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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El capítulo 11 de los Hechos corresponde a la gran apertura y expansión de la evangelización en la Iglesia primitiva.
Homilía p042010a, predicada en 20140513, con 5 min. y 55 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy es continuación del capítulo once de los Hechos de los Apóstoles. Este es un capítulo que yo amo profundamente, porque es el momento de la gran expansión del Evangelio. Los científicos que estudian el origen del universo hablan del Big Bang. El Big Bang es aquella explosión primordial sucedida hace unos trece mil setecientos millones de años. Esa explosión es la que da origen al universo visible que conocemos. Pero hubo una época, realmente una fracción de segundo en la que ese movimiento inicial. Esa explosión inicial se aceleró. Fue un momento de increíble aceleración en la expansión del universo. Y esa expansión acelerada se llama en física el período inflacionario. Desde luego, la palabra inflación está hablando de ese cambio de tamaño, pero de una manera acelerada.
Podemos decir que el capítulo once de los Hechos de los Apóstoles es el periodo inflacionario en la Evangelización. ¿Cuántas cosas cambian en el curso de unos pocos meses? Todo empieza cuando algunos judíos, es decir, judíos de raza, que habían nacido en ciudades alejadas de Jerusalén, como por ejemplo en Antioquía de Siria o por ejemplo, en la isla de Chipre. Siendo judíos de nacimiento, habían conocido el Evangelio de Jesús. Y como hubo persecución desde los primeros tiempos en Jerusalén, tuvieron que salir de la ciudad santa. Y entonces fueron hacia sus lugares.
Por ejemplo, fueron hacia Antioquía o fueron hacia Chipre.Pero al llegar allá, fíjate la situación de estas personas por raza eran judíos, pero por lugar de nacimiento tenían también vínculos de afecto y de cercanía con esos otros sitios a donde habían nacido y crecido. Sitios donde seguramente tenían amigos, personas que eran importantes para ellos. Por eso estas personas que eran judíos de raza, pero que eran ciudadanos del Imperio Romano, o en todo caso eran ciudadanos de una realidad distinta del judaísmo. Esas personas eran exactamente el puente que la providencia de Dios necesitaba para dar paso a la gracia del Evangelio más allá de los límites del judaísmo.
Es la misma situación que va a acontecer con el más importante de estos personajes, precisamente el apóstol San Pablo. San Pablo nace en la ciudad de Tarso, bastante al norte, con respecto a Jerusalén. No pertenece a la Tierra Santa, no pertenece a los límites propios de Israel ni de Judá, pero es judío por raza, entonces tiene una doble pertenencia porque es judío y al mismo tiempo, en el caso de Pablo, es romano, es judío y pertenece al mundo de Asia Menor. Así como otros como Bernabé eran judíos de raza, pero eran chipriotas de la isla de Chipre por nacimiento. Y esa doble pertenencia la va a utilizar el Espíritu Santo para que estas personas que llegan a conocer la Buena Noticia de Jesucristo no puedan contenerse, no puedan retener el mensaje del amor únicamente para los de su raza.
Empezaron a predicar a otros, otros que de todas maneras estaban cercanos a la tradición judía, pero que ya no eran judíos. Empieza a predicar a otros, y esos otros que reciben ese mensaje van a convertirse así en destinatarios de la misma misericordia de los que eran judíos y vivían en Jerusalén. Cómo se las arregla Dios para ir creando puentes para utilizar esas realidades mixtas, complejas, híbridas, y hacer de ellas caminos de gracia, caminos de misericordia. Tenemos que preguntarnos ¿nosotros qué? Seguramente tú también eres puente. Seguramente tú, allí donde estás, tienes la misión de llevar la sonrisa de Dios, el amor de Dios y la verdad de Dios a otros corazones. No dejes tu vocación, no dejes de ser puente.

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