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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Sin la efusión del Espíritu, el cristiano miraría la resurrección simplemente como un espectáculo notable.
Homilía p051010a, predicada en 20140519, con 5 min. y 20 seg. 
Transcripción:
A medida que va llegando a su final el Tiempo Pascual, Nuestra Madre, la Iglesia nos va preparando para la gran festividad de Pentecostés. Pentecostés no es solamente el final del Tiempo pascual. Podemos decir que es la razón de ser del Tiempo pascual. Nosotros celebramos la Pascua mirando, por una parte, el acontecimiento maravilloso de la resurrección de Cristo.
Pero esta noticia, la noticia de la resurrección, quedaría completamente atrás. Quedaríamos nosotros aprisionados en el recuerdo de lo que dijeron aquellos que pudieron encontrarse con el Resucitado. Para que la resurrección sea un acontecimiento que transforma nuestra vida hoy. Y para que la resurrección sea en verdad el comienzo, la semilla de la nueva creación. Es necesaria esa fuerza, esa gracia del Espíritu, porque es el Espíritu el que nos hace participar del mismo triunfo del Resucitado.
Sin el Espíritu, la Pascua sería un espectáculo. Con el Espíritu, la Pascua se convierte en siembra para la cosecha de vida eterna. Es el Espíritu el que hace de nosotros piedras y también ayudantes de construcción en esa casa de Dios que es la Iglesia, en la cual cada uno de nosotros tiene que encontrar su lugar, su vocación y su tarea peculiar. Por eso, repito, Pentecostés no es simplemente el final de la Pascua, es la razón de ser de la Pascua.
Y eso quiere decir que un Tiempo pascual vivido sin Pentecostés es un Tiempo pascual que ha quedado corto, ha quedado incompleto, no ha logrado su propósito. Para prepararnos a esta festividad de Pentecostés, necesitamos orar. Cómo llegaron los discípulos a ese día maravilloso que marca de alguna manera el nacimiento de la Iglesia. Llegaron con la oración.
Pero Pentecostés se prepara también con el camino que nos muestra la Palabra de Dios. Hay una gran diferencia entre el Espíritu Santo, es decir, la acción del Espíritu y la acción de Jesucristo. Porque Jesús es llamado en la Biblia, el Dios con nosotros. A Él lo tenemos, lo tenemos frente a nosotros, como dijo San Juan. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos visto su gloria. A Cristo lo tenemos ante nosotros. Él es el rostro visible del Dios invisible. Nos dirá San Pablo.
En cambio, el Espíritu no es una realidad que nosotros tengamos delante de nosotros. Aunque hay imágenes del Espíritu, como por ejemplo el viento impetuoso o la paloma. No se trata de tener delante de nosotros a una paloma o tener delante de nosotros un vendaval y decir ese es el Espíritu. Nosotros conocemos al Espíritu fundamentalmente por los frutos que produce en nuestra vida. Y esos frutos son los que nos empieza a contar el texto del Evangelio de hoy y que va a seguir la Iglesia proponiéndonos en los días que vienen para que nosotros nos enamoremos del Espíritu, lo clamemos, lo supliquemos con fuerza, nos fiemos de su presencia.
Esa acción bendita, esa presencia, ese fuego del Espíritu, lo conocemos cuando Él nos concede conocer. Cuando Él nos concede reconocer al Hijo de Dios. Oye eso al Espíritu, lo conocemos cuando nos permite conocer y reconocer a Jesús. Es decir, que el Espíritu es como luz para nuestros ojos, de modo que al ver que vemos mejor, reconocemos la acción del Espíritu. Mientras que a Cristo lo vemos, al Espíritu no lo vemos, sino que vemos que vemos mejor. Y al ver lo que no veíamos, nos damos cuenta que hemos recibido esa nueva visión como regalo puro del que es el don puro de Dios. El Espíritu Santo.

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