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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La prisión del Amor del Salvador.
Homilía p051002a, predicada en 19970428, con 8 min. y 44 seg. 
Transcripción:
Es muy extraña la noticia del Evangelio que siendo buena, como dice su propio nombre, es recibida a piedra. Que siendo una noticia de perdón suscita odio, que siendo una noticia de paz, despierta persecuciones, siendo una noticia de gracia que es castigada como si fuera la declaración de la enemistad. ¡Qué raro es el Evangelio! ¡Y qué raro! ¡Qué extraño se vuelven los evangelizadores! Extraños con esa extrañeza que dice Cristo en el Evangelio de Juan: Si el mundo os odia, sabed que me odió primero a mí. Si el mundo nos conoce es porque tampoco me conoce a mí. Es una noticia extraña. Es un amor que no es bien recibido. Es una alegría que despierta ira. ¿Por qué será esto tan raro? ¿Por qué sucederá esto tan extraño? El ser humano suspira por la salvación. Le envían al Salvador y lo matan. Resucita el Salvador. Se cuenta la noticia de la resurrección y persiguen a quienes cuentan esa noticia. ¿Por qué sucede esto? ¿Hasta dónde llega la enfermedad del corazón humano? ¿No era ya suficiente enfermedad haber dejado a Dios para volvernos a ver a las criaturas? ¿No era suficiente enfermedad haber perseguido a los profetas y haber asesinado al Hijo mismo de Dios? Cuándo resucita Dios por su poder y por su cuenta y por su gracia a este Hijo. Entonces hay que acabar con los que dicen la noticia de la resurrección. ¿Qué clase de mundo es este, que recibe tan supremamente mal, tan brutalmente mal la noticia de la muerte? Hasta dónde se habrá vuelto árido el corazón humano. Hasta dónde se ha vuelto estéril, reseco, ajeno a toda gracia, incapaz de todo perdón. Y sin embargo, ya vemos cuál es la actitud de los apóstoles. Los persiguieron en Iconio. Entonces nos vamos a Listra y a Derbe en Iconio, incomprendidos por los judíos y Listra y Derbe, incomprendidos por los paganos. Los judíos quieren perseguirlos, apedrearlos, matarlos y los paganos quieren adorarlos y ofrecerlos en sacrificio como dioses. Que dura la vida de Pablo, que dura la vida de Bernabé. Salir de una ciudad donde no se les entiende y se les quiere matar para llegar a otra ciudad donde tampoco se les entiende y se les quiere idolatrar. Creo que solo por la fuerza, solo por la incalculable fuerza del Espíritu Santo, es explicable la vida de un apóstol. ¿Cómo puede alguien resistir esa clase de vida? ¿Cómo puede alguien, una y otra vez, escapar de la muerte para caer en garras de la incomprensión? Salir de la enfermedad para llegar al hambre. Huir del hambre para caer en la persecución y finalmente terminar los días ajusticiado como reo, siendo que traía anuncio de paz y de perdón. Pero precisamente en esta cadena de incomprensiones, precisamente en esta secuencia de humillaciones. Ahí es donde aparece que el Evangelio. Quizá otro tipo de mensajero. Después de que lo rechazan y le dicen te vamos a apedrear, pues el hombre se devuelve, compra un apartamentito en Tarso con un negocio y se dedica ahí a leer antigua literatura griega y a vivir de la renta. Pero es que el apóstol no se devuelve. No retrocede como Cristo, que tampoco retrocede como Cristo, que no se desdice, como Cristo, que no tiene una palabra distinta, sino la palabra que le ha otorgado decir su Padre celestial. No se devuelve el apóstol es terco. Es terco, de manera que la terquedad del amor resulte más grande que la terquedad del pecado. Esto es como una especie de competencia. Es como si Dios dijera: Bueno, vamos a ver quién gana. A ver si gana el equipo de los tercos del pecado o gana el equipo de los tercos del Amor. Esta es una carrera de tercos. Hay que ver quién es más obstinado. Si el mundo pecando de Dios perdonando. Hay que mostrar la realidad de los hechos, que es más grande la gracia que el pecado sobreabunda la gracia, también allí donde abundó el pecado. Y por eso el pecador dice: Me voy y arranca a correr. Entonces Dios dice: Pues que alcance y arranca a correr. Y vamos a ver quién gana. Cuando se miran las cosas desde esta tierra, parece que muchas veces pierde el equipo de los tercos del amor, pierde ese equipo cuando se ve a los apóstoles enfermos, cansados, envejecidos y finalmente mártires. Ahí parece que perdió el equipo. Pero resulta que cuando se les mata, cuando finalmente se asesina a los mártires, lo único que se ha hecho es unirnos con lazo indisoluble y estrechisima. Así es, Señor. Y por eso, cuando se les hace el peor de los males, se les hace también el mayor de los favores cuando se les rechaza absolutamente y en medio del odio que les quiere excluir de esta tierra. Es precisamente el momento en el que se les incluye en los cielos y es el momento en el que se les une más estrechamente a Jesucristo. Qué clase de gente tan extraña esta, que no puede ser perseguida sin ser glorificada, que no puede ser asesinada sin que su asesinato, sin que su muerte se convierta en el supremo testimonio. Realmente los apóstoles de Dios son indestructibles. Se les puede destruir, pero esa es su gloria. Se les puede perseguir. Pero cuanto más recorren los pies de estos perseguidores, más flores para esta tierra, más gracia para este mundo. Se les puede obligar a callar, pero no se les puede impedir que oren, que intercedan y que logren también desde lo profundo de la mazmorra, documentos preciosos como esas cartas que Pablo escribió cautivo, prisionero y Pablo, como si no le importara lo que le estaba sucediendo a él. Entonces dice: Yo soy el prisionero de Cristo. Ahora terminemos nuestras palabras analizando lo que significa esto. Yo no soy prisionero del Imperio Romano. Yo no soy prisionero de los que me odian. El que me aprisionó antes que todos ustedes es Jesucristo. Y su cárcel y se le puede llamar así. Y su prisión es mucho más estrecha que la de todos ustedes. Ustedes pueden meterme, sacarme de la prisión, pero del corazón de mi Señor, de esa dulce y gloriosa, de esa prisión, nadie puede sacarme, porque yo mismo no quiero salirme de esa prisión del amor de mi Salvador, nadie puede sacarme. Y por eso, porque soy prisionero de Él y no de ustedes, seguiré diciendo, y no solo para esta tierra, sino para la eternidad que verdaderamente resucitó el Señor y que en Él se ha manifestado el rostro de nuestro Padre del cielo. El vigor y la gracia de este evangelio indestructible descienda como rocío en nuestros corazones, y la certeza de la victoria llene de alegría nuestras vidas. Amén.

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