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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Somos hijos de la Pascua por lo que no nos vendemos ni tenemos temor al príncipe de este mundo. Habitados por la paz del Señor y siguiendo los pasos de su obediencia proclamamos la victoria frente al enemigo.
Homilía p052019a, predicada en 20250520, con 7 min. y 30 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, podemos decir que en el Evangelio de hoy se dan tres momentos. El contexto es la conversación que tiene Cristo con sus apóstoles después de la Última Cena. En esa conversación, que en realidad es como una meditación en voz alta que hace Cristo, Él va desarrollando tantos temas, va ofreciendo tanta enseñanza, que bien hace la Iglesia en dosificarnos esas riquezas, dosificarnos esos tesoros de luz para que los vayamos digiriendo poco a poco en estos días finales del Tiempo Pascual. ¿Cuáles son los tres momentos que quiero destacar en el pasaje, que no es muy largo, de este Evangelio de hoy?
Primero, Cristo nos da la paz. Segundo, Cristo anuncia la llegada, el ataque del enemigo de la paz y el enemigo de todo lo bueno, es decir el demonio, llamado en este momento el príncipe de este mundo. En tercer lugar, Cristo muestra cómo se vence a ese enemigo, es decir, cómo se consolida la victoria de Dios. Y la respuesta tiene un nombre muy claro, obediencia. Entonces, la paz, el ataque y la victoria a través de la obediencia.
Cristo dice La paz os dejo, mi paz os doy. Creo que nunca insistiremos lo suficiente en cómo Cristo está diciendo Es la paz que yo doy, es la paz mía, y Él la distingue claramente de la paz de este mundo. Porque la paz de este mundo, que tiene sus propias variedades, pues con mucha frecuencia está llena de mentira. Por ejemplo, donde hay un régimen tiránico, brutal, totalitario, tú puedes encontrar una sociedad aparentemente tranquila donde todo está en orden, pero lo que mantiene el orden es el terror, porque la gente sabe que si llegan a moverse un milímetro por fuera de lo que diga el dictador, pues van a ser castigados o torturados, desaparecidos o asesinados. Eso no es paz. Tampoco es paz cuando simplemente hay un equilibrio de fuerzas que en el fondo se detestan. Esto ya lo denuncia la Constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano Segundo, donde nos habla precisamente sobre la paz y dice La paz no es un equilibrio de fuerzas en conflicto, porque lamentablemente si llega a escalarse o a producirse un malentendido entre esas dos fuerzas en conflicto, pues muy fácilmente estalla la guerra total. Es decir, ahí tenemos una apariencia, pero no hay una verdadera paz. Y así podríamos dar muchos más ejemplos.
Quiero dar un último ejemplo, que es la paz de la indiferencia. En muchos lugares el transporte público es un sitio de cierta tranquilidad. En muchos sitios se puede usted, por ejemplo, subir al transporte público, típicamente el metro y todo está aparentemente muy calmado y muy tranquilo. Pero está muy calmado y tranquilo porque cada uno está metido en su propio mundo, porque cada uno habita únicamente el espacio de sus propios intereses. Y yo no estoy diciendo que en el transporte público, por ejemplo, todo el mundo tenga que estar dando palmaditas, sonriendo, saludando a todos los demás. No, mi visión no es ingenua, pero todos sabemos que muchas personas se están muriendo de tristeza, de ansiedad, de depresión, de soledad y simplemente no encuentran una mano. Y el mundo parece que está muy tranquilo. Simplemente van apareciendo las estadísticas de gente que se quitó la vida. Démonos cuenta que hay muchas expresiones de una falsa paz y Cristo trae una paz verdadera, una paz que nace de un corazón renovado, un corazón que se abre a Dios y a los hermanos.
Pero viene el ataque, que es la segunda fase. Dice Cristo Ahora viene el príncipe de este mundo. ¿Por qué se le llama así? Porque el demonio reclama como suyo este mundo, en el sentido de que las estructuras mismas de poder y de transacción y de comercio incontables veces están marcados por el espíritu de las tinieblas. Yo recuerdo un amigo católico, un hombre muy valioso, joven e inteligente, que por sugerencia de amigos suyos quiso entrar en un partido político. No voy a decir el nombre, aquí en mi país en Colombia. Después de unos meses o no sé si un par de años, me encuentro con él y le pregunto, tratando de ser un poco amable, le pregunto bueno, y ¿cómo va esa carrera política? Mira, el rostro le cambió con la sola pregunta y me dice, no hay manera de ascender en el partido. No hay manera de avanzar en la política si no te haces cómplice de mentiras, si no le tapas la espalda a los corruptos, si no engañas a la gente con discursos. No hay manera. ¿Qué era lo que quería decir él con eso? Que aparentemente esas estructuras de poder están tan supremamente infiltradas del espíritu de las tinieblas que resulta humanamente imposible o casi imposible, hacer algo que valga la pena en ese campo.
Y lo mismo encontramos en muchas otras cosas. La gente que entra en la literatura, la gente que entra en el teatro, que entra en el cine, en las comunicaciones, en muchas empresas. La verdad es que en muchos de esos sitios lo que estamos encontrando es que si no te vendes, si no vendes tu conciencia, si no vendes tu cuerpo, no vas a poder avanzar. Por eso la Biblia en varios lugares llama al demonio como príncipe de este mundo.
Pero Cristo nos invita a que a pesar de ese asedio, a pesar de ese auténtico ataque del enemigo, nosotros no nos dejemos vencer. Nosotros tomemos una actitud realmente de resistencia. Esa es la palabra. Pero nuestra resistencia no es simple estoicismo. Nuestra resistencia es obediencia viva al Dios vivo. Esa es nuestra resistencia. Y sabes que eso fue lo que vivió Cristo. Lo vivió hasta el misterio de la cruz, pero sobre todo a través de la cruz, lo vivió hasta el misterio de la Pascua. Nosotros, ustedes y yo hermanos, somos los hijos de la Pascua. Nosotros, dice San Pablo en otro lugar, no somos de la noche ni de las tinieblas. Y como nosotros somos los hijos de la Pascua, nosotros no tenemos por qué vendernos ni tener temor ante el príncipe de este mundo. Al contrario, habitados por la paz de Cristo y siguiendo los pasos de obediencia de Cristo, desde ya proclamamos la victoria. Porque grande es el Señor y solo Él merece alabanza. Amén.

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