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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Si nosotros como Iglesia tenemos el deber de llevar el Evangelio también tenemos el derecho de hacerlo, derecho cuya fuente esta en Dios mismo.
Homilía p042023a, predicada en 20250513, con 8 min. y 8 seg. 
Transcripción:
El texto de los Hechos de los Apóstoles del día de hoy nos presenta una continuación de esa historia de amor, porque es una historia de amor, la Evangelización. Esa historia de amor que se va expandiendo, esa historia de amor que va llegando a más y más lugares, a más y más corazones. Esa historia de amor que es la historia de la Evangelización, que implica atravesar dificultades, que implica abrir puertas, que implica tender puentes. Es una historia preciosa, una historia donde también ha habido incoherencias, donde también ha habido pecados, nadie lo duda, pero es una historia en la que Dios se ha glorificado grandemente.
Y comentábamos en nuestra reflexión del día de ayer cómo hubo una especie de punto de quiebre. Hubo una coyuntura en la que estuvo no otra persona, sino el mismísimo apóstol Pedro, el encargado de confirmar a los demás en la fe. Por eso nosotros lo llamamos el primer Papa. Y el apóstol Pedro recibió una claridad muy grande sobre cómo el Evangelio tenía que llegar también más allá de las fronteras del judaísmo hacia los pueblos llamados gentiles. Es la historia que continúa en el texto de hoy. Y yo creo que es una buena oportunidad para que nos preguntemos con qué derecho y con qué deber llevamos el Evangelio a los pueblos no judíos. ¿Con qué derecho y con qué deber? Suena raro esa pregunta, ¿Cuál es el deber que nos empuja a llevar el Evangelio? Pero no me invento la expresión. Fue el apóstol San Pablo el que primero dijo Ay de mí si no Evangelizara. O sea que hay un deber. Y también dijo el mismo apóstol. La caridad de Cristo nos urge, nos urge como una necesidad. Precisamente del verbo urgir viene la urgencia. Hay una urgencia de llevar el Evangelio y porque hay una urgencia de llevar el Evangelio, porque hay una necesidad profunda en el corazón humano que solo puede ser resuelta, solo puede ser sanada, solo puede verdaderamente satisfacerse en Dios. Entonces cualquier persona que tenga un mínimo de sensibilidad sabe que allí donde hay una necesidad que es profunda, que es dolorosa, que es permanente, que es definitiva y que solo tiene un remedio, pues requiere una intervención, requiere un acto, requiere una donación, requiere una decisión.
El ejemplo que siempre pongo es el ejemplo de una epidemia. Imagínate que en un pueblo hay una epidemia terrible. Pero resulta que hay antídoto. Hay un remedio para esa enfermedad. Hay una medicina que es capaz de revertir esa situación. Qué pensarías tú de una persona que tiene en su bodega, tiene gran cantidad de ese antídoto. Yo lo estoy llamando aquí antídoto. Ese remedio tiene una gran cantidad de ese remedio. Y resulta que no se lo da a nadie. Y la gente muriendo y la gente padeciendo y la gente en angustia. Y éste con su antibiótico o con su antídoto ahí bien, bien guardado. Eso lo calificaríamos de inhumano, lo calificaríamos de muy cruel.
Precisamente cuando iba a convocar el Concilio Vaticano Segundo, que es un tema relacionado aquí. El Papa San Juan Veintitrés dijo Pues nosotros tenemos un deber como católicos, tenemos el deber de llevar esta buena noticia del Evangelio. Y se preguntaba, y se rascaba su cabeza y decía pero qué es lo que impide que llegue el Evangelio. Qué es lo que está frenando el Evangelio. Qué es lo que tiene detenida la obra del Evangelio para que no llegue a las personas que mueren en su tristeza, que arrastran su amargura, que tienen sus heridas abiertas y sangrantes, infectadas. ¿Por qué no podemos llegar allá?
El Papa San Juan Veintitrés tenía esa urgencia y ese fue el motivo principal por el que él convocó el Concilio Vaticano segundo. Luego muchas cosas salieron bien y otras salieron mal. Pero el objetivo principal del Papa era éste que estoy diciendo. Nosotros tenemos el deber de Evangelizar. Nosotros tenemos una consigna que es la consigna del Evangelio nosotros tenemos que Evangelizar. Nosotros no podemos abstenernos de Evangelizar. Y si queda claro el deber yo creo que queda también claro el derecho. Si este hombre de mi historia que tiene allá sus antídotos o sus antibióticos o sus remedios, si este hombre tiene el deber de asistir a los que están enfermos, vamos a decir que no tiene el derecho de hacerlo. Por supuesto que tiene el derecho. Sí tiene el deber, tiene el derecho.
Eso es lo que siente la Iglesia con respecto al Evangelio. Sí, tenemos el deber de llevar la buena noticia. Tenemos también el derecho de hacerlo. Y ese derecho no nos lo otorga ningún gobierno, ningún parlamento, ningún juez. Ese derecho es nativo de la Iglesia, es propio de la Iglesia. Y ese derecho tiene su fuente en Dios mismo. Lo que nosotros no tenemos derecho es a imponer con agresividad, con violencia. Imponer, no tenemos derecho a imponer, porque imponer significa desconocer la dignidad de la conciencia y de la voluntad de la otra persona. Pero ese tema ya lo trató y lo trató muy bien otro santo.
Antes cité a San Juan Veintitrés, ahora cito a San Juan Pablo Segundo que dice La Iglesia no tiene que imponer, pero la Iglesia sí puede y debe proponer. Eso es lo nuestro. Y eso tenemos que hacer, proponer el Evangelio a los que no creen, proponer el Evangelio a los que quieren tener un Evangelio acomodado y viven en su pecado. Hay que proponer el Evangelio completo, hay que proponer el Evangelio a los musulmanes, hay que proponer el Evangelio a los hinduistas, hay que proponer el Evangelio a los animistas. Y cualquiera que te diga que no hay que proponer el Evangelio, o que da lo mismo una religión que otra, te está estafando.
Ahí encontramos el fundamento del derecho y del deber, por los cuales nosotros hemos de proponer el Evangelio. Ya no digamos más allá de las fronteras del judaísmo. Vamos a decirlo de esta manera, más allá de cualquier frontera o de otro modo. Es que no hay fronteras para nosotros, así como no hay fronteras para el amor de Dios, no puede haber fronteras para la Evangelización, la gloria para Dios. Y qué grandeza de misión que le ha dejado a su Iglesia.

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