Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Por medio del anuncio fiel y completo del Evangelio, Dios llama todos los hombres a la conversión y a recibir su amor, su gracia y su salvación.

Homilía p042012a, predicada en 20160419, con 5 min. y 30 seg.

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Transcripción:

El capítulo once de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta la manera maravillosa como el amor de Dios, partiendo de las primeras misiones allá en Jerusalén, va alcanzando cada vez nuevas fronteras. Esto en realidad es simplemente el cumplimiento de lo que dijo nuestro Señor Jesucristo en el capítulo primero del mismo libro de los Hechos de los Apóstoles. Seréis mis testigos en Judea, en Samaría, en Galilea y hasta los confines del orbe.

Podemos decir que la Buena Noticia de salvación, por su propia naturaleza, está llamada a expandirse. Los terremotos y otras tragedias tienen un carácter de expansión. Hablamos de un epicentro donde es mayor la destrucción y luego, a partir de ese epicentro, hay ondas que se propagan. Por eso existen los tsunamis. Un tsunami es como una onda de destrucción que se propaga a partir de un epicentro. Pero si eso sucede con las cosas malas, hay que recordar que sucede también en el bien y sucede también con lo bueno. El epicentro de esta revolución maravillosa de amor y salvación es Jerusalén. Y hay ondas de salvación que son los misioneros y que van alcanzando nuevas personas, nuevas culturas, nuevas lenguas. De modo que ese mismo Dios, esa misma salvación, es Buena Noticia cada vez para otros hermanos y otras hermanas nuestros. Eso es lo que encontramos en Hechos de los Apóstoles, capítulo once.

Podemos decir que aquella frase de San Pedro en el capítulo tercero de los Hechos de los Apóstoles cuando dice es que nosotros no nos podemos quedar callados, es que tenemos que hablar, es que tenemos que contar lo que hemos visto y oído. Algo parecido a lo que le sucede al apóstol San Juan, según describe en el capítulo primero de su primera carta. Lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que hemos visto lo compartimos con ustedes para que estén en comunión con nosotros. Esa es la Buena Noticia.

Y por eso debemos considerar como enteramente natural, enteramente normal, que la Iglesia llegue a nuevas realidades culturales, llegue a nuevas razas, llegue a nuevos idiomas, se expanda utilizando nuevos caminos. Lo anormal sería que no sucediera así. Qué cosa tan rara sería un viento que no moviera las hojas. Un fuego que no quemara. Pues este fuego bendito del Espíritu, este movimiento maravilloso de gracia, tiene que llegar a muchos otros. Pero esa expansión no puede implicar una disminución en la calidad. Hay cosas que a medida que se van expandiendo, se van degradando, por no decir se van degenerando. No es el caso. No debe ser el caso con la Evangelización.

Por ejemplo, uno ve en el tema de las comidas, por decir algo, hay comidas que son típicas de Italia o de Francia o de México y se han ido expandiendo, pero a veces por lo menos me ha sucedido a mí. Te encuentras con que en un restaurante te ofrecen tacos mexicanos y resulta que esos tacos tienen como muy poco que ver con los tacos originales. O como dirían los mexicanos, los meros meros no tienen que ver. Eso está indicando que se da como una especie de degradación. Y quizás esos que hacen tacos a tantísima distancia de México han recibido una versión ya muy, muy desteñida de lo que era el original.

No debe suceder así con el Evangelio. Así como los paganos, los distantes, las periferias, tienen hasta cierto punto el derecho dado por la gracia de Dios de recibir el Evangelio. Por ese mismo título tienen también el derecho de recibir el Evangelio completo y cómo es recibir el Evangelio como es. Recibirlo con toda su calidad y con todas sus implicaciones. Y es interesante ver cómo en este pasaje de Hechos de los Apóstoles aparece una y otra vez el término conversión. Es decir, no se trata simplemente de hacer partícipes a otros de una especie de moda. Se trata de que tengan, como dijo el apóstol San Juan, comunión con nosotros. Es decir, que vibre en ellos la misma gracia, vibre en ellos el mismo amor que nosotros hemos recibido.

Así que Bendito el epicentro de la gracia. Bendita la expansión de la gracia. Pero es responsabilidad de todos que a todos llegue con la misma calidad, de manera que crezca la gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

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