Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La oración es algo mas que una simple meditación. Es la acción de Dios que transforma nuestro ser. La misión de evangelizar la dirige el Espíritu Santo y a El debemos pedirle que nos utilice para llevar la buena nueva.

Homilía p043005a, predicada en 20100428, con 10 min. y 37 seg.

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Transcripción:

Hermanos, hagamos un par de reflexiones sobre estas lecturas que nos presenta la Iglesia el día de hoy y que tienen un suave toque misionero. Es muy interesante, en la primera lectura, cómo la oración lleva a la misión y creo que este primer punto debe quedar bien grabado en nuestro corazón. La oración no es una huida de la necesidad del mundo. La oración no es un escape, ni nosotros somos escapistas. Hay que tener en cuenta que algunas formas de espiritualidad contemporánea tienen esa característica, son como escapes. Cuando una persona busca en el yoga o en la repetición de frasecitas o palabras llamadas mantras, cuando la gente se encierra en su mente en blanco, sus ejercicios de respiración, relajación y se van por allá a otros mundos mentales extraños, incomprensibles, ese es un escape.

Nosotros, en cambio, en la oración recibimos de Dios lo que Dios es, y Dios es potencia y fuerza de amor, que no puede ser contenido por ninguna barrera. La noticia, la fuerza de la Resurrección, no pudo ser contenida por la losa del sepulcro y Cristo traspasa esa barrera. La fuerza de la Resurrección no puede ser contenida por las puertas cerradas con miedo por los discípulos, Cristo traspasa esa barrera. La fuerza de la Resurrección no puede ser detenida por las rejas de la cárcel en Jerusalén, donde pretendieron encerrar al apóstol San Pedro. La fuerza de Cristo, la gloria de su nombre hace que Pedro pueda salir de ese encierro para seguir proclamando las grandezas de Dios. La fuerza de la Resurrección tampoco puede quedarse contenida en un solo pueblo, en una sola lengua, en una sola cultura.

Están estos discípulos, en la primera lectura de hoy, están orando, pero ¿qué es orar? Es entrar en comunión, en diálogo, en contacto con ese fuego inagotable de amor que es Dios. Y por eso, la verdadera oración se convierte en fuente de misión. El que se ha encontrado con el amor divino no puede retener esa noticia, no puede guardársela, no puede esconderla, sino que siente la imperiosa necesidad de comunicarla. La oración cristiana, en contraste con esos otros tipos de relajación, de mantras, yoga, meditación trascendental, en contraste con todas esas formas de ejercicio mental, la oración nuestra es entrar en contacto con una hoguera, con un fuego que no se apaga, con un amor inextinguible que no pueda ser reprimido, que no puede ser contenido. Esa es la primera lección de hoy. Cuando nos acercamos al mensaje de Cristo, cuando nos acercamos a la persona de Cristo, y sobre todo cuando recibimos el Cuerpo y Sangre de Cristo en el divino sacramento del altar, esa hoguera, ese fuego se entra en nosotros y tiene que encontrar un camino.

Esta es la consigna que nos han dado nuestros obispos en la última Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se reunió en Aparecida, en Brasil. Discípulos misioneros, en esa sencilla expresión se condensa el mensaje de nuestros obispos. Discípulos que se acercan a la cátedra del Amor Divino, misioneros incendiados por ese mismo amor que no puede ser contenido en una sola cultura, en una sola lengua, en un solo lugar. Discípulos misioneros, contagiados y contagiosos, pero no de la gripa esa que asustó tanto al mundo. Nosotros queremos contagiar al mundo de esa epidemia saludable de amor y de gloria y de victoria, que es la noticia de la Resurrección.

En segundo lugar, también dentro de esa primera lectura, observemos que es el Espíritu Santo el que toma el comando de la misión. Todo el libro de los Hechos de los Apóstoles, ya lo hemos dicho en otras ocasiones, podría llamarse el libro de los Hechos del Espíritu Santo. Es el Espíritu, el Espíritu Santo de Dios el que va dirigiendo la misión. Y esto es importante saberlo, nuestra tarea misionera no es, fundamentalmente, un asunto privado y personal, no es la iniciativa de lo que a mí se me ocurra, sino que es una respuesta de docilidad, de gratitud y de obediencia al Espíritu. Porque es el Espíritu el que se convierte en alma de la Iglesia, el Espíritu es el alma de este cuerpo de Cristo que es la Iglesia, y es el Espíritu el que puede hacer que ese cuerpo de Cristo crezca armoniosamente.

Si un niño pequeño empieza a crecer no en armonía, sino, por ejemplo, una mano le crece y la otra no, una oreja le crece y la otra no, ese pobre niño lo llamaríamos un monstruo. La Iglesia de Cristo no puede ser un monstruo, la Iglesia de Cristo tiene que reflejar la hermosura de la Resurrección y por eso, tiene que haber un solo Espíritu, un solo lenguaje, una sola lógica, una sola fuerza, que es la que le da la belleza y al mismo tiempo el impulso de crecimiento a todo el cuerpo de Cristo. Así que nosotros, para ser verdaderos discípulos y misioneros, necesitamos esa fuerza del Espíritu para también nosotros hacer nuestro aporte desde aquello que el Espíritu quiere y necesita de nosotros en este momento, porque el Espíritu necesita de todos.

Se necesita la predicación y el ministerio del sacerdote, pero se necesita también el entusiasmo y la creatividad del joven. Se necesita la sabiduría, la serenidad del anciano. Se necesita el testimonio generoso del enfermo que une sus dolores a la Pasión de Cristo. Se necesita la alegría de los niños, se necesita la fecundidad de los esposos. Todos somos necesarios en el plan de Dios. Pero no es que cada uno quiera crecer como se le dé la gana, según decimos vulgarmente, sino que cada uno de nosotros tiene que ponerse en las manos de Dios, tiene que ponerse a disposición del Espíritu. Y hoy tenemos que decirle al Señor: Úsame, Señor. Sabes que Dios quiere usarte, sabes que Dios necesita de ti.

Hay muchos lugares a donde nunca llegará el sacerdote, ni la religiosa, ni el catequista, tal vez en el lugar donde tú trabajas tú eres el único que está enamorado de Cristo. Entonces, te toca a ti ser instrumento del Espíritu Santo ahí. Vamos a decirle al Espíritu Santo, ya empezando a preparar Pentecostés, vamos a decirle al Espíritu Santo de Dios: Úsame, úsanos, úsame, Señor, instrumento quiero ser de tu divina gracia, instrumento quiero ser que testifique tu alegría. Todos somos necesarios, cada uno de nosotros tiene que llegar a donde otros no llegan, en esa tienda que tú tienes, en ese puesto en el mercado, en esa oficina donde eres secretaria, en ese barrio donde vives, si ahí te puso el Señor, no es únicamente para estar mirando a ver qué es lo que hacen los vecinos o para estar murmurando de que, mire que el otro hizo, que el otro no hizo.

Si estamos en ese lugar, donde vivimos, es porque ahí tenemos que florecer con la virtud del Espíritu Santo y dar testimonio del Señor. Ese es el deber nuestro: Úsame, Señor. Las dos enseñanzas de hoy entonces, primera, discípulos misioneros, sentarnos a los pies de la Cátedra del Amor Divino, dejarnos contagiar por el Espíritu del Resucitado y dar testimonio, porque ese amor no puede ser contenido ni frenado por nadie. Segunda lección, se sintetiza en una súplica, úsame. Díselo a Dios: Úsame, Señor. Ahí, en esa vereda donde yo vivo, en ese campo donde yo estoy, úsame, Señor. En mi familia, úsame, Señor. Cuando visito al enfermo en el hospital, úsame, Señor. Que seamos instrumentos suyos y que se propague la gloria de Cristo. Amén.

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