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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo, Palabra del Padre, da verdadero sentido a las palabras humanas. Hoy examinamos tres ejemplos propios del evangelio proclamado: alegría, paz y amor.

Homilía p052011a, predicada en 20170516, con 12 min. y 0 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, el Evangelio según San Juan. Llama a Jesucristo Palabra, Logos, Palabra del Padre. Este es el Evangelio que empieza diciendo precisamente. En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Esa manera de referirse a Cristo también significa que nuestras palabras, para no perder su sentido, para no perder su valor, necesitan adherirse, injertarse en la Palabra divina.

Porque la palabra humana, dejada a sus propias fuerzas se desgasta. Si tomamos algunas de las palabras más repetidas en nuestro tiempo, seguramente las encontramos desgastadas. Hablar de justicia. Hablar de igualdad. Hablar de libertad. Hablar de amor. Estas son palabras nuestras, palabras que se van desgastando porque los que las usamos nos vamos desgastando. Somos incoherentes y muchas veces no estamos a la altura de lo que dicen nuestras palabras. Por eso en su campaña un político puede hablar que él es el candidato de la justicia. Pero si resulta elegido. Tal vez su desempeño no está a la altura de sus discursos. Entonces los discursos caen a la profundidad, caen de esa altura hasta la mediocridad de la vida de ese hombre. Y así nos pasa a todos. Esta es la razón por la que las palabras humanas necesitan renovarse en la Palabra divina.

Hoy por ejemplo, en el Evangelio hay tres palabras que reciben nuevos significados a la luz del misterio de Cristo, y concretamente el misterio de su salida de este mundo. Son tres palabras que todos creo, amamos mucho y usamos con alguna frecuencia, la palabra alegría, la palabra paz y la palabra amor. Si miramos con algún detalle, descubrimos que Jesús redefine esas palabras. Podemos decir que las renueva en el misterio de su propio ser y de su propia entrega.

Por ejemplo, la palabra paz, que es la más evidente de estas tres. Jesús les dice La paz les dejo, no se la doy como la da el mundo. Ahí está haciendo una diferencia. La paz, como la utiliza el mundo, suele ser una palabra desgastada que casi siempre equivale a ausencia de conflicto. Sobre este tema hay un texto muy elocuente en la Constitución Gaudium et spes del Vaticano Segundo. La palabra paz en el lenguaje del mundo es algo así como no nos hagamos daño y muchas veces equivale a una tranquilidad simplemente, o a un equilibrio de fuerzas opuestas o a una especie de bomba de tiempo. Si uno mira lo que estaba sucediendo hace cien años en Europa, un poco más, quiero decir, en los meses precedentes a la Primera Guerra Mundial. Ese tiempo fue conocido en la sociedad occidental como la época Bella, La Belle Époque, y parecía que todo estaba en orden. Pero fuerzas tectónicas impresionantes estaban a punto de hacer erupción, como de hecho sucedió en ese conflicto que en su momento fue llamado la Gran Guerra. Cuando luego vino otra guerra peor, entonces la Gran Guerra pasó a llamarse la Primera Guerra Mundial. Y la otra, por supuesto, la Segunda Guerra Mundial. Entonces el mundo entiende la paz de esa manera.

La paz que Cristo trae es distinta. Es una paz que comienza con una reconciliación profunda del corazón humano, con el Querer Divino y desde ahí una profunda serenidad y una capacidad de aceptar la imperfección del otro y de hacer camino con el otro, como dice el Papa Francisco. Ahí se ve que Cristo está tomando una palabra, que es la palabra paz y la está redefiniendo. Por eso me atrevo a decir que Cristo es el Diccionario de Dios Padre, que ha llegado a nuestra tierra desgastada, envejecida, para renovarla por completo.

Otra palabra que también está siendo renovada en el pasaje de hoy es la palabra amor. Amor solemos entenderlo como sentimiento, puro sentimiento, emoción, mariposas en el estómago. Muchas veces el amor incluso se rebaja hasta convertirse simplemente en un puro deseo, casi en un puro impulso fisiológico. Hasta esa bajeza llega la palabra amor cuando se aparta de Dios.

Pero encontramos en el Evangelio de hoy que Cristo habla de su amor de la manera como Él ama. Y si estamos atentos, nos vamos a llevar una sorpresa. He aquí lo que dice Cristo. Se acerca el príncipe de este mundo. Se refiere, por supuesto, a la avalancha de sufrimiento que le va a caer encima con la cruz, con la pasión y la cruz hasta la muerte. Se acerca el príncipe de este mundo. No tiene poder sobre mí pero es necesario que el mundo sepa que amo al Padre. O sea que Cristo pone aquí la palabra amor en el contexto de acoger la voluntad divina y de ser verdaderamente obedientes al querer del Padre. En el mismo Evangelio de Juan encontramos una expresión parecida en la que Cristo dice a sus Apóstoles Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Es decir, que hay un vínculo profundo entre amor y obediencia, y el amor solo adquiere su verdadera altura cuando entra en plena sintonía con Dios, despegado de Dios, mutilado, seccionado, arrancado de su fuente, que es Dios. El amor pronto se degrada, se convierte en una consigna, en un romance vacío. En una palabra hipócrita, en un puro sentimiento o en simple deseo. Así que Cristo toma la palabra amor y la resitúa en su verdadera altura, diciendo. Si quieres de verdad amar, lo primero es sintonizar con el Dios que es amor. Y esa sintonía equivale simple y llanamente a una verdadera obediencia, no una obediencia forzada, sino precisamente una obediencia de amor.

La última palabra a la que queremos referirnos en este caso es la alegría. Muchas veces tenemos alegrías profundas y hermosas. Otras veces nuestras alegrías son vanas. Por eso dice San Agustín en el libro de las Confesiones. Contendían. Estaban en conflicto. Contendían dentro de mí alegrías dignas de ser lloradas y llantos dignos de ser celebrados. Porque muchas veces, cuando estamos en pecado, no sabemos ni de qué entristecernos ni de qué alegrarnos. Cristo da una sorpresa aquí a los discípulos cuando les dice lo siguiente. Si ustedes me amaran, se alegrarían de que yo me fuera al Padre. Esta es una redefinición de la alegría, porque resulta que los discípulos más bien se estaban sintiendo. Y con toda razón, muy explicablemente. Se estaban sintiendo tristes. Y Cristo dice Si ustedes me amaran, se alegrarían de que yo fuera al Padre. ¿Cómo redefine Cristo la alegría ahí? Pues es que el paso de este mundo al Padre es la plenitud de la gloria del Hijo y es la realización Perfecta del plan de Dios y es nuestra propia salvación. O sea que aunque parezca un distanciamiento, el ver a Cristo ascender a la cruz, a través de ese dolor está la plenitud de su gloria, está la plenitud del plan de Dios y está la plenitud de nuestra salvación. Y es eso lo que debería alegrarnos.

Efectivamente, los Santos nos han dado señales de este tipo de alegría, particularmente los mártires. Recuerdo con emoción el texto con el que la Iglesia celebra a los Mártires Jesuitas en Japón que fueron torturados de una manera horrorosa y varios de ellos fueron crucificados. Y en medio de su tormento, lo que destacaba era la alegría de ellos, porque estaban muy cerca de la meta, una meta que es incierta, especialmente para el pecador. Entonces Cristo, redefine la alegría, mostrando que el verdadero motivo de gozo está en la realización del plan de Dios y en la perfecta unión y comunión con Él, que solo se dará en la gloria del cielo.

Estos son apenas tres ejemplos con la palabra paz, con la palabra amor y con la palabra alegría. Tres ejemplos de cómo Cristo, especialmente en el Evangelio de Juan, es el nuevo diccionario de Dios. Es el diccionario que toma nuestras palabras y las bautiza, así como la criatura cuando es bautizada es nueva criatura. Así también nuestras palabras tienen que ser bautizadas en Cristo Palabra, para alcanzar su verdad y para llegar a su verdadero sentido. Renovemonos nosotros mismos y renovemos nuestra palabra a la luz de la Palabra Divina y en ella encontremos el verdadero propósito de nuestra vida en esta tierra. Así sea.

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