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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Si rechazas la palabra de amor y de gracia que te ofrece Dios, estás definiendo lo que va a ser tu eternidad en el último día.
Homilía p043010a, predicada en 20170510, con 5 min. y 54 seg. 
Transcripción:
Para mí no hay duda de la riqueza particular, la riqueza especialísima, que tiene el Evangelio según San Juan. Parte de esa riqueza está escondida en un lenguaje que, si uno lo lee o lo escucha de una manera distraída, no lo percibe. ¿Cómo describir esa característica del lenguaje de Cristo en el Evangelio de Juan? Podríamos decir que las palabras, en el Evangelio de Juan, van creciendo. Teólogos grandes, muy grandes y muy santos como Santo Tomás de Aquino, han utilizado el lenguaje de un modo muy peculiar. Para Santo Tomás, como buen profesor de teología, es necesario que las palabras estén correctamente definidas. Y es necesario, por consiguiente, que la misma palabra tenga el mismo significado a lo largo de todo el texto. Entonces, cuando Tomás utiliza un lenguaje técnico, nos habla de acto, potencia, causa, materia, forma. Ese lenguaje muy depurado, ese lenguaje filosófico, conserva su significado a lo largo de todo el texto.
En San Juan, en cambio, las palabras se van enriqueciendo al contacto con los hechos y al contacto también con otras palabras. Un ejemplo ya lo hemos tenido durante el tiempo pascual, nos damos cuenta que en el capítulo sexto de San Juan, ahí donde se habla del Pan de vida, la misma palabra pan que en griego se dice «arton», esa palabra va adquiriendo nuevos significados a medida que el texto avanza. De modo que el «arton», el pan que aparece al principio, es el pan que llena simplemente el estómago. Luego aparece el pan en otro sentido, aparece el pan como el regalo que viene del cielo, que es también pan material, pero que viene del cielo, es decir, el maná. Y luego aparece el pan propiamente celestial, que es Cristo mismo. Entonces una misma palabra se va enriqueciendo.
Algo parecido tenemos en el Evangelio del día de hoy. Nos encontramos con que Cristo habla de un verbo que es muy polémico por circunstancias que se han presentado en estos últimos años, el verbo juzgar. Entonces Cristo dice: «Yo no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo». Para no hacer una explicación muy larga, simplemente recordemos que el verbo juzgar es el verbo propio de los reyes. Los reyes son los que juzgan. Y juzgar, dentro de la Biblia, no significa simplemente dar una opinión sobre un hecho particular, sino definir el destino de una persona. Un juez como Salomón, cuando tomaba una decisión, definía lo que iba a ser la vida de esa persona, lo que iba a pasar con esa persona. De manera que el verbo juzgar tiene un sentido infinitamente más fuerte en la Biblia que lo que nosotros utilizamos, cuando Cristo dice que nosotros no juzguemos, pues básicamente lo que está diciendo es que solo Dios puede determinar cuál es el destino último de cada persona, porque ese es el significado más profundo del verbo juzgar en la Biblia.
Entonces Cristo nos dice aquí: «Yo no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo», con lo cual está indicando muy bien el propósito de su primera venida. Si juzgar es determinar el destino último de las personas, la llegada de Cristo no es para ya dar veredicto sobre las naciones, las culturas y los pueblos. No, no ha venido para eso. Pero fíjate que luego dice: «El que me rechaza ya tiene quien lo juzgue. La palabra que yo he dicho lo juzgará en el último día». O sea que Cristo no está diciendo que todo vale, ni tampoco está diciendo que cualquier comportamiento finalmente no importa, porque todos se van a salvar y porque todo el mundo irá al cielo y no va a pasar más nada. Tratar de deducir eso de las palabras de Cristo es traicionar de una manera horrorosa el texto del Evangelio.
Al decir: «No he venido a juzgar», lo que hay que entender es que ese no es todavía el tiempo del veredicto, es el tiempo de la oferta que Dios trae. Pero el mismo Cristo advierte, a renglón seguido, «La palabra que yo les estoy dando los va a juzgar a ustedes el último día», indicando que no se puede rechazar impunemente esa oferta de amor y de gracia. Porque si uno rechaza esa oferta, el hecho de que se le haya pronunciado el mensaje de salvación se convierte, precisamente, en lo que determina el destino eterno de uno. Si uno ha rechazado el Evangelio, es uno mismo el que está excluyéndose del ámbito de la salvación, del espacio de la felicidad, podríamos decir, casi incluso de la obra misma de la gracia. Por eso hay que saber leer el Evangelio de Juan, quedarse únicamente con una frasecita o dos no nos sirve. Lo que está diciendo Cristo en este caso es: Todavía no ha llegado el tiempo de la decisión definitiva sobre tu vida. Pero si tú rechazas esta palabra de misericordia y de amor que te estoy diciendo, entonces ten cuidado, porque estás definiendo lo que va a ser tu eternidad en el último día.

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