la ley fue como un pedagogo, la ley nos iba llevando, nos iba conduciendo hacia Jesucristo. Y esto también significa que, a partir de todas esas prohibiciones y de todas esas regulaciones, lo que estaba haciendo Dios era, por una parte, aclarando cuál es el bien propio del ser humano. Pero, por otra parte, como explica muy bien San Agustín, mostrándole a ese corazón que sin la ayuda de Dios no podemos cumplir la voluntad de Dios. Y así, preparados por el camino de la gracia que estaba actuando ya desde la ley, encontraremos la plenitud de la gracia, como nos dice San Juan en la persona de Jesucristo. San Juan resume efectivamente diciendo: «La ley nos fue dada por Moisés. La gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo».

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