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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Al predicar el Evangelio el Espíritu Santo va obrando para que los antiguos ídolos queden vencidos y se levante glorioso el Nombre de Jesucristo, Rey y Señor.
Homilía p051011a, predicada en 20170515, con 5 min. y 17 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del Capítulo número Catorce de los Hechos de los Apóstoles. Este libro ha venido acompañándonos durante el Tiempo pascual. Y si puedo hacer una recomendación, pocas lecturas tan provechosas, tan deliciosas para el corazón creyente como el libro de los Hechos de los Apóstoles. El mejor tiempo para leerlo. El tiempo pascual. Este tiempo litúrgico en que nos encontramos.
La mayor parte de esta obra, es decir, el libro de los Hechos de los Apóstoles, lo que nos cuenta es la expansión del Evangelio por diversas regiones del mundo antiguo. Hay que tener en cuenta que aunque se habla de los apóstoles, la mayor parte de este libro tiene como personaje central al apóstol San Pablo. Prácticamente desde el Capítulo Noveno en que se cuenta su conversión hasta el final de la obra, en el Capítulo Veintiocho. Pablo aparece con bastante frecuencia y sin embargo, un examen más detenido nos muestra que el verdadero protagonista no es ni siquiera Pablo. El verdadero protagonista es el Espíritu de Dios. Es el Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo es anunciado en el Capítulo Primero de esta obra.
El Espíritu Santo desciende con fuerza el día de Pentecostés, esto es, el capítulo segundo de esta obra. Luego, en los diversos capítulos que siguen, se cuenta cómo obra ese mismo Espíritu con poder a través de Pedro, a través de Juan, a través de un diácono muy santo y muy carismático llamado Felipe, a través de Esteban, que predica con una sabiduría capaz de vencer todos los obstáculos y luego a través del apóstol San Pablo. Así que lo que podemos esperar del libro de los Hechos de los Apóstoles es una enseñanza muy fuerte y muy bella sobre cómo el Espíritu Santo de Dios es el que va llevando el testimonio exterior e interior sobre la persona de Cristo, sobre la Pascua de Cristo, sobre la victoria de Cristo. Y a medida que esa victoria se va propagando, a medida que ese amor de Dios se hace presente en nuestras vidas, van surgiendo comunidades cristianas.
El texto de hoy del Capítulo Catorce, nos presenta un elemento muy especial de lo que significa esta obra del Espíritu Santo. Se sintetiza en la frase que dice San Pablo. Estamos predicando al Dios verdadero para que ustedes dejen los ídolos falsos. Es decir, la obra de la predicación no es una obra de suma, sino una obra de reemplazo. Yo sé que este lenguaje no es demasiado simpático en la época en la que vivimos. En la época en la que vivimos, preferimos el lenguaje de la suma. Suma significa aquí, que si tú crees en Buda, yo creo en Mahoma, el otro cree en Cristo, el otro cree en Confucio y podemos sumar todo y todo da más o menos lo mismo. Ese es el lenguaje que gusta en la época en la que vivimos.
Pero ese no es el lenguaje que viene de la Biblia. El lenguaje de la Biblia supone un reemplazo. Supone que lo que nosotros vivíamos ya no lo seguimos viviendo. Y eso significa, el pecado queda atrás y una vida nueva surge. Luego también en términos de creencias. Las creencias que teníamos quedan atrás, y ahora afirmamos nuestra fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es una transición que indudablemente requiere la acción del Espíritu Santo, precisamente.
Porque no es una transición a base de imposición, a base de fuerza, a base de agresión. De hecho, si pretendemos imponer por la fuerza el Evangelio, lo que estamos haciendo es retrasar la obra del Evangelio. La única posibilidad es el testimonio, la oferta, la posibilidad de abrir puertas para que otros lleguen a creer en el mismo Cristo que nosotros hemos aceptado. Pero todo esto no debe ocultar el hecho, que repito, suena antipático a algunas personas. Nosotros no estamos sumando unas creencias a otras. Nosotros estamos diciendo quedan por fuera, quedan vencidos, quedan derrotados los antiguos ídolos, cualesquiera que sean. Y se levanta glorioso el nombre de Jesucristo, el Rey y Señor.

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