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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Evangelio protege del mal pero sobre todo nos hace capaces de irradiar el bien.
Homilía p042015a, predicada en 20180424, con 9 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, el libro de los Hechos de los Apóstoles se podría llamar también el libro de los Hechos del Espíritu Santo. Ya hemos comentado en otra ocasión que el verdadero protagonista en este libro es el Espíritu Santo. Él es el que inspira y da fuerza de milagros a Pedro. Él es el que guía con agilidad asombrosa a uno de los primeros diáconos llamados Felipe. Él es el que otorga una sabiduría invencible a Esteban. Él es el que guía los pasos fuertes, persistentes del apóstol Pablo. Qué hermoso hacer esta consideración. Así como el Espíritu Santo es el protagonista del libro de los Hechos de los Apóstoles, que el Espíritu Santo también sea el protagonista en mi vida. Que el Espíritu Santo guíe mis pasos, me dé las palabras apropiadas, me ayude a tomar las decisiones correctas, me conceda la perseverancia en las obras buenas.
De hecho, este libro de los Hechos de los Apóstoles termina de una manera un poco extraña. Termina, pero no termina, porque nos está contando las obras de evangelización de Pablo y llega hasta el momento en el que él queda encarcelado en Roma. Y ahí termina. Queda como incompleto. Y me gusta decir que este libro queda incompleto porque es un libro que se sigue escribiendo. En cierto sentido, la historia de la Iglesia y en particular la historia de los santos de Dios, hombres y mujeres que han sido amigos fuertes del Señor, es la continuación de este libro que por lo visto se sigue escribiendo y se seguirá escribiendo hasta que Cristo vuelva.
Hoy nos enseña algo muy importante este pasaje. Como la expansión del Evangelio va sucediendo en círculos cada vez más amplios hasta llegar a aquellos pueblos que en otra época fueron enemigos del pueblo elegido. Y así, el pasaje de hoy nos enseña uno de los contrastes más importantes entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Porque la consigna en el Antiguo Testamento es protéjase del mal. La ley de Moisés parece estar escrita bajo esa consigna. Defiéndase del mal, póngale un límite al mal, protéjase del mal. En cambio, en la nueva Alianza, en el Nuevo Testamento, también hay una nueva consigna. Y esa nueva consigna es lleve el bien a todas partes. Porte el bien. Lleve el bien. Transmita el bien.
Hay un pasaje del Evangelio que nos presenta a un leproso frente a Cristo, y ese pasaje sirve para que ilustremos lo que estoy tratando de decir. El leproso le dice a Cristo si quieres, puedes limpiarme, ¿qué decía la ley de Moisés con respecto a la lepra? Protéjase del mal. Por eso el leproso tiene que estar lejos, para proteger a los que están sanos. Pero ¿qué hace Cristo en ese pasaje? Nos dice el Evangelista. Extendió la mano, lo tocó y dijo Quiero. Y el leproso quedó limpio. La ley de Moisés prohibía cualquier contacto físico entre leproso y el sano, porque la ley de Moisés estaba escrita bajo la consigna Protéjase del mal. Y había miedo de que el mal le ganara al bien. Podemos decir que Cristo obra sin ese miedo. Sabe que la fuerza que opera a través de él y que brota de él mismo es más fuerte que la enfermedad.
Algo así es lo que nos cuenta el texto de la primera lectura de hoy, que fue tomado del capítulo número once de los Hechos de los Apóstoles. Donde quedaba la fenicia de aquel tiempo. Fue terreno de uno de los imperios más sanguinarios, más agresivos del Antiguo Testamento, el Imperio Asirio. Fue tan violento ese imperio que prácticamente acabó con el Reino del Norte, lo que se llamaba Israel. Acuérdese que ellos se dividieron entre Israel y Judá. El reino del norte, llamado de Israel con capital en Samaria, fue arrasado siempre con la brutalidad de costumbre. Fue arrasado por los asirios, que eran los que imperaban en esa zona después conocida como Fenicia. Pero ahora los cristianos le devuelven la invasión a ese imperio. Pero no es una invasión de crueldad, sino de gracia. No es una invasión de muerte, sino de vida.
Y así nosotros, los cristianos, estamos llamados a ser invasores, pero invasores desde la misericordia, desde el amor, desde el servicio hasta conquistar a todos para Cristo. Es muy bonito el Salmo. Salmo ochenta y seis en la numeración de la liturgia, ochenta y siete en la numeración de la Biblia. Viene muy bien ese salmo con lo que cuenta la primera lectura. Dice el Salmo haciendo una promesa. Contaré. Habla Dios. Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles filisteos, tirios y etíopes han nacido allí. Todos esos pueblos ahí mencionados. Egipto, Babilonia, Filistea. Luego los tirios ¿quiénes eran? los de la ciudad de Tiro, la ciudad de Fenicia, los filisteos, los fenicios. Todos estos eran pueblos enemigos. Y ese salmo precioso, obra del Espíritu, anunciaba muchos siglos antes de Cristo y de Pentecostés. Anunciaba que filisteos, tirios y etíopes han nacido allí, en la ciudad de Jerusalén. Es decir, victoria de Dios. Mientras que en el Antiguo Testamento todo era ponga barreras, defiéndase. Los demás son unos paganos. Incluso a veces se les trata como unos malditos.
En el Evangelio es claro. Hay que protegerse del mal, pero hay que llevar el bien, hay que conquistar los corazones. Qué hermoso tomar esta consigna neotestamentaria para nosotros, pensar que la vida no se nos puede ir solamente protegiéndonos de los malos. Pensar que la vida ha de ser ante todo, un servicio de testimonio que gane más y más corazones para el Señor Jesucristo. Así sea.

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