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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús nos salva de los enemigos que nos roban la paz: ante las amenazas Él es el Señor, de las decepciones porque nos recuerda de que estamos hechos de barro y de las tentaciones porque Él coopera con todos los que son suyos.
Homilía p052016a, predicada en 20220517, con 6 min. y 4 seg. 
Transcripción:
Amigos, cuando Cristo iba a partir de esta tierra, les hizo una hermosa promesa a sus discípulos. Les dio, les concedió el don de la paz. Es algo que recordamos en cada Eucaristía. Hacia el final, el Sacerdote dice. Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles la paz os dejo, mi paz os doy. No tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu Palabra, concédele la paz y la unidad. Esa oración decimos siempre en la Santa Misa, como recordándole a Cristo la promesa que Él nos hizo, como quien dice Tú lo prometiste, Tú lo dijiste entonces, pues cúmplelo. Más o menos así le decimos a Cristo porque Cristo nos prometió este don de la paz.
¿Por qué es necesario el don de la paz? Pues se podrían dar tantas razones, pero sobre todo, porque tenemos amenazas, porque tenemos decepciones y porque tenemos tentaciones. Sobre todo esas tres amenazas, decepciones y tentaciones. Las amenazas tienen que ver con el miedo. Y no me digas que no sientes miedo, porque yo creo que todos padecemos distintas clases de miedo. En algunas personas puede ser el miedo a fracasar. Si no me meto en tal negocio, si no le caigo bien a tal jefe, si no entro en ese grupo, voy a fracasar. Hay miedo al fracaso. Hay miedo también a veces a quedarse solo. Por ejemplo, en términos de afecto, yo he conocido el caso de varias personas que un poco en contra de su voluntad, van entrando en relaciones impuras con sus novios, con sus novias, por miedo. Como quien dice, si no hago esto, lo voy a perder. Eso es miedo. Esa es una amenaza si nos quitan la paz.
Hay otro enemigo de la paz que son las decepciones, porque nos sacuden, porque turban nuestro corazón, porque nos llenan de indignación, de frustración, de tristeza. Cuando hemos intentado hacer el bien a alguien, cuando hemos tratado de ser buenos amigos o cuando se suponía que teníamos un buen amigo. Y resulta que nos decepciona. Y eso también nos quita la paz, porque se convierte como en una rueda que sigue girando dentro de tu cabeza. Y no es solo el tema de los amigos, muchas veces es el tema de la terrible decepción con ese novio, con esa novia, con ese esposo, con esa esposa. He conocido personas que dos, tres y más años después de separarse, siguen todavía con una rueda en su cabeza. No tienen paz. De alguna manera la discusión sigue, la persona sigue discutiendo, ya no está ese esposo, pero aquella mujer sigue discutiendo con el fantasma de él. No tiene paz.
Y también está el caso, por supuesto, de las tentaciones. Tentaciones, por ejemplo, en el orden del placer. Una persona está, digamos, más o menos tranquila, pero le aparece una tentación de placer. Y hoy el placer nos lo ofrecen, casi nos lo inyectan por todas partes. Placer barato, placer rápido de droga, de trago, de pornografía. Pero está así a la orden del día. Y la persona entonces empieza a maquinar, empieza a desear, empieza a sentir un desasosiego que le empuja hacia el pecado.
Si te das cuenta, Cristo nos salva exactamente de esos enemigos que nos roban la paz. Porque frente a las amenazas, Él es el Señor. Él está por encima de todos, lo dice el mismo Cristo, el Hijo del Hombre, está por encima de todos. ¿No te tengo a ti en el cielo? y contigo ¿qué me importa la tierra? Ya decía un salmo. Entonces Él nos salva de las amenazas. Él nos salva de las decepciones porque nos recuerda que de barro estamos hecho todos. Él nos lo recuerda. Entonces queda claro por qué sucede lo que sucede.
Cristo, nuestro Señor, nos salva de las tentaciones, porque nos dice el Evangelio según San Marcos que Él cooperaba y Él sigue cooperando con todos los que son suyos. Por eso Cristo no solo nos da la paz, sino que Cristo custodia la paz que Él nos da. Hoy esa expresión me gusta tanto. Cristo custodia la paz. Yo te invito a que hoy nombres a Cristo custodio de la paz, de la paz de tu alma. Notarás la diferencia. Y cuando la notes, me lo cuentas, por favor. Que Dios te bendiga.

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