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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Enviado del Padre

Homilía p043012a, predicada en 20190515, con 18 min. y 16 seg.

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Transcripción:

Uno de los verbos muy importantes en el Evangelio según San Juan es el verbo enviar. Este evangelio de Juan tiene su vocabulario propio, y a medida que uno se va familiarizando con él, uno va descubriendo que las palabras, especialmente las que aparecen más repetidas o en circunstancias más solemnes, tienen una densidad especial. Por ejemplo, el verbo ver o el verbo creer, o por ejemplo, la palabra sed, la palabra pan, la palabra luz. Hoy nos encontramos con este verbo, el verbo enviar, es un verbo que tiene una expresión muy humilde en nuestra lengua castellana. Usted se da cuenta que el verbo enviar significa poner en la vía, poner en camino. El enviado es aquel que ha sido puesto en camino.

Pero el verbo enviar es muy importante en Juan, porque el enviado lleva la voluntad del que lo envía, el enviado lleva la palabra del que lo envía, el enviado lleva, incluso la presencia del que lo envía. De modo que un enviado, en el Evangelio de Juan no es simplemente un mensajero, como el que da un recado, sino que el enviado lleva la voluntad del que lo envía, la palabra del que lo envía, incluso la presencia del que lo envía. Y textos como el del día de hoy y otros más, nos ayudan a descubrir esta riqueza del envío. Cristo es el enviado del Padre, pero hay una diferencia entre Cristo y los demás, porque hay otros enviados, los profetas. Pero resulta que la expresión de la Palabra del Padre en Cristo es plena, la expresión de la voluntad del Padre en Cristo es total y, por consiguiente, la presencia del Padre en Cristo es absoluta, sin límite.

De esto nos habla en distintas ocasiones el mismo Evangelio de Juan, por ejemplo, observe lo que hemos encontrado hoy, dice aquí: «Yo no he hablado por cuenta mía. El Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar». Quiere decir que en Cristo se da una plenitud de la Palabra y que esa palabra plena de Cristo, no es otra sino la Palabra que el Padre quiere comunicarnos. Con respecto a la voluntad, hay otro pasaje, ese no es el de hoy, en el que Cristo dice: «Yo hago siempre lo que a Él le agrada». Y también dice esta expresión en otro lugar, también del mismo Evangelio de Juan: «Yo no hablo por mi cuenta, Yo no obro por mi cuenta». Perdón. Y en otro sitio también dice: «Yo no busco mi gloria». De modo que Cristo aparece como una transparencia en el sentido de que todo lo que vemos en Él, todo lo que aparece en Él, es todo lo que el Padre es. Esa transparencia no la encontramos en ningún profeta, esa expresión tan perfecta de la voluntad y de la Palabra no la tenemos en nadie más. Por eso, Cristo es el único que le puede decir a Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Es decir, que la presencia del Padre en Cristo es completa, es total.

Bueno, con estas ideas que poco a poco irán madurando en nuestro corazón, tratemos de entender en qué consiste entonces la misión de Cristo. A ver ¿cuál es el problema de un mensajero? ¿Cuál puede ser el error que puede cometer un mensajero? No hay nada más peligroso que un mensajero con creatividad, lo que esperamos del mensajero no es que sea creativo, lo que esperamos es que sea fiel. Entonces, qué significa esa perfecta fidelidad, que está en las tres palabras que ya he dicho varias veces, tiene la Palabra del Padre, la voluntad del Padre y la presencia del Padre, ¿qué significa eso? Significa, que Dios me ayude a expresarme, significa que el enviado no sale, no se distancia del que lo envía. Es decir, que Cristo al mismo tiempo, es cercano a nosotros porque es enviado, pero como es un enviado que tiene palabra plena del Padre, voluntad plena del Padre, presencia plena del Padre, entonces en Él se hace presente el Padre, en Él está el Padre. Él mismo lo dice: ¿No crees?, le dice a Felipe: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?».

Entonces, fíjate lo profundo que es esto un envío con las características del envío de Cristo, una misión con las características de la misión de Cristo, es algo absolutamente maravilloso, porque Cristo, en un cierto sentido, sale del Padre, así como dice Él mismo en el Evangelio de Juan: «Salí del Padre y vengo al mundo. Ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre». En un sentido, Cristo sale del Padre y viene al mundo, pero en otro sentido, puesto que la presencia del Padre es perfecta en Él, puesto que la palabra del Padre es total en Él, puesto que la voluntad del Padre se realiza perfectamente en Él, Cristo es al mismo tiempo esa distancia acortada, es decir, que Cristo es un puente tendido, pero al mismo tiempo es ya la meta.

Eso ya suena un poco más complicado, ¿qué quiere decir? Que Cristo viene a nosotros, pero el que se encuentra con Cristo, ya se encuentra con el Padre, y eso quiere decir que, al mismo tiempo, Él es el camino que tenemos que recorrer, pero ya es la meta a la que queríamos llegar. Por eso Él es el único que puede decir: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Como explica muy bien Santo Tomás, es camino por el que hay que caminar, pero ya es la meta, porque las palabras verdad y vida tienen carácter de meta. Entonces, Cristo es al mismo tiempo un enviado y es al mismo tiempo presencia del Padre.

El efecto que esto tiene es el que aparece en algunos manuscritos antiguos del Evangelio de Juan. Allá en el capítulo tercero de San Juan, encontramos esta expresión en el diálogo con Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino solamente el que ha bajado del cielo, el Hijo del Hombre». Pero hay algunos manuscritos que añaden esta frase: «El Hijo del hombre que está en el cielo». Ahora ya podemos entender esa frase tan misteriosa, Cristo, al mismo tiempo, es el enviado que sale y viene a nuestra tierra, pero es el que está en el cielo, porque Él no se distancia del Padre y no se distancia del Padre, porque la Palabra del Padre sigue siendo la suya, la gloria del Padre sigue siendo suya, la voluntad del Padre sigue siendo suya. Entonces Cristo es el misionero que sale del Padre y, sin embargo, está en el Padre. Sale del Padre, en cuanto que se acerca a nosotros, está en el Padre, en la medida en que en Él se realiza la voluntad del Padre, lleva la Palabra del Padre, tiene la presencia del Padre, sale del Padre y está en el Padre.

Quedémonos un momento con esa frase y ahora pensemos qué implica eso para la Iglesia, ¿qué significa? Está en el Padre, esa es la vida contemplativa. Los monjes, las monjas de clausura lo que buscan en primer lugar es ese quedarse ahí con el padre, quedarse ahí, extasiarse ahí, entregarse ahí y ofrecerse ahí. Y ¿qué significa? Eso es lo que significa quedarse en el Padre, pero, ¿qué significa salir o ser enviado por el Padre? Esa es la vida activa. Entonces, fíjate cómo el ser de la Iglesia lo que hace es retratar la vida de Cristo, porque la Iglesia es a la vez contemplativa y activa. Es contemplativa porque se queda con el Padre y es activa porque es enviada por el Padre. Así como Cristo es, a la vez, modelo perfecto de contemplación, porque está en el cielo, está en el cielo en la medida en que no se distancia ni lo más mínimo del Padre, pero a la vez está con nosotros y es enviado a nosotros y, por eso también, es modelo de vida activa.

Con estas consideraciones entendemos lo que significa ser misionero. ¿Qué es ser misionero? Ser misionero es esto, quedarse con el Padre y ser enviado por el Padre. Físicamente, materialmente eso es contradictorio, porque eso es como si nosotros, hablando en términos políticos, dijéramos: El embajador de Colombia, por ejemplo, en Canadá, el embajador de Colombia en Canadá o para Canadá, fue enviado a Canadá, pero se quedó en Bogotá. No tiene sentido, ¿cierto? Materialmente, corporalmente, eso es imposible. Pero, en esta dimensión profunda del ser de Cristo, es exactamente lo que sucede. Cristo, al mismo tiempo, se queda con el Padre y es enviado por el Padre. Y así es el ser de la Iglesia, que se queda con el Padre en la vida contemplativa y, que es enviada por el Padre, la Iglesia es enviada por el Padre en la vida activa.

Y esto ¿qué quiere decir para un predicador, qué quiere decir para un misionero? Pues que el misionero tiene que hacer lo mismo, que el misionero tiene que vivir, de alguna manera en Dios, como si no existiera el resto del mundo. Pero, tiene que entregarse al mundo, entregarse para llevar el Evangelio al mundo, como si ese mundo no tuviera otra oportunidad de conocer a Dios. Y esa doble entrega, sin embargo, no es contradictoria, es la entrega total a la gloria del Padre y es la entrega total a la salvación de las almas. Entrega total a la gloria del Padre, porque nos quedamos con el Padre, pero esa entrega total a la salvación de las almas, porque somos enviados por el Padre.

Bueno, no se puede cerrar esta reflexión sin mencionar a Catalina de Siena, eso es lo que quiere decir la doctrina de la celda interior de Catalina de Siena. Es decir, cuando ella habla de la celda interior, lo que está hablando es de una persona. ¿Por qué la llama celda interior? Porque para ella, celda exterior o material es el caso de una vida eremítica, de una vida en un monasterio o la vida que ella misma llevó, allá en Fontebranda. Esa es la celda exterior, esa celda que yo tuve ocasión de conocer. Imagínate si se me va a olvidar allá en Siena, el lugar donde ella hacía sus oraciones, sus penitencias, esa se llama la celda exterior. Entonces toca pasar por Italia y toca ver ese lugar, eso se llama celda exterior. Pero Catalina alaba la grandeza, no tanto de la celda exterior, sino de la celda interior.

Y ¿cómo es la celda interior? Pues la celda interior es que yo, a pesar de ser enviado al mundo, como le pasó a ella misma, que tuvo que recorrer Florencia, Génova, Aviñón, Roma, Siena. Que yo, aunque tenga que recorrer todo eso, al mismo tiempo, estoy en el reposo y en el regazo del Padre. Es decir, que la celda interior es la expresión misionera, es la expresión apostólica, la expresión concreta de este Evangelio. Quédate con Dios como si solo existiera Dios, pero entrégate a las necesidades de las personas, como si esa fuera su única oportunidad de conocer al Señor. Y eso fue lo que vivió Catalina. Entonces, ella se entrega con generosidad incomparable se entrega a la gente, pero a la vez ella está en el Padre, ella está en esa celda interior.

Hay otras personas de las que se habla esto. Un elogio parecido se ha escuchado de San Ignacio de Loyola, que por eso fue llamado contemplativo en la acción, es la misma idea. Contemplativo, se queda en el Padre, como que su pensamiento estaba absorto en el Padre, pero en la acción porque se dedica a la evangelización. Cosas parecidas se dicen de la Patrona de la Arquidiócesis de Bogotá, Santa Isabel de Hungría. Dice el confesor de Santa Isabel de Hungría: «Creo que raramente o nunca, he conocido una persona que esté al mismo tiempo tan dedicada a la caridad y tan sumergida en Dios», ese es el camino.

Y ¿ese camino de dónde surge? De este texto, de esto que hemos dicho aquí, de que Cristo es, al mismo tiempo, el enviado que lleva la Buena Noticia, pero un enviado que no se distancia, un embajador que no sale y, sin embargo, sí sale, ese es Cristo. Y nosotros estamos llamados a vivirlo, si usamos el lenguaje de San Ignacio de Loyola, como contemplativos en la acción, si usamos el lenguaje de Catalina de Siena, desde la celda interior, ese es el llamado que nosotros tenemos y esos son los verdaderos misioneros.

Ejemplo de esos verdaderos misioneros tenemos muchos, pero claro, pensamos especialmente en San Pablo. Cuando uno mira toda esa hermosura de los escritos de San Pablo, especialmente me estoy acordando de la carta a los Efesios, la contemplación del misterio, dice el mismo Pablo: «El secreto escondido por siglos infinitos». Eso fue lo que Pablo descubrió, la revelación de Dios al pueblo pagano. El misterio escondido por siglos infinitos, es un hombre de una contemplación altísima y, al mismo tiempo, está resolviendo casos como: ¿qué hago para reunirle dinero a los pobres cristianos y judíos que están pasándola mal en Jerusalén? O las distintas disputas, o como él mismo dice: su solicitud por todas las iglesias.

Bueno, ¿qué queda para nosotros de este Evangelio? Primero, admirar y adorar a Jesucristo. Saber que cuando tocamos a Cristo, cuando recibimos a Cristo, Dios no puede estar más cerca, no hay manera de que Dios esté más cerca. Cristo, al mismo tiempo, está con el Padre y con nosotros, por eso puede ser puente, como dice Catalina. Y segundo, recibir este hermoso desafío de ser también nosotros misioneros, a la manera de Pablo, contemplativos en la acción, a la manera de Ignacio de Loyola, gente de celda interior como Catalina de Siena. Así sea.

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