Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pocas veces la Escritura nos presenta a Cristo gritando. La explicación de la voz que Él levanta en el pasaje que se le hoy en el Evangelio puede estar en la espesa y obstinada sordera del mundo. Pero el grito de Cristo no es en vano porque al fin trae la victoria. Cristo vence porque está unido al Padre y nosotros venceremos si estamos unidos a Cristo.

Homilía p043014a, predicada en 20200506, con 25 min. y 40 seg.

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Transcripción:

Mis queridos hermanos, Cristo grita. Esta es una de las pocas ocasiones en toda la Biblia en que se habla de gritos, no son muy numerosas. Y si hablamos de nuestro Señor Jesucristo, que yo me acuerde en este momento puedo estar equivocado, solo el Evangelio de Juan nos habla de que Cristo levanta su voz. Esto aparece en la resurrección de Lázaro: Gritó con fuerte voz: «Lázaro, ¡sal fuera!» Y en el evangelio de hoy, Cristo dijo gritando, estas son palabras de Cristo en el templo. La verdad es que el Evangelio de Marcos también nos habla de un grito de Jesús al momento de expirar, un grito misterioso porque los crucificados, como sabemos, morían asfixiados. La posición incómoda del Crucificado hacía que no pudiera respirar y, en medio de espantosos dolores, morían asfixiados. Pero Cristo grita en su muerte, nos dice San Marcos. En todo caso, no son muchos textos. Y que Cristo grite diciendo algo específico, eso solo aparece, que yo me acuerde, repito, en San Juan.

Esto tiene que enseñarnos algo, ¿por qué levanta su voz el Señor? ¿Por qué quedó en la memoria de aquellos discípulos que Cristo les había hablado a gritos? Espontáneamente mi recuerdo va a aquel gran convertido a la fe católica, San Agustín. San Agustín habla de los gritos de Dios, San Agustín tiene conciencia de que él vivió lejos de Dios y como estaba lejos de Dios, no reconocía su presencia en ninguna parte y estaba como ciego. Como estaba lejos de Dios, no escuchaba la voz del Señor en ninguna parte, estaba como sordo. Pero dice San Agustín, en su libro Las Confesiones: «Hablaste y gritaste, y quebrantaste mi sordera». El grito de Jesús es para romper la sordera del mundo, porque el mundo, como Agustín antes de su conversión, está sordo. No queremos ver las señales de Dios, no queremos oír la Palabra de Dios.

Yo recuerdo un escrito realmente inspirado y muy sabio del Papa Juan Pablo II, lo recomiendo, por supuesto, como lectura. Se llama el Evangelio de la vida, en latín «Evangelium vitae». Es una presentación clara, profunda y además bella de la dignidad de la vida humana. En ese hermoso documento, el Papa Juan Pablo no solo muestra la dignidad de esta vida que tenemos sobre la tierra, sino cómo esa dignidad que Dios nos ha otorgado por creación, ha sido elevada a un nuevo nivel por la redención del Señor que nos llama a una vida plena, a una vida eterna. Este es el contenido de aquel documento, aquella encíclica maravillosa de Juan Pablo II, el Evangelio de la vida.

Por supuesto, en ese documento el Papa se opone frontalmente y presenta argumentos muy sólidos para mostrar que no puede, de ninguna manera, admitirse la crueldad y el crimen del aborto. No se puede admitir. Y, sin embargo, ¿cuál fue la respuesta a ese documento? Absoluto silencio. Los medios de comunicación, absoluto silencio. Una presentación clara, profunda, argumentada, respuesta del mundo, silencio, como si no se hubiera oído nada. Está hablando el Papa de la gravedad del aborto y otros pecados contra la vida, como la eutanasia, respuesta del mundo silencio, no he oído nada. Esa es la sordera del mundo, por eso Cristo grita. Y la verdad es que frente a argumentos tan sólidos no se puede decir otra cosa sino, de acuerdo su Santidad, es lo único que se puede decir. Es un documento bien escrito, como tantos otros de nuestra Santa Iglesia. Entonces ahí entendemos lo que es sordera.

Sordera es eso, tratar de hacer desaparecer, tratar de que no exista el mensaje de Dios, que no exista. Sordera del mundo es quitar, en Oriente y en Occidente, igual sucede en China que en España, a quitar crucifijos, a quitar cruces. ¿Por qué? Porque queremos hacer irrelevante a Dios. El mundo quiere que Dios sea irrelevante, que no importe, que no cuente, que no sume. Con arrogancia lo decía algún personaje francés hace unos años: Dios, pregunta con fingida ironía, Dios, Dios no viene al caso. Ese es el mundo sordo, ese es el mundo que no quiere enterarse de Dios, que no quiere oír su voz, que trata de hacer desaparecer su recuerdo, y hace cuánto tiempo está en ese empeño.

Cómo no recordar aquí a otro francés, un verdadero petulante, Augusto Comte, famoso por su teoría filosófica conocida como el positivismo, que le da la voz únicamente a la ciencia y desprecia toda otra forma de conocimiento, de acceso al conocimiento. ¿Qué decía Augusto Comte? Decía: «En tantos años voy a estar predicando el positivismo en la iglesia de Notre Dame». Por supuesto, la iglesia más famosa de la Francia cristiana. Fíjate que él no habla de la destrucción de ese templo, sino que le parece que ese templo, todo ese templo, hecho para la gloria de Dios y honra de María, todo ese templo será el podio para que él eche su discurso, porque él sentía que el cristianismo ya iba a desaparecer. Esto sucede en la segunda mitad del siglo XIX, 150 años, poco más, poco menos, ya él declaró extinto el cristianismo, ya esto se va a acabar, ya no queda nada más.

Y así, otros autores que han anunciado el final del cristianismo. Cuando empezó este movimiento de la Nueva era, se insistía mucho en que era la Era de Acuario. Los que ya tenemos algunos años nos acordamos de eso, la Era de Acuario y nos venían con esas historias de la astrología, tú las conoces. Esa historia de que el sistema solar o el eje de la Tierra, o qué sé yo, está pasando de una constelación a otra constelación. Y una constelación es Piscis y se está pasando a la constelación de Acuario, y eso va a traer cambios radicales en el mundo. Así lo presentaban, se insistía mucho en el color azul, la era azul, la Era de Acuario, la nueva era. De toda esa terminología, lo que sigue sonando, de tanto en tanto, es Nueva Era -New Age-.

Incluso había quienes hacían este análisis, la era del pez. Porque se supone que, qué se yo, el sistema solar o el eje de la Tierra o lo que sea, apuntaba a la constelación de Piscis, que significa el pez. Y sabemos que el pez es un símbolo que ha sido muy querido por nosotros los cristianos, eso se debe a la lengua griega, pez en griego se dice «ichthys». Y cada una de esas letras: Iota, Ji, Theta, Ípsilon, Sigma, puede ser la primera letra de las siguientes palabras «Iesous Christos Theou Huios Soter». Y ¿qué significan esas cinco palabras griegas? Jesús, Cristo, de Dios Hijo, Salvador. Por eso muchos cristianos utilizaban el símbolo del pececito, como una manera de reconocerse entre ellos, el pez dibujado en distintos sitios lo que representaba era eso «ichthys», «Iesous Christos Theou Huios Soter», Jesús el Cristo, de Dios Hijo, el Salvador. Es una profesión de fe. Entonces, por eso el pez ha sido un símbolo muy querido para los cristianos.

Pues cuando empezaba lo de la Nueva Era, ellos decían: Ya terminó el tiempo de la constelación del Pez. Ahora viene la nueva constelación y le ponían fecha a eso, no me acuerdo si era el año 2000 o 1900 o 2012, usted sabe que toda esa gente anda cambiando de fechas. Entonces, para ellos ya se acabó el cristianismo y tengo aquí, en este aparato, tengo también el nombre de uno de los más prestigiosos sociólogos, un canadiense, sociólogo canadiense que anunció: El avance de la ciencia significa el retroceso de la religión. Ya, ya se va a acabar, ya se va a acabar. Eso, esa es la sordera del mundo, no queremos que Dios signifique nada, tratamos de arrinconarlo. Voy a dar otro ejemplo todavía, porque es bueno darse cuenta de esta sordera del mundo. Voy a dar otro ejemplo, otros dos ejemplos voy a dar.

Otro ejemplo es la presión para privatizar la práctica de la religión. La religión no puede salir a la calle, la religión tiene que salir de todas partes y ya la han sacado de muchos sitios. Nuestros países tienen una ley fundamental que se llama la Constitución, que salga Dios de la Constitución. En las cámaras legislativas, fuera lo que tenga que ver con religión, aquí solo creemos en las leyes que hacemos nosotros y en lo que diga la ciencia. Y ¿si la ciencia nos contradice? Entonces no creemos en la ciencia. Ese intento de suprimir todo acto público de la religión, ese intento de ridiculizar en público a la religión y a la vez no dejarla expresarse en público, ese es el intento de amordazar a Dios. Porque, repito, somos un mundo que ha escogido la sordera, en este sentido, el país que más me duele es, con mucho, España. Las profanaciones se pueden hacer en público, pero las manifestaciones de la fe, mil trabas, mil problemas para que se realicen.

Un mundo sordo y un mundo también sordo a la verdad, y es el último ejemplo que quiero dar. Te voy a dar un ejemplo, porque de esto tenemos que instruirnos, en esto tenemos que instruirnos los cristianos católicos. ¿Cuántas campañas se han hecho de lo que se llama sexo seguro? Y precisamente, esas campañas han tenido un resultado, más embarazos de adolescentes, más abortos, más transmisión de enfermedades sexuales. Es decir, la evidencia está mostrando que el camino no es ese. Porque apenas hablan de sexo seguro, lo que ellos quieren es favorecer la industria de los anticonceptivos, no les interesa más. Por eso, por esa razón, las campañas de sexo seguro, que las ha habido de muchas maneras, siempre hacen énfasis en la sensualidad, por no decir abiertamente en el erotismo. Entonces la campaña de sexo seguro es ¿para qué, para proteger? No les interesa nadie, ellos no están protegiendo a nadie. Las campañas de sexo seguro son para multiplicar las ventas y lo logran. Pero como está demostrado científicamente que la efectividad de esos anticonceptivos es limitada y que la repetición de actos que entrañan un porcentaje de riesgo multiplica exponencialmente el riesgo, de eso hemos hablado en otras ocasiones, entonces todas esas campañas fracasan. Pero viéndose el fracaso, ¿cuál es la conclusión que sacan? Se necesita entonces más educación sexual y se necesitan más campañas. Dime si eso no es sordera, dime si eso no es sordera del mundo, por eso Cristo grita.

Hace poco recordábamos a Catalina de Siena, hace exactamente una semana, y una de las frases más famosas de Catalina de Siena es aquella: Gritad, dice ella, gritad con cien mil lenguas, porque de tanto callar el mundo está podrido. Entonces hay que gritar, hay que hacer oír la voz. Pero al llegar a este punto, entendamos cómo es el grito de Cristo, para también tratar de entender cuál ha de ser el grito nuestro. Gritó Cristo, y dijo: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. El que me ve a mí, ve al que me ha enviado». ¿En qué consiste este grito tan extraño de Cristo? «El que me ve a mí ve al que me ha enviado. El que cree en mí, cree en el que me ha enviado». ¿Qué es lo que le da fuerza a ese Cristo? ¿Qué es lo que hace que ese grito sea tan impresionante, que quedó en la memoria de los discípulos, por eso lo leemos en el Evangelio? Que Cristo estaba unido al que lo había enviado. Es decir, gritar por gritar no tiene efecto. No es simplemente hacer ruido, ya el mundo tiene mucho ruido.

Lo que hace efectivo el grito de Cristo es la unión que Él tiene con Aquel que lo ha enviado. Y por eso, nosotros necesitamos que nuestra voz esté unida al que nos ha enviado, que nuestro ser esté unido al que nos ha enviado. Y ¿quién nos ha enviado? El mismo Cristo. De hecho, lo dice en el capítulo 15 de San Juan: «Así como el Padre me envió, yo os envío a vosotros». Entonces, la eficacia del grito está en la unión, en la unión con ese Cristo. Esa unión con Cristo es la que da una fuerza impresionante.

Se cuenta que le avisaron a José Stalin, jefe realmente dictador en lo que se llamaba la Unión Soviética. Por supuesto, un hombre absolutamente ateo. Y le hablaron de la oposición del Papa a lo que decía Stalin. Y la pregunta de Stalin fue: ¿cuántas legiones tiene el Papa? Él no entendía otro lenguaje, sino el lenguaje de los ejércitos, las tropas, los disparos, los atentados, las muertes. Es como si preguntara ¿cuántos muertos puede hacer ese tal Papa? Esa es la pregunta de Stalin. Es la pregunta de un ignorante, un corrupto y un criminal. Y sí, tenía razón, su pregunta irónica tenía razón. Porque legiones como las de Stalin no tiene el Papa, pero lo que tiene el Papa si vive a fondo su misión, y esto vale para cualquier Papa, lo que tiene el Papa es la autoridad de quien está realmente unido a Cristo y a su Evangelio.

Y en este sentido, yo tengo que volver a recordar al mismo Papa que ya mencioné, a Juan Pablo II. Quién podría pensar que cuando Juan Pablo II iba a su nativa Polonia, precisamente entonces bajo poder soviético, comunista, ateo, cuando iba el Papa allá, el nervioso, el que estaba nervioso era Jaruzelski y el que tenía miedo era el gobierno ateo. El Papa no tenía legiones, legiones como las de Stalin, no tenía. Seguramente como Cristo, sí que tenía legiones de ángeles. Pero volviendo a esta tierra, la tremenda autoridad del Papa empezó a agrietar el férreo sistema comunista. Y cuando empieza el Papa a predicar en su primer viaje apostólico a su propia Polonia, y empiezan a reunirse millones de personas para oír a ese Papa, entonces el panorama cambia. Hoy son muchos los historiadores que se refieren a la caída del comunismo soviético en 1989, por razón de la intervención de un Papa que no tiene legiones en esta tierra. Ese es el poder de un grito, ese es el grito. Un hombre unido a Jesucristo, un hombre lleno de la presencia y la autoridad de Jesucristo, un hombre que derribó todo un régimen.

Por supuesto, hubo otras personas que entraron, no vamos a decir que todo lo hizo él. Sé que hay circunstancias históricas, sé que había descontentos en una y otra parte, explícalo como quieras, pero no podrás minimizar tanto la voz de Juan Pablo II, como para decir que no hizo nada o que no importó lo que él hizo. Es inmenso, es inmenso el poder de ese grito. Y cuando empieza a hablar Juan Pablo II de la autoridad de todo, con autoridad sobre la dignidad de toda vida humana, y cuando empieza a hablar de lo que significa la libertad, entonces el sistema soviético empieza a agrietarse.

Resumamos, hermanos, y terminemos. ¿Qué es lo que estamos diciendo? Lo que estamos diciendo es número uno, que no es frecuente que Cristo grite. Dos, Cristo grita porque el mundo está sordo. Tres, hemos dado varios ejemplos de la sordera del mundo, que es tratar de no oír a Dios, que Dios no importe, hacer desaparecer lo religioso, derribar las cruces, meter la práctica del culto en las sacristías, que desaparezca todo símbolo religioso, que desaparezca toda voz religiosa. Y después de eso, nos hemos preguntado en qué consistió el grito, la potencia del grito de Cristo. Y hemos explicado que la fuerza de ese grito está en la frase que él dice, es que Él está unido al Padre, y entonces nuestra fuerza es unirnos a Jesucristo, que está unido al Padre. Y en la medida en que nosotros, especialmente sacerdotes, misioneros, catequistas, en la medida en que nosotros estemos así unidos, pegados a Dios nuestro Padre, en la persona de Cristo, nuestra voz tendrá efecto. Así como el grito de Cristo sacó a Lázaro de la tumba, el grito de nosotros los cristianos podrá rescatar de sus tumbas a un mundo que no quiere enterarse de Dios. Pero el camino es unión con Jesús, unión con Cristo, unión con Él, para que sea su misma voz la que salga a través de nuestras obras primero, y de nuestras gargantas después.

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