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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Muchas palabras que utilizamos en nuestro lenguaje tienen un significado más profundo en la Sagrada Escritura: amar está más relacionado con hacer el bien que con simplemente sentir; conocer tiene su grado máximo en la revelación del ser y la intimidad de la otra persona. ¡Y Cristo nos invita a conocerlo y amarlo realmente!
Homilía p051016a, predicada en 20200511, con 28 min. y 30 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, algo que sucede con frecuencia en el Evangelio según San Juan es que el lenguaje parece sencillo, pero el sentido parece complicado. Tomemos, por ejemplo, el pasaje de hoy, que es parte del Capítulo Catorce de San Juan. No hay palabras demasiado difíciles ahí, amor, revelación, mandamientos. No es un lenguaje que parezca muy complicado, pero si uno tratara de decir en breves palabras, en pocas palabras qué fue lo que nos enseñó Cristo, ahí. Ya eso resulta más difícil. Por una razón que no es tan fácil de describir.
Uno siente que es un lenguaje que recorre, que agrupa varias cosas, como varios conceptos, pero que luego nos deja perplejos porque no sabemos exactamente qué es lo que dice. Quizás eso fue lo mismo que sintieron los apóstoles cuando dijeron, como escuchamos en la Misa de ayer Domingo. Cuando Tomás trató como de concretar a Jesús y le dijo No sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino? Felipe también trató de concretar a Cristo y le dijo Muéstranos al Padre, y eso nos basta. Y hoy vemos que Judas Tadeo también trata de sacar algo en limpio y le pregunta a Cristo ¿Qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?. Esas preguntas de esos apóstoles son preguntas perfectamente válidas y sin embargo, las respuestas que da Cristo, pues son difíciles, son profundas, son misteriosas.
A Tomás le dijo Yo soy el camino, la verdad y la vida. A Felipe le dijo El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. Y ahora le pregunta Judas Tadeo, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo? Y dice Jesús El que me ama, guardará mi palabra. ¿Qué es lo que nos quiere decir? A veces uno tiene la sensación, y lo digo con todo respeto, con el máximo respeto a nuestro Señor. A veces uno tiene la sensación en esta clase de discursos de San Juan. Como que él estuviera haciendo una meditación para sí mismo, como que su pensamiento estuviera fundamentalmente volando a otro nivel. Y los que le hablan algo perciben, pero mucho se les escapa de lo que está diciendo el Señor. Por eso también resulta no sencillo.
Resulta difícil para nosotros en la Santa Misa, por ejemplo, para el sacerdote, hacer una predicación sobre San Juan. Ha sido llamado el evangelista teólogo y desde antiguo se le ha comparado con el águila por la altura de su enseñanza, por la proximidad con la luz que él tiene. Pero pidiendo el Espíritu Santo. Tratemos nosotros de aclarar algo de lo que aparece aquí. Y cuando nos ponemos por delante ese propósito, entonces nos damos cuenta que hay dos conceptos fundamentales que aparecen en este Evangelio.
Uno es lo que podríamos llamar la línea del amor y otro es la línea del conocimiento. Y de algún modo, Cristo, en su propio lenguaje, nos está enseñando a conectar lo que significa conocer y lo que significa amar.
Dentro del ser humano, según la antropología clásica de nuestra Iglesia Católica, es decir, según la manera como la Iglesia habla del ser humano. Según la antropología cristiana y católica hay dos facultades fundamentales en el ser humano la inteligencia y la voluntad. La inteligencia tiene que ver con el conocimiento y la voluntad tiene que ver con el querer, con el amar. Entonces parece que nosotros estamos hechos. Nosotros como seres humanos, estamos hechos para conocer la verdad y para recibir y dar el amor. Así que si esas son las dos líneas del texto de hoy, quizás esto nos puede ayudar a comprender estas palabras. Vamos a ver cómo aparece esto.
Lo primero que tenemos es una definición de amor. Para muchos de nosotros, amor ha significado sobre todo un sentimiento. Un sentimiento que puede ser muy bello, un sentimiento que a veces se describe como mariposas en el estómago, un sentimiento dulce, alegre, que a veces produce una especie de embriaguez. Por algo hay un refrán antiguo en lengua castellana que dice amar y ser amado es tener el sol por los dos lados. Amar y ser amado.
Entonces, para nosotros el amor es sobre todo sentimiento.
En la Biblia en general y en estas palabras de Cristo, nos damos cuenta que el amor se parece mucho más a una acción. El amor se conoce en las acciones, no se conoce tanto en las palabras, sino se conocen las acciones. Y vemos que esto es así porque cuando Cristo habla de amor, fundamentalmente está hablando del modo de actuar. Y esta aclaración sí que nos va a servir mucho. Por ejemplo, Cristo habla de amar a los enemigos. Vamos a amar a los enemigos. Si tú interpretas la palabra amor desde la clave sentimiento. La petición de Cristo termina siendo un callejón sin salida, incluso una trampa emocional muy peligrosa. Porque entonces, qué sería amar a los enemigos.
Si amor correspondiera en la Biblia a un sentimiento. Amar a los enemigos significaría algo así como trate de sentir cosas bonitas. Sentir cosas bonitas por el que me estafó, sentir cosas bonitas por el que se la pasa hablando mal de mí, sentir cosas bonitas, por el que me hizo trampa, sentir cosas bonitas, por el hipócrita que me presentó una cosa y luego hizo otra. Sentir cosas bonitas por el que dañó a mi familia, por el que lastimó mi corazón. Fíjate que eso no tiene lógica. Si amor significara en primer lugar sentir cosas bonitas, entonces el mandato de Cristo es un imposible. Y es un imposible que más bien nos encierra en una especie de culpabilidad horrorosa. ¿Cómo voy a sentir cosas bonitas? ¿Es que acaso uno le puede dar órdenes al sentimiento? Una persona no puede enamorarse por decreto. Ahora me voy a enamorar de esta mujer o de este hombre, según sea el caso. No, tampoco por decreto uno puede decir ahora voy a sentir cosas bonitas por este que me hizo daño. No hay acto de nuestra voluntad que pueda producir eso que estoy llamando cosas bonitas, eso no se puede producir.
Entonces ahí nos damos cuenta que cuando Cristo dice amen a sus enemigos, de lo que está hablando es piense usted ¿cuál es la obra buena que usted puede hacer por ese enemigo? Porque amar es eso, producir un bien. Claro que alguien me dirá Padre, pero eso no soluciona muchas cosas, porque cómo voy a hacer yo una obra buena por la persona que obró mal contra mí. Bueno, pero es que el mismo Cristo también nos dijo Oren por sus enemigos. Y esta es la importancia que yo le doy a esa frase que muchos me han oído muchas veces. Ese aprender a orar por las personas sin tener tú que violentar tus sentimientos.
Y es que Cristo en el Padrenuestro nos dio la clave. Y del Padrenuestro viene esa oración que yo difundo tanto y que espero que muchos otros estén difundiendo también. Y esa oración es Señor, cumple tu voluntad en tal persona. Esa frase tú la puedes decir aunque tus sentimientos sean horribles. Y yo entiendo que tú tengas sentimientos horribles. Este que les está hablando también ha sufrido calumnias. Este que les está hablando también ha sufrido traiciones, hipocresía. O sea, yo sé de qué estoy hablando y por eso uno tiene que aprender a orar con esas palabras.
Entonces, lo que Cristo nos está llamando amor es fundamentalmente un actuar bien en favor de alguien. Y ese actuar bien, ¿cómo lo puedo empezar si esa persona me hizo tanto daño? Empieza por lo que dice el mismo Cristo haz una oración por tu enemigo. ¿Y qué oración voy a hacer yo por ese desgraciado? Pues la oración que siempre se puede hacer, porque es una oración que no violenta tus sentimientos, sino que los va limpiando y sanando. Es esa famosa oración. Señor, cumple tu voluntad en? y ahí dices el nombre de la persona. Haz la prueba, solamente te digo haz la prueba, haz la prueba de decir esa oración muchas veces yo lo he hecho. Y yo tengo testimonios de personas que lo han hecho y yo sé lo que eso produce.
O sea que el asunto no es cambia el sentimiento para empezar a orar, sino más bien. Empiece a orar y a su tiempo el sentimiento cambiará y la manera como tiene que cambiar el sentimiento hacia el enemigo. No es que a mí me caiga bien y me parezca simpatiquísimo. No. La manera como tiene que cambiar el sentimiento es que esa persona y el recuerdo de lo que esa persona hizo ya no tiene poder sobre mí. Entonces ya vamos viendo en este texto que hay una línea del amor y por eso Cristo dice El que me ama guardará mis mandamientos. Esa es una frase muy semita, o sea, de la cultura de Cristo. Esa es una frase que nos pone en la tónica de lo que es el verdadero amor. Al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a Él. Eso está muy interesante.
Porque una cosa dentro de este lenguaje de Cristo, y concretamente en el Evangelio de Juan, una cosa es saber de Cristo, o sea, conocer a Cristo, algo así como saber que Cristo existió. Y que existió, vivió sobre esta tierra hace más o menos dos mil años y que era muy buena persona y tenía mucha elocuencia y que se dicen de Él cosas maravillosas. Eso es saber de Cristo. Pero aquí Cristo nos está llevando a un nivel distinto de conocimiento. Y ese nivel distinto es me revelaré a Él.
Ese verbo revelarse es un verbo muy importante. La palabra revelar tiene que ver con velo. Y aunque suena extraño en nuestra lengua castellana actual, revelar lo que quiere decir es quitar el velo, mostrar lo íntimo. Es como si Cristo dijera el secreto de lo que yo soy, el secreto de quién soy, el secreto de qué es lo que yo quiero. Mi secreto está reservado para aquel que me ama. Es decir, tú puedes conocer de Cristo, tú puedes tener noticia de Cristo, pero revelación de quién es Cristo. Esa solo la tiene quien de verdad ama al Señor. O sea que el camino del amor es el que lleva al verdadero y profundo conocimiento, pero no cualquier amor. Ya eso lo hemos explicado. No es el amor de ¡ay a mi Cristo me cae tan bien!. No sé, yo lo miro y me parece tan bonito. Lo siento tan cercano. No, es mucho más que eso, mucho más. Es guardar sus mandamientos, es seguir su camino. Es dejar que Él marque el ritmo a tu vida.
El amor produce el conocimiento profundo y el conocimiento profundo se llama revelación. El amor trae la revelación. Le preguntó Judas Tadeo, porque aclara muy bien, no el Iscariote. ¿Qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo? La frase de Cristo lo que hace es repetir la misma enseñanza. El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a Él, y haremos morada en Él. O sea que ya nos aclaró otra cosa sobre lo que significa revelar su ser. Revelar su ser, abrir su intimidad. Significa hacerse presente en la intimidad de nuestra vida. Pero alguien podría decir no le respondió.
Judas Tadeo estaba preguntando ¿por qué te revelaste a nosotros y no al mundo? Pero en realidad, si lo piensas, ya la respuesta estaba. El que entre por el camino del amor, ese es el que entra en el camino del verdadero conocimiento. O sea que la respuesta, puesta en un lenguaje, digamos más cercano a nosotros. Tadeo preguntaba ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo? La respuesta es porque ustedes han hecho camino conmigo. Y el que hace camino conmigo, el que me sigue, el que guarda mis mandamientos, ese es el que me conoce y el mundo no hace camino con Cristo.
El mundo se entera de Cristo. El mundo sabe que existió Cristo. La gente que dice que pretende negar la existencia histórica de Cristo es rebatida muy fácilmente. Y no vamos a entrar en esa discusión en este momento. Entonces, ¿cuál es la respuesta? ¿por qué te has revelado a nosotros y no al mundo? La respuesta es porque yo no me revelo a cualquiera. Yo muestro el secreto de mi ser. Yo muestro el secreto de mi vida. Yo muestro el secreto de mis planes a quienes son cercanos a mí. En lo cual, aunque es bellísimo. Tampoco debemos decir que haya demasiado misterio. ¿No es igual lo que te sucede a ti?. Tú no le andas contando tus cosas, tus cosas íntimas, a cualquiera. Tiene que ser una persona en la que tú confías, una persona cercana, una persona de la que te sientes amado.
Eso es lo que está diciendo Jesucristo aquí. El que no me ama, no guardara mis palabras, dice Cristo. O sea que hay gente que entiende la palabra de Cristo, pero no guarda la palabra de Cristo. Acuérdate que ese guardar las palabras es también una expresión semita que quiere decir seguir esas palabras. Guardar las palabras, ¿qué es? hacerlas vida en tu vida. Si tú las entiendes, si tú entiendes lo que Cristo te está diciendo, pero tú no haces caso de lo que Él está diciendo, tú no estás guardando la Palabra de Cristo. Guardar quiere decir que esa palabra vive en ti y se hace vida en ti. Entonces el Señor dice El que no me ama, no guarda mis palabras.
Y esto es muy importante porque nos establece la diferencia entre entender y guardar la palabra. Una cosa es entender la palabra y otra cosa es guardar la palabra. Entender la palabra es darse cuenta de lo que significa. Como yo puedo entender cualquier discurso de cualquier persona que hable. Guardar la palabra es que esa palabra queda dentro de mí, como cuando uno guarda algo. Y como es una palabra viva y eficaz, esa palabra está dentro de mí, cuando se hace vida en mí.
Fijate lo que hemos aprendido sobre el amor. Hemos aprendido sobre el amor que el amor no es en primer lugar un sentimiento, sino es aquella acción que busca un bien. ¿Y qué hemos aprendido sobre el conocer? Hemos aprendido que el conocer no consiste en entender el significado de las palabras, sino en guardar las palabras. Y guardar las palabras quiere decir hacerlas vida en nuestra vida.
Termina diciendo Cristo, os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado. Pero el Espíritu Santo será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando lo que yo os he dicho. Efectivamente, sólo aquel que llega a esa cercanía, esa proximidad con Cristo, puede entenderlo. Pero esa proximidad la sella el lazo del amor que es el Espíritu, lazo de amor entre el Padre y el Hijo, lazo de amor entre el cristiano y Cristo, lazo de amor en la Iglesia santa. Ese es el Espíritu. Es el Espíritu el que finalmente nos entra, nos permite ingresar en el secreto de Cristo. Que Cristo se revele en mí. Que su Palabra viva en mí.
Mis hermanos, un último pensamiento sobre lo que significa esto que Cristo se revele en mí. Yo me pregunto ¿cuántos cristianos quieren que Cristo les hable sus secretos? En otras predicaciones de este Tiempo pascual hemos hecho reflexiones parecidas. Por ejemplo, una comparación que hago con frecuencia es la del piloto. Queremos que Cristo nos arregle problemas como el que lleva un carro, un automóvil, a un taller. Que Cristo me arregle el problema, pero yo no quiero escuchar al mecánico. Que él haga lo que tiene que hacer. Sus secretos, sus problemas, sus deseos no me interesan. A mí me interesa que me deje bien arreglado mi carro. Y yo sigo manejando. Es lo mismo que aparece aquí. Hay gente que solo quiere saber de Cristo, enterarse de Cristo, sacarle un milagro a Cristo. Pero quién tiene tiempo para decirle háblame de ti. Háblame de ti.
Hay una comunidad religiosa que todos debemos querer y orar por ellos como por las demás comunidades. Hay una comunidad religiosa que tiene esa orientación especial. Son los carmelitas. Grandes figuras dentro de los Carmelitas y las Carmelitas son San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. La contemplación carmelitana tiene entre sus características un hermoso desinterés, y por eso las comparaciones que utiliza, por ejemplo, Teresa de Jesús son lindísimas, porque son comparaciones que nos hablan de la gratuidad de un amor, no del que le está sacando a Cristo soluciones. Cristo resuélveme esto, Cristo arregla esto. Cristo pone un parche. Se me dañó el carro.
El estilo de oración y el estilo de vida que proponen estos grandes santos como Teresa, como Juan de la Cruz y otros. El estilo es que yo quiero ser tu amigo. Tú te imaginas un día hacer eso. Tú te imaginas un día, por ejemplo, sentarte delante de un Sagrario, no para decirle a Cristo, mira lo que me está pasando, mira el problema del arriendo, mira el problema que tengo aquí, mira que mi hijo, mira que la universidad, mira que el trabajo. Necesito esto, por favor, ayúdame con esto. Gracias porque la semana pasada me ayudaste con esto otro.
Te imaginas un día simplemente llegar donde Cristo y decirle háblame de ti. Qué tal si hoy, por ejemplo, en estos días, sacas un rato, te pones delante de una imagen del Sagrario. En estos tiempos, por supuesto, y siempre vale, sí, es una imagen de una cámara. Si eso es lo que tienes, eso es lo que yo tengo. Eso es lo que podemos. Entonces te imaginas poner la cámara, ver a Cristo, por ejemplo, ahí en el Santísimo Sacramento, y simplemente decirle quiero ser tu amigo. Yo tengo problemas, necesidades, deseos, dolores. Tú también. Háblame de ti, Jesús.
Una frase que me conmueve y que va a aparecer en estos días en la Santa Misa, es cuando Cristo dice Muchas más cosas tendría para deciros pero no podéis ahora con ellas. Y otra vez nos habla del Espíritu. Cuando venga el Espíritu. Pero entonces yo, como enamorado de Cristo que soy, aunque indigno, yo quedo traspasado por esas palabras de mi Señor. Palabras que sin duda impactaron mucho a Teresa de Jesús. Dice Cristo. Muchas más cosas tendría para deciros, pero no podéis ahora con ellas.
Y muchas veces, hermanos, me he preguntado ¿por qué esos apóstoles no podían? no podían cargar con esas palabras ¿por qué no podían? por qué estaban cansados, por qué les faltaba inteligencia. No creo que sea tanto eso. ¿Sabes qué pienso yo? A veces uno no puede con las palabras de Cristo, porque uno está demasiado sobrecargado de sus propias palabras, de sus propios planes. Y por eso insisto en la espiritualidad carmelitana. Todas las espiritualidades aprobadas por la Iglesia son bellísimas.
Por eso lo que propone Teresa de Jesús en las primeras fases de oración es una especie de liberación. Suelte, quite, vote. Lo que dice el apóstol San Pedro, me parece que es en su segunda carta, sino, pues, era en la primera. Dice Pedro: Descargad en Él todas vuestras preocupaciones. Ese es el ejercicio del amor. Descarga en Cristo tus preocupaciones y entonces, algún día Cristo también te va a decir y puedo compartir contigo mis preocupaciones. Y eso fue lo que lograron los santos. Un hombre como Juan de la Cruz o como Teresa de Jesús, logró eso, que Cristo le compartiera sus cuitas, sus dolores.
Una Catalina de Siena, a la que Cristo le habla como a verdadera esposa, le habla así como el esposo llega de su trabajo, tal vez agobiado, y le habla a la esposa y le dice mira ahora lo que me pasó, estoy preocupado por esto. Y ella, llena de amor, lo escucha. Así, una Teresa de Jesús escuchaba a Jesús, sus cuitas, sus dolores. Eso es revelación. Ese es el nivel al que estamos llamados. Esa es la vida cristiana. Llegar a ese nivel de revelación, llegar a ese nivel en el que Cristo nos habla de corazón a corazón, en que Cristo nos dice lo que le duele. Eso es ser amigo de Cristo.
Y yo solo hago una pregunta ¿De verdad queremos ir al cielo? ¿Ir al cielo para estar con un desconocido? ¿O cuándo va a ser Cristo tu conocido? ¿Cuándo va a ser realmente conocido tuyo, Cristo? ¿Cuándo? ¿Cuándo va a ser? Qué tiene que pasar en tu vida para que tú realmente entres en amistad profunda, en amor vivo por Cristo, amor vivo por Él. De manera que te duela todo lo de Él. Te duela. Eso es lo que hemos de pensar. O si no voy al cielo, ¿a qué? voy al cielo, ¿a qué? Al cielo va uno, al abrazo más perfecto con aquél que uno ha empezado a conocer en esta tierra.
Pero si lo único que yo sé de Cristo es que le pone parches a mi carro. Si lo único que sé de Cristo es que me arregla problemas y yo sigo mi ruta. ¿Quién será Cristo para mí? Hermanos amados, mira hasta dónde nos lleva este texto. Camino del conocimiento. Camino del amor. Empezar por la obediencia a sus mandamientos. Guardar su Palabra y llegar a la revelación hasta que Él realmente viva en nosotros. Eso sí es vida cristiana. Eso sí es hacer ruta hacia el cielo.

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