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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Hijos de la consolación de Dios
Homilía p042022a, predicada en 20240423, con 24 min. y 39 seg. 
Transcripción:
En el recorrido, en el camino que nos muestra el libro de los Hechos de los Apóstoles. Hay varias figuras que son como testigos de la obra del Espíritu. Los exégetas nos hablan, por ejemplo, al estudiar este libro nos hablan de, el ciclo de Pedro, el ciclo de Felipe, el ciclo de San Pablo. La verdad es que el protagonista en el libro de los Hechos de los Apóstoles es el Espíritu Santo. El autor de este libro, San Lucas. Sabemos que también es autor del tercer Evangelio. Y no es casualidad que en ese Evangelio Lucas insiste una y otra vez sobre la acción del Espíritu Santo en Jesús de Nazaret, que por eso se llama el Mesías, el Ungido. ¿Ungido con qué? Con aceite espiritual, ungido con el Espíritu Santo.
Solo por recordar un par de textos de Lucas, dice este Evangelista que Cristo, impulsado por el Espíritu, hacía prodigios. En otra ocasión dice de Cristo salía una fuerza que los sanaba a todos. Cristo fue concebido por obra y gracia del Espíritu. Nos dice, el mismo Lucas, Cristo resume su misión según aparece en el capítulo cuarto de este Evangelio con palabras citadas de Isaías. El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para dar la buena noticia a los pobres. Es tan abundante la presencia del Espíritu en toda la obra de Lucas, como decíamos en alguna ocasión, podría titularse de otra manera lo que escribió Lucas.
Nosotros estamos acostumbrados a decir Evangelio según San Lucas y luego libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero realmente podría titularse la obra del Espíritu en el Mesías, eso sería el Evangelio. Y luego la obra del Espíritu en los discípulos del Mesías, ese sería el libro de los Hechos de los Apóstoles. Es bueno recordar esto, recordar que en toda la obra lucana el Espíritu Santo está en un lugar tan completamente central. La gran recomendación de Cristo a sus apóstoles, a sus discípulos, es lo que aparece en el capítulo primero de Hechos. Permaneced en Jerusalén, aguardando la promesa del Padre. ¿Y cuál es esa promesa del Padre? El Espíritu. Teniendo clara esta obra del Espíritu. Este protagonismo del Espíritu, pues también nos damos cuenta de lo que tiene que ser la Iglesia.
La Iglesia no es el lugar de protagonismos nuestros. La Iglesia es el lugar donde se luce el Espíritu. Es Él el que tiene que brillar. Ese poder del Espíritu en el libro de los Hechos de los Apóstoles se manifiesta de distintos modos. Aparece con Pedro y Juan en el milagro de la curación del paralítico. Aparece en Esteban que, lleno del Espíritu, adquiere una sabiduría a la que nadie puede hacer frente. Esteban es uno de los siete diáconos. Otro diácono, Felipe no confundirlo con el apóstol. Hace obras maravillosas en su modo de predicar. Tiene unos dones carismáticos sorprendentes. Por ejemplo, esa capacidad de moverse a una velocidad inexplicable. Lo mismo que le pasaba a Elías, que también se movía a velocidades incomprensibles. Y luego también hay santos que han tenido ese don de una velocidad sobrenatural en su movimiento. Por ejemplo, en México y California se recuerda a San Junípero Serra, cuyo movimiento es inexplicable. Recorría distancias de cientos de kilómetros, con la característica de que además tenía un cierto defecto en una pierna ¿cómo podía lograrlo? nadie lo entiende. Pero están los reportes de donde estaba él en distintas fechas. Es el poder del Espíritu.
Un hombre del que se nos habla muy discretamente en Hechos de los Apóstoles y que nos muestra otro aspecto del Espíritu es Bernabé. San Bernabé. Aparece, por ejemplo, en la primera lectura de hoy. Ahí se nos cuenta. Cómo Bernabé es enviado a Antioquía. Luego va y busca a Saulo. Luego enseña con Saulo. Más adelante vamos a encontrar que sale a predicar dirigiendo la primera misión. Llamemosla misión a gran escala. Luego se oculta y es Pablo el que sobresale. Pero ya sabemos que lo que importa no es si sobresale Pablo, sobresale Bernabé o sobresale Felipe, porque en todos ellos el que está obrando es el Espíritu.
En todo caso, conviene decir un par de cosas sobre Bernabé, porque es tan hermoso lo que hizo el Espíritu en él. De Bernabé nos habla el libro de los Hechos varios capítulos atrás. Aquí estamos en el capítulo once. Resulta que Bernabé no era el nombre de él. Su nombre era José. Era natural de Chipre, lo cual facilitó que la primera misión saliendo de Antioquía de Siria se dirigiera a Chipre. Él era de Chipre, se llamaba José. Y la primera vez que se nos habla de este hombre lleno de Dios es que él vendió unas tierras que tenía y puso el dinero a disposición de los apóstoles. Eso lo hizo mucha gente, pero algo vieron los apóstoles en él que le pusieron ese apodo, Bernabé o Barnabás. Que parece un poco más cercano a la pronunciación hebrea, significa hijo de la consolación. Hoy es un buen día para desentrañar la riqueza de ese apodo. Porque a ver, a cuantas más personas los apóstoles le pusieron un nombre nuevo. Eso no aparece. No aparece mucho. En este momento no me acuerdo de nadie. O sea que algo tuvo que haber pasado en este hombre. Algo muy particular. Algo que está de alguna manera encriptado en el apodo Barnabás o Bernabé. Sabemos que en arameo y en hebreo esta raíz Bar significa hijo. Bartolomé, el hijo de Tolomeo. Barjona, el hijo de Jonás. Barrabas no sé de quién era hijo, pero Bar también era hijo de él. Y luego tenemos a este hombre, el hijo de la consolación.
Nosotros no hablamos como ellos hablan o hablaban. La expresión hijo de, está indicando algo que se realiza de un modo eminente en alguien. Observe, por ejemplo, que Jesús nuestro Señor, refiriéndose a Judas, dice en oración. Nadie se perdió sino el Hijo de la perdición. Ese es el apelativo terrible que Jesús utiliza refiriéndose a Judas Iscariote, el hijo de la perdición. Repito, nosotros no hablamos así. Pero ¿qué significa hijo de la perdición? o ¿qué significa hijo de la consolación? Cuando la expresión hijo de, se utiliza está indicando que en esa persona como que se ha encarnado, como que se ha realizado plenamente lo que indica el nombre. Entonces hijo de la perdición. Es algo así como el retrato vivo. Nosotros hablaríamos tal vez de esa manera. Es el retrato vivo de lo que es una historia podrida. Lo que es una historia perdida. Una vida perdida. Con lo cual no estamos pronunciándonos sobre el destino eterno de Judas Iscariote. Siempre recordemos que eso queda en la soberanía de Dios. Pero lo cierto es que la expresión quiere decir eso. En ese hombre, en ese caso, Judas, ahí tienes el retrato vivo de lo que es una vida perdida. Eso es lo que nos está diciendo Jesús con hijo de la perdición.
Bueno, pero hoy felizmente estamos hablando de otra persona. Y entonces, hijo de la consolación, ¿qué quiere decir? que en él. En este caso, en ese hombre llamado José, natural de Chipre. Que en él está el retrato vivo de lo que es la consolación de Dios. Pero de nuevo, la palabra consolación tampoco es una palabra que usemos con tanta frecuencia, ni con la profundidad que tenían ellos. ¿En dónde se habla de esa consolación? ah, pues si usted se va al relato de la presentación del Niño Jesús en el templo, usted se da cuenta que tanto Simeón como Ana, los dos adultos mayores que aparecen ahí. Estaban aguardando la consolación. ¡Qué cosa tan interesante! Estaban aguardando la consolación.
Providencialmente el cántico tomado del libro de Daniel, que aparece en laudes de hoy. Nos muestra qué significa aguardar la consolación. Todo eso que se cuenta en ese cántico de Daniel, todo ese reconocimiento del pecado. Ya no vemos nuestros signos, ni hay profeta. Nadie entre nosotros sabe hasta cuándo. Quienes hablan de esa manera lo que están presentando es un corazón desolado. Desolación es lo contrario de la consolación. Un corazón desolado. Un corazón que pasa por horrible aridez, por espantoso desierto. Y no se ve salvación a la vista. No hay salvación a la vista. Como que todo es duro, como que todo es seco, como que es sufrimiento sobre sufrimiento. Entonces quienes sufren de esa manera y además tienen conciencia de su propio pecado y miseria, están desolados y están aguardando la consolación.
La consolación es como el rocío bienhechor que alivia la tierra reseca. La consolación es como ese aire fresco en el día de la canícula. La consolación es como ese abrazo que recibe el que solo conocía llanto sobre llanto. La consolación es como aquel momento en el que se abren las compuertas del cielo y empiezan a descender las bendiciones. Hay que acordarse de Isaías capítulo cuarenta. Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor. ¿Por qué? porque ya ha recibido doble castigo por todas sus culpas. Es decir que el consuelo de Dios es como el amanecer después de una noche terrible. Es el abrazo después de tanto llanto. Es el rocío. Es ese suave caer de la lluvia que alivia la tierra extenuada.
Teniendo un poco más claro lo que es la consolación. Ahora miremos ¿qué puede significar hijo de la consolación?. Evidentemente, en este hombre sucedió algo extraordinario. Propósito mío, que conozcamos y amemos más a San Bernabé. Porque también nosotros pasamos por tiempos de una sequedad tan terrible y a veces sentimos que esto no se va a acabar nunca. ¿Cuándo va a llegar un tiempo distinto? Por eso, en ese camino nuestro, el ejemplo de San Bernabé y sobre todo lo que Dios hizo en San Bernabé. Es importante, es una luz. Este hombre que tenía bastante posesión material, tenía sus buenos campos cuando conoce el Evangelio y cuando conoce el poder del Espíritu, se llena de un gozo que a los apóstoles les impactó. Ellos, que veían tanta alegría en tanta gente, vieron en Bernabé un brillo. Había un brillo especial en sus ojos, en su sonrisa. Los campos que vende y el dinero que pone a disposición de los apóstoles son apenas la expresión exterior. La expresión exterior de la riqueza que estaba experimentando interiormente. Tan rico se sentía, tan lleno de la riqueza de Dios se sentía que bien parecía que le estorbaba cualquier riqueza de esta tierra. Así como una persona que recibe vestidos finísimos mira como harapos lo que estaba usando antes y se desprende pronto de todo eso, porque quiere vestirse de la nueva vestidura que recibe. Ese es Bernabé. Es un hombre colmado del Espíritu, un hombre que ha encontrado el consuelo en Dios. Un hombre que se ha sentido rico, abundante, sobreabundante. Y desde esa sobreabundancia nace todo su apostolado.
Él se quedó con los apóstoles en Jerusalén. Pero cuando empieza a extenderse el Evangelio, en parte forzado por las persecuciones, los apóstoles se dieron cuenta. Necesitamos este carbón encendido en Antioquía. Antioquia era un lugar muy importante, ¡muy importante!. Entonces lo envían allá. Eso es lo que nos cuenta el texto de hoy. Al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró. No le costaba mucho trabajo alegrarse y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño. Era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Una multitud considerable se adhirió al Señor. Es decir, que aquello para lo que lo mandaron los apóstoles funcionó. Este hombre encontró que ya estaba el fuego de Dios y lo acrecentó. Era un hombre que incendiaba en el amor de Dios, porque él mismo era la expresión de cuánto puede Dios consolar al corazón humano. Cuánto puede Dios darle al corazón lo que nadie más le puede dar. El mismo Bernabé, que no quería mayores protagonismos, supo de Saulo, que estaba un poco retirado. Estaba en Tarso, pues trajo a Saulo. Vamos a trabajar aquí, vamos a consolidar aquí la obra de Dios durante un año. Estuvieron juntos Bernabé y Pablo. Predicando en Antioquía. Enseñando en Antioquía. Impresionante. Imagínate lo que sería todo ese fuego carismático de Bernabé y toda esa sabiduría y convicción y poder de Dios en Pablo. ¡Qué cosa impresionante! ¡Qué manera de obrar Dios!
Pero Dios estaba pensando en algo todavía mayor. Qué es lo que vamos a encontrar pronto. Cuando dice separadme a Bernabé y a Pablo. Tengo una misión para ellos. Se acabó el tiempo en Antioquía y salen a predicar. Así empiezan las grandes misiones de la Iglesia. Bernabé dirige esa primera misión. Pero al término de esa primera misión ya es Pablo el que sobresale, pero los nombres no importan. Era el Espíritu el que iba haciendo todo.Sigamos nuestra Celebración Eucarística.
Pidamos al Señor tiempos de consolación, como los esperó Simeón. Pidamos tiempos de consolación, como lo que vivió Bernabé. Nuestra querida España lo necesita. Nuestra orden dominicana lo necesita. Nuestra federación lo necesita. Poder de Dios que consuele. Necesitamos ese fuego. Necesitamos que sea perfecta su obra entre nosotros. Así lo conceda Dios. Amén.

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