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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El extraño nombre que recibe el demonio describe el grado de penetración del pecado en el corazón humano y en el mundo entero.
Homilía p052007a, predicada en 20140520, con 6 min. y 15 seg. 
Transcripción:
En nuestro recorrido pascual, llegamos al final del Capítulo Catorce. Recordemos que este capítulo se ubica dentro del conjunto del cuarto Evangelio, como parte de los discursos, como parte de la conversación que Jesús tiene con sus discípulos después de la Última Cena, y quien dice después de la última Cena, debe decir también como explicación, como homilía de la última Cena, lo mismo que cuando se proclama la palabra. Luego viene una explicación que se llama la homilía. Así también ese pan, partido verdadero cuerpo de Cristo, necesita una homilía. Y esa homilía, es decir, esa conversación, esa explicación de lo que está haciendo Cristo al darse a nosotros. Eso es lo que encontramos en los Capítulos Catorce, Quince, Dieciséis y Diecisiete de San Juan. Es una porción abundante de este Evangelio. En esta ocasión quiero detenerme en una expresión que utiliza Cristo. Cristo dice: que el príncipe de este mundo no tiene poder sobre él. Y dice también que ese príncipe tiene que ser vencido para que el mundo crea. Estas dos afirmaciones tienen que ver con el nombre que le da Cristo al Espíritu del mal, en este texto. Lo llama el príncipe de este mundo. Es una expresión que si la examinamos un poco, nos puede parecer muy drástica. Lo que está diciendo Jesús es que al parecer el espíritu malo, el espíritu de las tinieblas, ejerce poder, reclama poder, en todo el mundo. Esta expresión del Señor se puede conectar con uno de los relatos de las tentaciones al comienzo de la misión de Cristo. Recordemos que una de las tentaciones que sufre nuestro Señor pero la vence es aquello que le dice Satanás. Nos cuenta el evangelista que el espíritu malo llevó a Cristo a una montaña muy alta y le mostró todos los reinos del mundo en su esplendor, y le dijo: Todo esto te daré, porque todo es mío si te postras y me adoras. Por supuesto, al demonio no hay que creerle demasiado, porque es también el príncipe de la mentira. Pero llama la atención esa concurrencia entre estas dos ideas. Por un lado, Jesús que dice: que el demonio es el príncipe de este mundo y por otro lado, el relato de las tentaciones en que el demonio dice: todo es mío. ¿Qué debemos entender de estas palabras? Debemos entender que los tentáculos del pecado que brotan de lo más profundo del corazón humano, herido por la concupiscencia y antes de eso, herido por las consecuencias del pecado original, las consecuencias del pecado y de la maldad recorren y penetran los surcos del corazón humano. De modo tal que todo lo humano, y en ese sentido, todo lo que hay en este mundo lleva en una o en otra medida la huella, el impacto de esa imperfección, de esa injusticia, de esa inmundicia. Cuando uno analiza, por ejemplo, la manera como el pecado penetra en las distintas industrias, en la política, en la ciencia, en la literatura, en el arte, te has dado cuenta, por ejemplo, que casi no hay adelanto tecnológico, que pronto, muy pronto, se empiece a utilizar para corromper. A mí me llama la atención que apenas inventada la imprenta, por lo menos para Occidente, muy pronto empiezan a difundirse novelas llenas de vulgaridad, de obscenidad, de la pornografía de aquel tiempo. Es impresionante cómo la tecnología está marcada por el servicio al pecado. Cómo la literatura, en una proporción inmensa, está llena de rabia hacia la virtud y de desprecio hacia Dios. Es impresionante ver cómo los distintos estratos del poder y cuanto más alto parece que fuera, más fuerte se van llenando de ese veneno y de esa arrogancia. De modo que parece casi un requisito para ascender o descender en la virtud, para subir en el poder, descender a los vicios más repugnantes. Pero el mensaje del Evangelio no termina ahí. Jesús dice: Ese príncipe no tiene poder en mí. Y nos dice que no tengamos miedo. Y nos dice también que Él ha vencido al mundo. Con esa confianza avancemos en nuestra fe.

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