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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo no anuncia tranquilidad sino paz; ello sólo es posible como certeza de victoria.

Homilía p052008a, predicada en 20150505, con 5 min. y 31 seg.

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Transcripción:

El Evangelio que escuchamos con mayor abundancia en el tiempo pascual es sin duda el de San Juan. Juan nos acompañó a partir de la segunda semana de Pascua en aquel famoso encuentro entre Jesús y Nicodemo. Después de ese pasaje escuchamos el relato de la multiplicación de los panes que nos lleva a descubrir a Cristo como el pan de vida. Y después de ese pasaje nos fuimos hacia el Capítulo Décimo también de San Juan, para descubrir a Cristo como el pastor que cuida, que defiende nuestra vida y que de hecho promete una vida eterna. A partir de la semana pasada, nos está acompañando esa serie de discursos de Cristo después de la Última Cena. Esas palabras densas recogidas por el apóstol San Juan tenían que resultar prácticamente incomprensibles para aquellos apóstoles.

La vertiginosa sucesión de los acontecimientos no les dio tiempo, sin duda carecieron de tiempo para asimilar todo eso. Pero luego, a la luz de la Pascua y en la contemplación de cómo Dios iba realizando su plan a través de la misma predicación de los apóstoles, Juan llega a percibir la riqueza de esas palabras del Señor, una riqueza que es paradójica, como se nota muy particularmente en el pasaje del día de hoy, tomado del Capítulo Catorce de San Juan. ¿Por qué hablo de una riqueza paradójica? Porque miremos, por ejemplo, lo que se dice. Cristo anuncia guerra, anuncia combate, oposición y a la vez nos da su paz. Hay como una contradicción, hay una paradoja y Cristo anuncia guerra y a la vez concede la paz. Ya esto tiene que indicarnos algo muy importante sobre la paz de Cristo.

Me gusta, o por lo menos intento explicarlo de esta manera. La paz de Cristo no es tranquilidad, porque yo entiendo tranquilidad como un estado de cosas en el que no hay problemas, en el que no hay amenazas, en el que todo va bien, en el que las cosas están funcionando. Eso es tranquilidad. Todo seguro, todo bajo control, eso da tranquilidad. Pero no es eso lo que Cristo anuncia. Por el contrario, nos está hablando repetidas veces también en el pasaje de hoy, de las dificultades que él mismo tiene que padecer y de las dificultades que nosotros, como discípulos suyos, vamos a encontrar. Dice: el príncipe de este mundo ya se acerca. O sea, Cristo está hablando del combate por antonomasia, del combate de combates. Se trata de enfrentar al príncipe de las tinieblas y sin embargo, Cristo es un manantial de paz.

Observemos que entonces esa paz no significa tranquilidad, no significa que no hay dificultades. Esa paz solo puede significar una cosa; Si hay combate y hay paz es porque hay certeza de victoria. Y esto es lo propio del cristiano. El cristiano no es un tonto que no se da cuenta lo que está sucediendo en el mundo. El cristiano no es un distraído. El cristiano no es un cínico que hace caso omiso de las dificultades. El cristiano sabe lo que está pasando, se da cuenta de lo que está pasando. Es más, lo padece, lo sufre, pero a la vez tiene certeza de victoria. Y esa certeza es la que ha llegado a nosotros en primer lugar a través del amor de la cruz. Porque el amor de la cruz ya es victoria de Cristo. El amor de la cruz significa que el odio no tuvo poder sobre él, que no es omnipotente el odio, que uno no tiene que contaminarse necesariamente con el resentimiento o la venganza. Ya eso es una victoria. Pero por supuesto, esa victoria se hace visible, se hace grande en la resurrección.

Entonces, la paz nuestra es fruto de la Pascua de Cristo, es fruto de la certeza que solamente brota de su resurrección. Esa resurrección, que es un hecho maravilloso en él, es gracia de la cual nosotros entramos a participar ya como vida nueva a través del don del Espíritu Santo. El Espíritu obrando en nosotros nos deja participar, nos deja sentir, nos deja sentir en lo profundo de nuestro ser, la resurrección, la fuerza de la resurrección. Y por eso tenemos certeza de victoria. Y por eso, en medio de la oposición, la burla, la exclusión, la tortura, el cristiano sabe conservar la paz. Una paz que nadie le podía dar, sino solamente Jesucristo.

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