Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nuestra Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, va encontrando una ruta a lo largo de las dificultades en los distintos siglos.

Homilía p053002a, predicada en 20100505, con 12 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, en la primera lectura tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos el ambiente, el contexto que dio lugar a lo que se ha llamado el primer Concilio de la Iglesia. La Iglesia, a lo largo de su historia, ha tenido momentos de especial discernimiento, de especial dificultad, en los cuales la misma Iglesia se ha visto en la necesidad de orar, pedirle luz a Dios para esclarecer el camino. Por ejemplo, recordaremos todos el Concilio Vaticano II, que se reunió entre los años 1962 y 1965, es decir, no hace mucho, relativamente. En cada Concilio, la Iglesia ha tenido que abordar dificultades diversas, a veces se trata de problemas doctrinales.

Por ejemplo, a comienzos del siglo IV se reunió un concilio en la pequeña ciudad de Nicea, así se llama, Nicea. Y en ese concilio, el primero que se celebró en Nicea, hubo que reflexionar sobre un problema muy serio. Resulta que había un cierto sacerdote que andaba por ahí predicando que Cristo no era de la misma naturaleza del Padre. Este hombre se llamaba Arrio, este sacerdote, y dio origen a toda una corriente que se llama el arrianismo. Y entonces, pues, la divinidad de Cristo resultaba imposible de afirmarse, según eso que enseñaba Arrio. Según Arrio, Cristo no era verdaderamente Dios, sino que Cristo era creado por Dios. Fíjate que en el Credo nosotros decimos exactamente lo contrario de lo que dijo Arrio, nosotros decimos que Cristo es engendrado, no creado.

Pues resulta que este Arrio decía que Cristo había sido creado por Dios al comienzo de toda la creación. Es un problema teológico de considerable dificultad, en el cual es posible argumentar de muchas maneras. Hay textos bíblicos que parecen apoyar la idea de Arrio. Por ejemplo, cuando Cristo dice que el Padre es mayor que Él. Pero hay otros textos que, definitivamente, contradicen a Arrio, como aquel que dice: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios». Uno ve que no hay una solución fácil en ese punto, en ese discernimiento, y por eso se reunieron los obispos de aquella época, en el año 324 se reunieron en la ciudad de Nicea para discernir ese problema tan difícil.

Otro concilio que también es muy famoso es el Concilio de Trento, este se reunió en varias ocasiones en la segunda mitad del siglo XVI. El Concilio de Trento tuvo que afrontar las dificultades causadas por el surgimiento del protestantismo, es decir, todo ese movimiento reformista que tiene su origen en hombres como Martín Lutero, como Juan Calvino y algunos otros. Entonces, la reforma protestante, el movimiento protestante, estaba teniendo un serio impacto en la vida de los cristianos de aquella época. Y el Concilio de Trento, aunque trató de muchas maneras, de muchas cosas, le dio una importancia fundamental a esclarecer la doctrina que estaba siendo cuestionada por los reformadores protestantes. El Concilio de Trento, entre otras cosas, fue también el que estableció la creación de los seminarios. Nosotros sabemos que quienes se forman para sacerdotes en esta diócesis de Chiquinquirá, sacerdotes del clero diocesano, tienen que ir al seminario. En el caso de esta diócesis, van a un seminario grande, el Seminario de Tunja. Otras diócesis o arquidiócesis tienen su propio seminario, por ejemplo, Bogotá, por supuesto, tiene el seminario que se llama Seminario Conciliar San José. Pues bien, esto de que los sacerdotes se formen en seminarios, esta fue una decisión que tomó el Concilio de Trento.

¡Qué hermosa es la historia de la Iglesia! En el recorrido por estos distintos concilios uno puede ver cómo la Iglesia realmente es como una nave que ha tenido que surcar todo tipo de aguas, a veces relativamente tranquilas, pero con mucha frecuencia aguas encrespadas, aguas tormentosas. A finales del siglo XIX hubo un concilio importante que se reunió en el Vaticano y se llama precisamente el Concilio Vaticano, o para ser más precisos, Concilio Vaticano I, porque el Concilio Vaticano II fue este que se reunió, como ya dije, entre 1972 y 1975. Pero el Concilio Vaticano I fue por los años 60s, pero del siglo XIX, y ahí tuvo que afrontar otro tipo de problemas, especialmente los creados por las tendencias ateas, por el liberalismo extremo y también por el comunismo ateo. En aquella, en ese ambiente tan adverso a la Iglesia, el Concilio Vaticano I tuvo que hablar con mucha fuerza sobre la posibilidad de conocer a Dios usando nuestra razón, indicando así que el conocimiento de Dios no es algo contrario a la naturaleza del ser humano, sino más bien conforme a nuestro propio ser, a nuestra propia naturaleza. El Concilio Vaticano I tuvo una gran importancia, tuvo bastante impacto, pero tuvo que terminar también de una manera un poco abrupta por la situación política de Italia en aquella época.

Les repito, mis hermanos, la historia de la Iglesia es fascinante y yo creo que nosotros como católicos deberíamos hacer mucho más para conocer esta historia, porque detrás de cada concilio no solamente había grandes problemas, sino que también hubo grandes hombres, grandes santos, grandes maestros, grandes testigos del Evangelio, hombres y también, por supuesto, algunas mujeres que con sus intuiciones, con sus palabras, con sus escritos, han ayudado a descubrir la voz de Dios en el transcurso de los siglos. Pues toda esta historia de concilios, toda esta historia que podemos llamar gloriosa, porque es finalmente la presencia providente y amorosa de Dios, toda esta historia de concilios tiene su origen o tiene su comienzo en el Concilio de Jerusalén, que es la situación a la que hace referencia la primera lectura de hoy.

En aquella ocasión, el problema que había que afrontar era este: si una persona no es judía ni viene de familia judía, ni ha practicado nunca la ley de Moisés, que es para los judíos, si esa persona se convierte al cristianismo, ¿tiene que practicar las leyes, los preceptos de Moisés, rige la ley de Moisés sobre estos convertidos del paganismo? Como nos damos cuenta ya por el texto que leímos hoy, esto dio ocasión a toda una serie de discusiones, como sucedió o como ha sucedido en todos los concilios, las distintas posturas tenían argumentos fuertes. Por ejemplo, alguien podría decir si la ley de Moisés fue dada verdaderamente por Dios y si «la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma, el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante», como dice uno de los Salmos, ¿cómo vamos a rechazar esa ley de Moisés? Tiene que ser válida para todo el mundo. Ese argumento tiene alguna fuerza. Pero hay otros argumentos, como por ejemplo lo que nos dice la carta a los Hebreos, cuando dice que la Primera Alianza ha mostrado ya su insuficiencia y dice: «Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado». De manera que nosotros estamos en alianza con Dios, pero no en los términos de la alianza que se selló con Moisés, sino en los términos que se selló en la sangre del Cordero pascual, nuestro Cordero pascual, que es Jesucristo.

Una vez más, esta situación, este problema, está lleno de dificultad, está lleno de cierta confusión, pero al mismo tiempo, está lleno de esa presencia providente de Dios. Lo importante en todas estas discusiones y todos estos procesos de discernimiento es que nosotros nos afiancemos en la certeza de que es el Espíritu Santo el que nos guía hacia la verdad completa. Eso lo dijo Jesucristo a sus apóstoles en la Última Cena: «El Espíritu, el Paráclito, los va a llevar hacia la verdad completa». Con esa certeza, nosotros nos sentimos acompañados y dirigidos por el Espíritu Santo de Dios, sentimos que Él está con nosotros, sentimos que no somos un pueblo abandonado únicamente al capricho de lo que diga la mayoría.

Qué tristeza la gente que solo tiene democracia para guiarse en este mundo. Qué tristeza, porque eso significa que ahí se cumple lo que dijo Cristo: «Ciegos guiando a otros ciegos». Cuando solo existe la democracia, es decir, cuando solo existe la opinión de la mayoría, pues finalmente lo que termina sucediendo es el imperio de la retórica, la publicidad, el marketing, es decir, el que sepa persuadir con mayor eficiencia. Y qué triste herramienta es esa cuando se trata de encontrar la verdad y de hallar una ruta por los caminos a veces tan inciertos de esta vida. Afortunadamente, o digo yo mejor, providencialmente nuestra Iglesia no se encuentra en esa condición. Hay que decir con alegría Nuestra Iglesia no es una democracia, nuestra Iglesia va siendo guiada, va siendo acompañada por el Espíritu Santo y según el ministerio, según el servicio de nuestros pastores, va encontrando una ruta a lo largo de las dificultades en los distintos siglos, con esa conciencia del acompañamiento que nos da el Espíritu Santo de Dios, con esa certeza de la voz de Dios en la voz de nuestros pastores, sigamos esta celebración eucarística llenos de gozo, porque somos el pueblo de Dios.

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