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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Espíritu Santo es Señor; Señor que nos elige, Señor que nos prepara, Señor que nos envía y Señor que nos acompaña en la misión para que haya fruto y fruto que perdure.
Homilía p043018a, predicada en 20240424, con 6 min. y 24 seg. 
Transcripción:
En el Credo nosotros decimos que el Espíritu Santo es Señor y dador de vida. Dador de vida es lo que se dice en latín «vivificantem», el que da vida. También se podría traducir al español señor y vivificante, pero suena un poco lejano, creo que es más comprensible, dador de vida. Pero yo no quiero referirme en esta oportunidad a ese aspecto tan bello del Espíritu Santo, es decir, que Él es el dador de vida, sino más bien quiero referirme a la palabra anterior, el Espíritu Santo es Señor. Como nosotros cristianos estamos acostumbrados a referirnos a Cristo como el Señor. Por ejemplo, cuando nosotros decimos: Bueno, nuestro Señor merece ser adorado en la Eucaristía. Claramente estamos hablando de Jesucristo, pero no se nos debe olvidar porque, repito, es parte de nuestra fe, no se nos debe olvidar que el Espíritu Santo es Señor, y creo que una excelente ocasión para recordar esto es, precisamente, la primera lectura de hoy de los Hechos de los Apóstoles, porque da origen a un paso tremendamente trascendental dentro de la historia de nuestra Iglesia Católica.
Efectivamente, así como en la ciudad de Antioquía, por primera vez se llamó cristianos a los discípulos, así también en Antioquía hubo una novedad extraordinaria que ya comentamos, que es que se empezó a predicar el Evangelio a gente que no tenía nada que ver con el judaísmo. No es que fueran paganos simpatizantes del judaísmo como los prosélitos, sino que eran simplemente paganos, y a ellos les llegó el Evangelio. Y ahora viene una tercera novedad, y es que el impulso misionero hacia los otros pueblos, hacia pueblos completamente ajenos al judaísmo, pues va a terminar sucediendo a partir de las misiones, y esas misiones, misiones de largo alcance, son las que se inauguran precisamente en la primera lectura de hoy.
Todo está en aquella frase que alguien con el don de profecía dice de parte del Espíritu Santo: «Sepárenme a Bernabé y a Pablo para la misión a la que los he encomendado, a la que los quiero enviar». Y ese quiero enviar a la misión a la que los tengo reservado, esa misión es del Espíritu Santo, es decir, es el Espíritu Santo el que va a enviar a Bernabé y a Pablo. Es el Espíritu Santo el que quiere que sean separados, en cierto sentido, formados, que su corazón se forme peculiarmente de un modo único, se forme ese corazón para ser, llamémoslo así, los primeros misioneros oficiales de la Iglesia. Ahí ves al Espíritu Santo como Señor, es el Espíritu Santo el que tiene reservados a estos hombres Bernabé y Pablo, ese Pablo es nuestro gran apóstol San Pablo, y ese Bernabé, pues, es San Bernabé. Pues el Espíritu Santo los tiene reservados, el Espíritu Santo los ha escogido y ahora es el Espíritu Santo el que los envía. Esas son acciones propias de quien es Señor, es el Espíritu el que selecciona, es el Espíritu el que prepara, es el Espíritu el que envía y luego es el Espíritu el que acompaña a los misioneros.
Así que te repito, esa primera lectura es extraordinaria para descubrir lo que significa que Cristo es Señor, pero también descubrir que el Espíritu Santo es Señor. Por supuesto, no hay competencia alguna entre Cristo y el Espíritu, porque el señorío del Espíritu lo que va a hacer es que el señorío de Cristo sea proclamado y el señorío de Cristo lo que va a hacer es que muchas más personas puedan recibir el don del Espíritu Santo. Te das cuenta de esa relación tan profunda, tan bella, que tiene el don de Cristo y el don del Espíritu.
Quiero terminar con una expresión muy bonita que me gusta repetir, una expresión de los padres de la Iglesia. Decían algunos de estos antiguos y grandes predicadores buenos pastores decían que, así como nosotros tenemos dos brazos, típicamente brazo izquierdo, brazo derecho, así también Papá Dios ha querido abrazarnos, y los dos brazos de Papá Dios son su Hijo, que fue enviado, y son el Espíritu Santo que fue derramado. Estos dos brazos obran de un modo conjunto, de tal modo que el Espíritu Santo hizo posible la encarnación del Verbo, y luego la Ascensión del Verbo hace posible la efusión del Espíritu. Es algo hermosísimo, pero es Dios Padre el que nos ha dado estos dos brazos el Hijo y el Espíritu, porque Dios Padre ha querido abrazarnos con ellos. Siempre recordamos a Cristo como Señor, pues que hoy, viendo los orígenes de las misiones cristianas, no olvidemos lo que significa que el Espíritu Santo es Señor, Señor que nos elige, Señor que nos prepara, Señor que nos envía, y finalmente, Señor que nos acompaña en la misión, para que haya fruto y fruto que perdure. Que Dios te bendiga.

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