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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El evangelista sugiere una preciosa comparación entre el comienzo de la creación y el recomienzo de todo en Cristo.
Homilía p043008a, predicada en 20130424, con 5 min. y 5 seg. 
Transcripción:
El evangelista San Juan inicia su texto con estas palabras: «En el principio ya existía la Palabra», en el principio. Sucede que exactamente esa misma expresión se halla en el primer libro de la Biblia, en el Génesis: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra». No es una casualidad esto, el Génesis es el libro que nos lleva al fundamento último del universo que conocemos. El Génesis, especialmente en esos primeros capítulos, quiere conducir nuestra mirada desde la hermosura de los campos, las aves, las plantas, los astros, quiere llevarnos de eso que vemos hacia el Dios que no vemos, quiere que descubramos que la verdadera base, el verdadero cimiento de todo cuanto existe, está en Dios y en su Palabra poderosa.
Sucede que el evangelista Juan nos quiere hablar de esa misma palabra, por eso ha dicho: «En el principio existía la Palabra». Sucede que Juan nos quiere hablar de cómo se renuevan todas las cosas, y es necesario renovar todas las cosas, porque todas se estropearon, todo se dañó. El mismo libro del Génesis, con ese relato del diluvio, está mostrando que el pecado infecta todo. El pecado no solamente arruina el corazón humano, sino que también arruina el cuerpo humano, arruina el amor humano, arruina la familia, echa a perder la sociedad, corrompe incluso a la creación física que, como dirá en otro lugar el apóstol San Pablo, queda sometida a frustración. Entonces, si el pecado ha estropeado la creación, se necesita una nueva creación, una nueva creación que tiene su origen y su sustento en Aquel que es la Palabra. ¿Cómo fue creado el universo, de acuerdo con el Génesis capítulo 1? Fue creado por la Palabra, Dios lo dijo y existió. Pues Juan nos está diciendo que esa misma Palabra es la que hace posible el universo nuevo. Y nosotros seguramente recordamos que en el Génesis lo primero que dice Dios es: «Haya luz».
Y ¿qué es lo que encontramos en el texto de hoy, capítulo 12 de San Juan? Encontramos que Cristo dice: «He venido al mundo como luz. He venido como luz». Es decir, que si la palabra poderosa de Dios en el libro del Génesis se pronuncia diciendo: «Haya luz», esa misma palabra se pronuncia a sí misma, se describe a sí misma y se ofrece a sí misma cuando dice: «Yo he venido al mundo como luz». Esta comparación con el Génesis es muy profunda y muy bella, porque nosotros podemos preguntarnos ¿qué sucede? O mejor, ¿qué hubiera sucedido si Dios pronunciara su Palabra y algo le ofreciera resistencia? Ese caso no lo considera el libro del Génesis, porque lo que escuchamos después de cada día de la creación es: «Vio Dios lo que había hecho y todo era bueno».
Pero resulta que, en la nueva condición, una vez que nosotros somos seres humanos dotados de libertad, existe la posibilidad escandalosa, escabrosa y tenebrosa de negarnos a lo que Dios quiere. Y ese es el caso que también considera Jesús en el texto del Evangelio de hoy. Aquel que se resiste a esta oferta de la Palabra, aquel que se resiste a la luz que trae Cristo, aquel que prefiere entonces las tinieblas, ya tiene una palabra que le juzgue. Es decir, rechazando la vida que se le ofrece, rechazando la oferta de amor que se le da, se somete a sí mismo a condenación. Por eso la Iglesia ha afirmado siempre que el infierno, más que una condena que Dios inflige, es la escogencia, es lo que la persona ha preferido para sí misma. De ahí nos libre la misericordia de Dios y la escucha obediente y amorosa a su Palabra. Amén.

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