Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Iglesia caminar y correr para llevar el Evangelio, caminar a través del contagio y correr a través de su obra misionera.

Homilía p043011a, predicada en 20190515, con 6 min. y 42 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del capítulo número 12 de los Hechos de los Apóstoles. Hay una comparación que quiero utilizar, podemos decir que esta lectura nos enseña la diferencia entre caminar y correr, ¿qué tal eso? La diferencia entre caminar y correr, que tiene que ver con la primera lectura. Es que el comienzo de esa primera lectura nos habla de cómo la Palabra de Dios se iba propagando. Podemos decir que el testimonio, el compartir el voz a voz, iba llevando el mensaje a más y más personas, bellísimo, bellísimo. Podríamos decir que el Evangelio estaba caminando. El Evangelio tiene fuerza suficiente para ir contagiando otros corazones y efectivamente, si tú o yo estamos llenos del amor de Dios, ese fuego que arde en nosotros es capaz de ir llevando su calor y su luz a los que tenemos cerca y ese contagio hace que la Palabra de Dios camine.

Pero es que no se trata solo de que camine, se trata de que también corra. ¿Cuál es la diferencia entre caminar y correr? Hay dos diferencias principales. Si miramos el movimiento del cuerpo humano o incluso el movimiento de otros seres vivientes, animales, por ejemplo, que corren, pensemos, por ejemplo, en un caballo que va al galope. ¿Cuál es la diferencia entre caminar y correr? Cuando nosotros vamos caminando tenemos menos velocidad y cuando vamos corriendo hay mayor velocidad. Grandes corredores logran desarrollar velocidades realmente impresionantes de decenas de kilómetros por hora, es impresionante lo que puede lograr el cuerpo humano cuando corre. Entonces la primera diferencia es de velocidad y queremos que haya más velocidad en la propagación del Evangelio porque queremos llegar más lejos. Porque si el Evangelio solamente camina, aunque eso está muy bien, va muy despacio, queremos que el Evangelio corra, queremos que llegue más lejos. Esa es la primera diferencia.

Pero hay otra que es más sutil. Cuando corremos, en el momento en el que corremos, hay momentos en que los dos pies están en el aire, es un detalle pequeño, pero es interesante como comparación para lo que queremos decir hoy. Lo mismo sucede, por ejemplo, cuando un caballo va al galope. Si se mira una película, si se mira una grabación en video de un caballo al galope, te puedes dar cuenta de que hay momentos en que las cuatro patas del animal están en el aire. Entonces, las dos diferencias entre caminar y correr ¿cuáles son? Primera, claramente cuando corremos estamos avanzando a mayor velocidad y eso promete que podemos llegar más lejos, dentro del mismo tiempo se entiende, porque hay prisa, porque hay prisa, la prisa del amor. Y la segunda diferencia es que cuando nosotros corremos, hay momentos en que estamos en el aire, literalmente en el aire. Y ese estar en el aire es lo que quiero que ahora nos sirva de comparación.

De algún modo, la persona que camina siempre tiene una seguridad, una seguridad aquí, una seguridad, seguridad. Al correr hay momentos en que estamos en el aire, hay momentos en que nos desprendemos de la tierra, hay momentos en que parece que empezáramos a volar. Mis hermanos, la misión en la Iglesia funciona así. Es verdad que el primer quehacer misionero consiste en que nosotros, por contagio, permitamos que el Evangelio camine en nuestras familias, en nuestro trabajo, en nuestro entorno, en nuestra vida cotidiana, el Evangelio ha de caminar ahí. Pero un momento, eso no es suficiente, queremos que el Evangelio corra, queremos que llegue pronto a otros y queremos que el Evangelio vuele, queremos ser capaces de perder la certeza, la seguridad.

¿Nos sentimos capaces en el nombre de Cristo, de pasar por la inseguridad? Eso es correr ¿Y ha habido gente así? Claro, claro que sí. Piensa, por ejemplo, en ese gran misionero, que lo he admirado toda la vida, el jesuita San Francisco Javier, de la primera generación de jesuitas. Ese hombre corría, corría por Cristo, él no se contentó simplemente con el contagio, vivió una parte importante de su historia en París, en la Universidad de París, y estudiaba ahí. Si, él podía decir: Bueno, aquí poco a poco se va contagiando, contagiando, pero es que él pensaba: Pero a esta velocidad, ¿cuándo va a llegar el Evangelio a la India, cuándo va a llegar el Evangelio a China, cuándo va a llegar a Japón? No le parecía suficiente el contagio, veía que era necesario que el Evangelio corriera, y rompió con tantas seguridades que podía tener, rompió con ellas, y se puso en la tarea y entró en la inseguridad de larguísimos viajes, de nuevos lenguajes, de culturas desconocidas. Y así ha de ser la Iglesia. La Iglesia necesita caminar y correr, caminar a través del contagio, y necesita también correr a través de su obra misionera.

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