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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Frente a la trivialización del lenguaje, el Evangelio de Juan nos permite recuperar la densidad de las palabras con que llegamos a conocer la Palabra, que es Cristo.
Homilía p043007a, predicada en 20120502, con 4 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Ya sabemos que el Evangelio según San Juan acompaña la mayor parte del tiempo pascual. Y sabemos también que el tiempo pascual comienza con la solemne celebración de la Pascua, es decir, al término de las liturgias de Semana Santa, y se prolonga este tiempo pascual hasta Pentecostés. Juan nos va acompañando, nos va guiando, entre otras cosas, porque Juan le da densidad a las palabras, densidad a las palabras. Porque es que las palabras corren el mismo riesgo que otras tantas cosas en este mundo moderno.
No hace mucho compartía un momento de conversación con unos amigos y resultó que una señora estaba tomando un café descafeinado con un endulzante sin azúcar y una crema no láctea. Es decir, nada era lo que parecía. Parecía café, pero no era café. Parecía leche, pero no era leche. Parecía azúcar, pero no era azúcar. Sabe cómo café, sabe cómo leche, sabe cómo azúcar, pero no es ninguna de las tres cosas. Y esta situación graciosa sucede también en otros aspectos más serios de la vida y se llama el mundo light, todo se vuelve light. La palabra light significa luz en inglés, por supuesto, pero también significa liviano, y lo liviano o lo ligero es muchas veces lo que parece, pero no es.
Entonces, un noviazgo en esa tónica light es algo que parece de mucho compromiso, pero no es nada en realidad. O si no podemos tener un hombre que parece un maestro, pero no es en realidad fiel a lo que dice, ni lo cree, genuinamente no lo cree. El mundo light nos amenaza, es un mundo marcado por esa multitud de apariencias y poco a poco nuestras palabras van quedando también sin significado. Yo me he opuesto varias veces a esa idea de estarle diciendo a cualquier persona, incluso recién conocida, decirle a cualquier persona: eres muy especial, eres maravilloso o andarle diciendo a todo el mundo: mi vida, mi amor. Eso, finalmente, produce que las palabras no tengan significado. Si una persona, por ejemplo, que atiende un almacén, le dice a 50 personas en el día: mi amor, pues ninguna es su amor, así de sencillo.
Entonces, lo contrario a esa manera superficial, a esa manera hueca de tratar el lenguaje, lo contrario es lo que nos ofrece San Juan. San Juan le da peso, peso específico a las palabras, por ejemplo, a la palabra luz en el día de hoy, capítulo 12 de San Juan, cuando Jesucristo dice que Él es la luz, que Él ha venido para dar luz a nuestra vida. Cuando Jesucristo dice: «El que cree en mí, no cree solamente en mí, sino que cree en el que me ha enviado». O cuando él dice que la voluntad del Padre la realiza Cristo, y luego el mismo Cristo desea que esa voluntad se conozca y se practique entre sus discípulos. Esas relaciones que van vinculando lo inmediato con lo lejano, lo efímero con lo duradero, lo visible con lo trascendental, esa manera de hablar de San Juan, realmente nos ayuda mucho, porque nos ayuda a ver que la encarnación y la resurrección de Cristo tienen una estructura sacramental, es decir, que a partir de realidades muy materiales, muy concretas y muy específicas, Jesús nos lleva a algo mucho más profundo, a algo mucho más duradero. Y esa es la densidad del lenguaje, por algo este es el mismo Evangelio que nos dijo: «En el principio existía la Palabra, pero la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros».

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