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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En aquellos días la Palabra del Señor cundía y se propagaba.

Homilía p043001a, predicada en 19980506, con 8 min. y 15 seg.

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Transcripción:

Los Hechos de los Apóstoles son también los hechos del Espíritu Santo, porque los apóstoles son como el rostro exterior, el aspecto exterior de esa misión interior que va haciendo el Espíritu Santo. Por eso en alguna ocasión pudieron decir ellos: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros», porque el Espíritu Santo iba construyendo interiormente la comunidad y los apóstoles iban edificando externamente, diríamos, a la comunidad. De manera que cuando escuchemos que hay una lectura de los Hechos de los Apóstoles, sepamos también que se trata de una lectura de los Hechos del Espíritu Santo. Y esos hechos del Espíritu nos cuentan cómo se constituye la Iglesia, cómo se construye la comunidad de creyentes, cómo se va afianzando en profundidad al mismo tiempo que se va extendiendo. La Iglesia gana en santidad y gana en extensión y ambas son obras del Espíritu Santo. No riñe la interioridad de la santidad con la exterioridad de la misión, no riñe la profundidad en la vida espiritual con el vigor para llevar el Evangelio a otras personas. No riñe, en últimas, el amor a Dios y el amor al prójimo, no riñen, sino que un mismo Espíritu santifica y realiza y perfecciona estos dos amores.

En esa obra de comunicación del Espíritu se va también difundiendo la Palabra, es maravilloso ver en este libro de los Hechos de los Apóstoles cómo la propagación de la palabra es también la propagación del Espíritu. Dice al principio del texto que escuchamos hoy en la primera lectura: «En aquellos días, la Palabra del Señor cundía y se propagaba», y hacia el final dice sobre aquella misión que iniciaron Pablo y Bernabé, «con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre». Es decir, que los lugares que van quedando llenos con la Palabra, son también los lugares a donde va conduciendo el Espíritu Santo. Esto quiere decir que en los cristianos se va realizando lo mismo, proporcionalmente, que se dio en Cristo.

Cristo es una misión del Padre, es un envío del Padre, Él es el enviado del Padre, como lo subraya tan vigorosamente el Evangelio de hoy. Él es el misionero del Padre, el misionero por excelencia, pero junto a la misión del Verbo está la misión del Espíritu Santo. Entonces el Verbo encarnado acontece en nuestra historia precisamente por el Espíritu Santo, es el Espíritu Santo quien realiza la obra de la Encarnación. El Espíritu, la misión del Espíritu y la misión del Verbo son inseparables, inseparables. Por el Espíritu Santo sucede la Encarnación, pero Jesús comunica el Espíritu Santo y el Espíritu Santo unge a Jesús, y Jesús anuncia al Espíritu Santo. El Espíritu Santo resucita a Jesús y Cristo resucitado da el Espíritu Santo.

Estas dos misiones hacen a la Iglesia misionera. Estas dos misiones, cuando nos llegan, iluminan el entendimiento, fortalecen, rectifican y santifican la voluntad, sanan cuerpos y almas, destruyen las divisiones, construyen a la Iglesia y la preparan para toda obra buena. De este, de este doble impulso misionero nace todo lo que nosotros somos como Iglesia. Y por eso se comprende que la Iglesia no puede renunciar a ser misionera sin renunciar a ser Iglesia. No puede, no puede sustraerse de su ser misionero, porque eso sería sustraerse de las misiones del Verbo y del Espíritu Santo. Así como el viento solo existe sucediendo, aconteciendo y si no se está moviendo, entonces no es viento, será aire, pero no es viento, así también la Iglesia solo sucede, la Iglesia solo acontece en movimiento, solo sucede como propagación, solo sucede como lo describe Lucas, cundiendo y propagándose. El modo de ser de la Iglesia es cundir y propagarse, ese es el modo propio.

Y cada persona, cada bautizado dentro de su propia vocación, porque, al fin y al cabo, la Iglesia entera es la convocada, cada bautizado dentro de su propia vocación, puede tomarle el pulso a su vida cristiana de una manera muy sencilla, cómo andan mis intereses con la Iglesia, que tanto me interesa a mí, que tanto me mueve el alma, que tanto me enfervoriza el corazón, qué produce en mí saber de la Iglesia, estoy muriéndome porque la Iglesia se propague, o estoy girando en torno a mis intereses, a mis problemas chicos o grandes, a mis búsquedas, a mi. En la medida en que una persona, en la medida en que un bautizado se hace más Iglesia, participa más de Cristo, es más cristiano y participa más del Espíritu Santo, y entonces es un santo. Ser Iglesia, ser espiritual y ser cristiano son como lo mismo y uno le puede tomar el pulso a su vocación dentro de la Iglesia, pensando, mirando, valorando qué espacio de mi alma tiene la Iglesia, qué porción de mi alma tiene la Iglesia, qué tanto me interesa que el Evangelio cunda y se propague, qué tanto me mueve a mí, a mí el corazón que el Espíritu Santo realice su obra. Estas preguntas u otras semejantes nos ayudan a percibir nuestra propia vocación de bautizados, a saber, nos ayudan a saber cuál es el estado de salud de la fe en cada uno de nosotros.

Recibamos para poder comunicar, recibamos esta Palabra para que ella se realice en nosotros y se difunda en otros. Recibamos este impulso de amor, de fuego, de Espíritu, para que suceda en nosotros y se comunique a otros. Y así, la voluntad de Dios Padre que nos dio esos dos misioneros gigantes, el Verbo y el Espíritu, la misión de Dios Padre, el plan, el designio de Dios Padre se realice para gloria suya.

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