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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo es un puente muy largo pero también es un puente muy corto, es verdadero y perfecto Mediador entre Dios y los hombres.
Homilía p043013a, predicada en 20200506, con 6 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Ningún tiempo mejor, mis hermanos, que el tiempo pascual para descubrir cómo Cristo es absolutamente incomparable. Decía nuestra amiga de Siena, Santa Catalina, doctora de la Iglesia, que Cristo era y es puente entre Dios y el hombre. Y una pregunta natural cuando uno se asoma a un puente es ¿qué tan grande o qué tan largo es? Hay países que se sienten orgullosos porque tienen el puente más alto, o el más ancho o el más largo del mundo entero. ¿Qué tan largo o qué tan corto es este puente, Jesucristo? Y la respuesta la encontramos en los mismos escritos de esta doctora de Siena y tiene mucho que ver con el Evangelio de hoy, que fue tomado del capítulo 12 de San Juan.
Efectivamente, Cristo Puente es largo, es muy, muy largo, porque tiene que cubrir la distancia inmensa, de hecho, infinita que hay entre el pecador desagradable a Dios y el Dios Santísimo, cuya mirada, como dice la Escritura, encuentra imperfecciones en sus ángeles. Ese Dios perfectísimo del cual dice el apóstol Santiago, que habita en una luz inaccesible, se ha hecho accesible para nosotros, porque la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos visto su gloria. De manera que es, es mucha la distancia que Él ha cubierto. Es la distancia que fue producto de nuestras rebeldías, porque, efectivamente, el pecado, como bien explica San Agustín, y lo hemos dicho muchas veces, el pecado es ese darle la espalda a Dios y se le da la espalda a Dios para alejarse de él. Así como el hijo pródigo dio la espalda a su papá, y nos dice la Escritura, capítulo 15 de San Lucas: se fue, ¿a dónde? A un país lejano. No fue Dios el que creó esa distancia, es nuestra rebeldía la que nos ha apartado de Él.
Entonces, Cristo como puente, podríamos decir que es un puente muy largo, porque tiene que cubrir toda esa distancia. Santo Tomás de Aquino decía que había que pedir a Dios una luz muy intensa, porque nosotros, nosotros todos, estamos recubiertos por una doble oscuridad, la oscuridad de la ignorancia y la oscuridad del pecado, porque nuestra mente es absolutamente incapaz de captar la grandeza, la belleza y la santidad de Dios, ahí hay una distancia infinita. Pero luego, nuestra condición de pecadores, como ya hemos visto, nos ha distanciado también de Él. Así que Cristo es un puente que ha cubierto una distancia inmensa.
Pero en otro sentido, Cristo es un puente muy corto. A ver, ¿cómo es esta contradicción? Cristo es un puente muy corto. ¿Por qué lo decimos? Porque, ¿qué opinas tú de esto? Si tú, por ejemplo, vas a cruzar un puente y apenas entras al puente, ya llegas a tu meta, pues tendrás que decir que ese puente es muy corto. Y ese es exactamente el tema del Evangelio de hoy, eso es lo que dice el mismo, Nuestro Señor Jesucristo: «El que cree en mí, cree en el Padre, el que me ve a mí, ve a mi Padre, el que me escucha a mí, escucha al Padre, escucha a Dios Padre». Recordemos la frase que le dijo al apóstol Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿No crees eso? Yo estoy en el Padre. El Padre está en mí. Yo y el Padre somos uno solo». De manera que llegar al puente ya es llegar a la meta.
Y por eso, en nuestro Señor Jesucristo se da una realidad tan preciosa, porque el pecador siempre se imagina que Dios está lejísimos, lejísimos Y en parte tiene razón, porque ya hemos visto que el pecado nos aleja de Dios. Pero ese Dios que tú ves lejísimos, lejísimos, apenas aceptas a Jesucristo, está cercanísimo, cercanísimo. Entonces, Cristo es un puente súper corto, porque apenas llegas a Cristo ya tocas toda la bondad de Dios, ya tocas la sabiduría de Dios, ya tocas el poder de Dios. Donde más se nota esto es, especialmente, en el sacramento de la Confesión. Debo recordar aquí lo que he contado en otra oportunidad.
Estaba yo ofreciendo el sacramento de la Confesión en la ciudad de Chiquinquirá, donde está el Santuario Mariano Nacional. Pero yo no estaba en la hermosa basílica donde está el cuadro de la Virgen, sino en la parroquia que recuerda el lugar donde sucedió el milagro, la llamamos la Parroquia de la Renovación. Estaba sentado confesando y se acerca un hombre, ya de edad, debía estar cercano a los más de 70, como 80 años. Como ustedes saben, es normal que el sacerdote pregunte por empezar a enterarse del estado de esa alma que se le acerca, el sacerdote pregunta: ¿Hace cuánto tiempo no te confiesas? Y este hombre me responde: 65 años. 65 años alejándose, 65 años huyendo de Dios, 65 años dándole la espalda, cualquiera diría: es una distancia muy larga, pero este hombre confiesa sus culpas y no había ningún obstáculo para darle la absolución. De manera que, como sacerdote, era mi deber, mi deber gustoso darle la absolución a ese hombre que tenía más de 60 años de no confesarse, pueden ser unos 65. Y en ese momento el que estaba lejísimos, ahora está cercanísimo. Y en ese momento ya ese hombre, porque todos los requisitos estaban cumplidos, ese hombre podía acercarse y comulgar, y en ese momento Dios, el Dios vivo, ya toca ese corazón y lo transforma. Y esa era la meditación de hoy, Cristo es un puente muy largo, pero también es un puente muy corto, es verdadero y perfecto mediador entre Dios y los hombres.

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