Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La paz que ofrece el mundo es frágil y a menudo se autodestruye. En efecto, es una paz que se apoya en las cosas de este mundo, como la riqueza o la fama, las cuales así como vienen se van; además tiende al egoísmo y se olvida de la realidad trascendente del final de nuestra vida. Por eso Cristo, en su compasión, ha traído una paz distinta, fundada en la seguridad indestructible que brota de nuestra unión con Dios Padre.

Homilía p052015a, predicada en 20200512, con 26 min. y 19 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, Santo Tomás de Aquino nos dice que la paz es el don que agrupa o abraza a todos los otros. En uno de sus escritos, comentando concretamente la primera carta de San Pablo a los Corintios. Santo Tomás nos dice que cuando Pablo saluda, la gracia y la paz estén con ustedes. Al mencionar la gracia, está nombrando al primero entre los regalos de Dios, el que abre la puerta a todos los demás. Y al mencionar la paz, está describiendo el último de esos dones del Señor, que es como el que agrupa, abraza y cierra a todos los anteriores. Según acabo de recordar yo mismo. En efecto, sólo puede haber verdadera paz cuando la obra está completa. Si algo está incompleto o está amenazado, parece que la paz es imperfecta. Teniendo en cuenta esta perspectiva que nos ofrece el doctor Angélico Santo Tomás, volvamos sobre el pasaje del Evangelio de hoy.

Cristo trae la paz. Pero preguntémonos qué paz es la que Él trae, puesto que la diferencia, de la paz que trae el mundo. ¿Qué es lo que hace diferente la paz de Cristo?. Lo mejor para dar una respuesta es preguntarnos ¿qué es lo que suele significar paz para el común de las personas?. Digamos, independientemente de su convicción religiosa, de lo que ellos piensen sobre Dios, o incluso si creen o no en Él. Usualmente la paz parece asociada ante todo con otra palabra que muchos toman como un sinónimo, tranquilidad, es decir, ausencia de problemas, carencias y angustias. Si estoy en una situación en la que no tengo problemas, ni carencias, ni angustias. Si no me siento amenazado. Si no, siento que me hace falta algo. Si estoy en segura posesión de mis bienes. Seguramente diré que estoy en paz. ¿Cuál es el problema de esa paz?, que es la que podríamos llamar la paz en el lenguaje usual o la paz del mundo. ¿Qué problema tiene esa paz? Esa paz tiene varios problemas.

El primero que uno se da cuenta, si ha escuchado el Evangelio de Cristo, es que esa paz muchas veces es egoísta. Que esté yo tranquilo, que los demás tienen problemas, allá ellos. O tal vez los despido con una expresión muy sencilla pero muy irresponsable. Pobrecitos ellos allá. Esa paz que se limita a la tranquilidad muchas veces es una paz egoísta. Y precisamente porque es egoísta es una paz insegura. Porque, por ejemplo, si yo tengo una buena posición económica, lo mismo que algunos de mis amigos y todos estamos muy tranquilos porque cada uno tiene una buena posición económica, es muy posible que seamos egoístas, gravemente egoístas. Y cuando una clase social es gravemente egoísta, suscita una especie de bomba de tiempo en la sociedad. Porque todos aquellos que se ven excluidos de justicia se ven excluidos de oportunidades, se ven excluidos del disfrute de bienes lícitos. Se sienten entonces golpeados, ofendidos, oprimidos. Y la historia de la humanidad muestra muy claramente que cuando esa clase de cosas suceden y cuando muchas personas empiezan a sentirse así, privadas de sus derechos fundamentales, tarde o temprano eso va a producir un levantamiento o una revolución, o una guerra civil u otra cosa semejante, que por supuesto va a destruir la supuesta paz que teníamos.

Hace poco, en estos momentos culturales que hemos estado difundiendo durante la pandemia. Hace poco estudiábamos el paso de la Edad Media a la Edad Moderna. Y en ese paso, una cosa muy interesante es el papel que tiene la economía. Todos hemos oído hablar de la Revolución Francesa. Seguramente recordamos la fecha del catorce de julio de mil setecientos ochenta y nueve, la toma de la Bastilla. Pero conviene recordar que hubo precedentes a ese acontecimiento. En mil setecientos ochenta y ocho en Grenoble. Hubo un levantamiento y el origen del levantamiento fue exactamente lo que estoy diciendo aquí. Muchas personas sentían nosotros ¿para cuándo?, por Dios, ¿para cuándo? Cuando veían que los privilegios se quedaban allá atrapados en la nobleza y en una parte del clero, cuando veían que todo quedaba allá, allá, allá. Llega un momento en el que la gente se revuelve y dice pues vamos a hacer algo. Y entonces se produjo lo que se llamó la protesta de las tejas y se la llama así de las tejas, porque cuando enviaron la policía o en todo caso Fuerzas Armadas para controlar la situación en Grenoble, pues la gente, el pueblo revuelto, atacó a los policías, entre otras cosas arrojándoles, tejas.

Fíjate qué quiero decir con esto. Que la paz del mundo, en la medida en que es una paz egoísta, termina volviéndose contra sí misma y termina volviéndose contra sí misma por lo que acabo de explicar. Porque el egoísmo es excluyente y el que se siente excluido tarde o temprano se cansa de ser excluido y contra ataca y destruye esa supuesta paz entre comillas.

Otra característica de la paz que suele dar el mundo es que se apoya sobre fuerza o riqueza o fama. Y sucede que este tipo de soportes son frágiles. Por ejemplo, una persona puede apoyarse sobre su riqueza, pero una vuelta del mercado le puede llevar a la pobreza. Ahora que estamos viviendo tiempos duros y vienen cosas muy fuertes en la economía, muchos están recordando lo que sucedió en la Gran Recesión de finales de los años treinta del siglo veinte. Concretamente, se recuerda con pánico el año mil novecientos veintinueve. En ese año y en esos acontecimientos, sucedió que personas que eran increíblemente ricas al colapsar la bolsa de valores, encontraron que sus títulos valores, sus acciones, ya no valían nada. Entonces, si tú tenías, por ejemplo, sesenta mil acciones y cada una de esas sesenta mil acciones valía cien dólares, tú eras inmensamente rico, porque sesenta mil por cien, nos está dando algo así como seis millones de dólares de aquella época. Eras fabulosamente rico, pero si esa acción de repente cae y cae y cae, Y si lo que antes valía cien dólares. Unas horas después o un par de días después vale diez centavos de dólar. Entonces, en vez de tener seis millones, ahora resulta que lo que tienes son seis mil dólares, que no era una cifra pequeña en esa época. Pero esa cifra te resulta enloquecedora por la pérdida terrible que has tenido y te resulta angustiante. Se te acaba la paz porque te das cuenta que si tienes una cantidad de deudas y el que tiene dinero siempre tiene deudas también, no las vas a poder pagar.

La paz del mundo suele apoyarse en cosas como esas. Suele apoyarse en la cantidad de dinero que yo tengo o puedo producir. Y quien se apoya en ese dinero, quien se apoya en algo que es tan volátil, en algún momento puede verse en una terrible angustia. Fruto de esa terrible angustia, sabemos lo que sucedió en aquella recesión de los años treintas. Mucha gente optó por el suicidio. No podré pagar mis deudas. La vida nunca será igual. Ya no podré vivir como yo quería vivir. Me mato y se mataron. Los suicidios fueron una verdadera epidemia en aquel tiempo. Lo mismo sucede si nos apoyamos en otras cosas que son igualmente frágiles. Por ejemplo, el que se apoya en el poder. Cuántos se sentían seguros cuando gobernaba un cierto dictador y de repente hubo una revuelta y cayó el dictador y entonces ¿cómo quedo yo? Yo que he puesto mi esperanza en ese poderoso, yo que me creía seguro ahora ¿qué va a pasar conmigo?

Pensemos en lo que sucede con la fama. Esta es probablemente la más frágil de las confianzas que puede tener una persona, porque la opinión pública, lo han dicho todos, es más volátil que el oleaje del mar. Sube y baja y un día te quieren y otro día te abandonan. Si tu paz está soportada por las cosas que da este mundo, estás en grave peligro. Porque son tan variables. Eso de que un día te quieren y otro no, eso de que un día tienes y otro no, eso es tan variable que tu paz sin cimiento verdadero está destinada a hundirse, está destinada al colapso. Entonces llevamos dos características que suele tener la paz que da el mundo. Esas dos características son, muchas veces la paz del mundo es egoísta y muchas veces la paz del mundo se apoya sobre una falsa seguridad.

El tercer y último elemento que quiero destacar sobre lo frágil que es la paz del mundo y luego veremos ¿qué es lo que trae Cristo en términos de paz?. Lo tercero que quiero destacar es que la paz de este mundo es, como dicen ahora los jóvenes, literal de este mundo. ¿Qué quiero decir con eso? Que la paz que se puede encontrar en este mundo no tiene ninguna respuesta frente a la realidad de la muerte. Ninguna respuesta. Porque resulta que la muerte es salida de este mundo. Eso quiere decir que no hay ninguna respuesta para el más allá. No hay ninguna respuesta para la muerte. Y eso también significa que todas las previsiones que tú has tomado en términos de seguridad, por ejemplo, para tener una cierta paz, de nada te sirven. Tal vez tienes una casa muy segura, muy, muy segura, impenetrable para los ladrones, tienes tus riquezas muy seguras. Un día te llega la terrible noticia, lo suyo es cáncer, señor. Resulta que cualquier cosa que te haya producido ese cáncer no la puedes impedir con la misma eficiencia con la que puedes impedir que entren los ladrones a tu casa. Y aunque lograras impedir el cáncer, hay muchas cosas que tal vez se pueden hacer para evitar agentes cancerígenos. No vas a poder evitar todos los males, no vas a poder evitar la muerte. Y cuando te enfrentas al misterio de la muerte, ¿qué? ¿dónde queda tu paz? O la única paz que te queda es la paz estoica, que es algo así como una especie de resignación revestida de racionalidad. La vida es así. Fue bello mientras duró. Me voy a morir. Tres, dos, uno, cero. Por eso muchas de estas personas que tienen esa perspectiva, pues abiertamente hablan de suicidio o de eutanasia, que viene siendo algo muy parecido.

Entonces hay tres terribles defectos que tiene la paz del mundo. Tres. Primero, que con mucha frecuencia es egoísta y por eso se autodestruye. Segundo, que se apoya en cimientos frágiles y por eso se autodestruye. Y tercero, que no tiene ninguna respuesta real frente a la muerte y por eso se autodestruye. La conclusión es que la paz que da este mundo es una paz que se autodestruye.

¿Qué tipo de paz nos da Cristo? Qué tipo de paz es la que Él nos puede comunicar para que diga No os la doy yo como la da el mundo. Y a renglón seguido dice que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Es muy interesante ver en qué momento Cristo escogió decir estas palabras. Sabemos que el ministerio de Cristo, tuvo momentos gloriosos. Te imaginas, por ejemplo, después de la multiplicación de los panes, cuando toda la gente quería proclamarlo rey. Te imaginas que en ese momento Cristo hubiera dicho Paz, Paz para todos. O la gente hubiera dicho ¡claro que sí! tenemos entre nosotros a uno que hace milagros, a uno que es poderoso, a uno que es sabio y bello y santo, y no hay como Él. Ese hubiera sido un momento políticamente muy eficiente para su proclama de paz. Pero ni en ese momento de tanta gloria ni en otros momentos de igual popularidad, Cristo lanzó estas palabras. Aquello de la paz os doy, mi paz os doy. Eso lo dijo Cristo en el momento de las tinieblas, porque Él mismo dijo en torno a su pasión, estas son palabras de la Última Cena. Esta es la hora de las tinieblas. Y observa que en este mismo pasaje dice Cristo, se acerca el príncipe de este mundo. No te parece muy interesante que Cristo haya escogido ese momento, el de la hora peor, el de la hora de las tinieblas, cuando el príncipe de este mundo se acerca para hundir sus garras asquerosas en el cuerpo y el corazón de Jesús. No te parece muy interesante que Él haya escogido exactamente este momento para decir que nos da la paz. ¿Por qué no escogió un momento tranquilo?

Jesús parece que hacía sus retiros espirituales con sus discípulos, por ejemplo, cuando los llevó a un lugar que la Biblia describe como tranquilo y apartado. Eso hubiera sido un momento en el que resultaba mucho más comprensible hablar a los discípulos y decirles la paz les dejo. Un lugar tranquilo y apartado. Cuántos lugares bellos tiene la tierra de Jesús. Qué bien, un lugar así y sentirse uno tranquilo. Pero Jesús parece que escogió. Y aquí es a donde quiero llegar. Escogió el momento del peor combate, del más duro combate, de la más cruel de las guerras. Guerra que suponía la destrucción de su dignidad, de su cuerpo y la entrega de su vida. Y Cristo escoge ese momento para decir Les doy la paz. Esto tiene que llamarnos la atención. Es evidente que la paz que Cristo da no está basada en el egoísmo, porque el egoísmo hubiera hecho que Cristo dijera Yo dejo esta gente y me voy a protegerme, a salvar lo que me queda de vida. No es la hora del egoísmo, no es la hora de la popularidad. Es decir, no es la hora de la fama, no es la hora del poder. Más bien Cristo va a quedar en poder de sus enemigos. No es la hora de la riqueza, porque a Cristo se le tasó en treinta monedas de plata. Entonces, ¿qué clase de paz es la que da Cristo? Hay una palabra que tienen en común la paz del mundo y la paz de Cristo. Esa palabra es seguridad. Todos estaremos de acuerdo en que ninguna paz merece ese nombre si no da un mínimo de seguridad. Pero qué seguridad podía tener Cristo en el momento en el que estaba entrando en lo peor y más encarnizado del combate contra el poder de las tinieblas.

Para saber cuál es la seguridad que Cristo experimentaba, conviene recordar lo que nos dice el Evangelio según San Marcos. Ustedes me van a abandonar, pero no estoy solo. Es la certeza del Padre. Hay seguridades que se pueden destruir, un mal negocio y te ves en la ruina, una calumnia y tal vez hasta te meten en la cárcel, cambia la opinión o los gustos de la gente y los que antes te apreciaban, hoy te desprecian. Entonces la pregunta clave de este Evangelio es ¿en dónde pones tu seguridad? ¿la pones en tu salud? ¿qué vas a hacer cuando llegue tu enfermedad final? Alguna cosa te llegará ¿qué vas a hacer? ¿en dónde pones tu seguridad? Ya sabemos que no es en el dinero, ni en el poder, ni en la fama. Entonces Cristo puede dar una paz diferente, porque Cristo tiene una seguridad diferente y Cristo tiene una seguridad diferente que nadie le puede quitar. ¿Cuál es esa seguridad?, esa seguridad, esa bendita seguridad, esa es la que le da a Él la unión perfecta con el Padre. Nadie le podía quitar eso a Cristo.

La traición de sus apóstoles, no le podía quitar eso. La crueldad de sus enemigos, no le podía quitar eso. Las sugestiones diabólicas con que el demonio sin duda le atacaba en su mente, no le puede quitar eso. Nadie le puede quitar eso. Entonces aquel que cultiva seguridad según el mundo, tendrá la paz que da el mundo. Y ya vimos que esa es una paz que termina autodestruyéndose. Aquel que cultiva la seguridad que Cristo conoció, vivió y nos comunicó, ese permanece en la paz. Ese habita en la paz.

Mira el ejemplo de un mártir de la época de aquel rey de tan infeliz memoria Enrique octavo, rey de Inglaterra. Enrique octavo tenía entre sus colaboradores a un católico, verdadero católico, un abogado fiel a su profesión, pero sobre todo, fiel a Dios. Su nombre Tomás Moro. Tomás Moro, fue condenado a la muerte. Y es muy interesante recordar cómo hasta el final de su vida tenía serenidad, tenía paz. Y ¿sabes? no sólo tenía paz. Tenía ese toque de buen humor que muchos apreciamos como cualidad muy típica de los ingleses. El día que lo iban a ejecutar. Era un día frío. Hacía mal clima. Y él se puso una bufanda. Lo llevaban a ejecutar y se puso una bufanda. Le quedaban, creo que ni siquiera horas, minutos de vida. Y él se pone una bufanda para abrigarse. Es una anécdota deliciosa. Y entonces le dicen ¿para qué te pones esa bufanda? Y él dice. Si el rey me mata, es responsabilidad del rey. Si yo descuido mi salud, es responsabilidad mía. O sea, tú piensa ¿qué grado de serenidad tiene esa persona? tú piensa ¿qué grado de tranquilidad hay en ese corazón? cuando su amigo ex amigo el rey, lo está enviando a la muerte. Si el rey me mata, es responsabilidad del rey. Pero si yo me enfermo, es responsabilidad mía. Yo tengo que cuidar mi salud. Que te quedan veinte minutos de salud. Pues yo voy a cuidar veinte minutos. ¡Qué hermoso!

Resumen. Ya hemos visto lo que trae la paz del mundo y cómo esa paz termina autodestruyéndose. Y hemos visto la raíz de la paz que Cristo vivió y que nos quiere comunicar. Y esa paz, esa paz bendita, esa es la que experimenta el cristiano a ejemplo de Tomás Moro y de tantos otros grandes Santos. Que Dios en esta Santa Misa, como lo decimos en cada Misa, nos conceda esa paz. Amén.

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