Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nuestro único camino es el amor.

Homilía p042005a, predicada en 20030513, con 7 min. y 23 seg.

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Transcripción:

Hermanos, meditemos un momento esta palabra que acabamos de escuchar durante el tiempo de la Pascua. En la primera lectura estamos siguiendo el texto de los Hechos de los Apóstoles. Este libro maravilloso verdaderamente es un canto a la fe, a la esperanza y al amor. Es un canto a la fe porque se proclama el centro de nuestra fe, lo que a veces llamamos el kerigma. Cristo murió para perdón de nuestros pecados y resucitó para que fuéramos salvos.

El libro de los Hechos de los Apóstoles es un canto al amor, porque se inaugura precisamente con esa efusión maravillosa del amor mismo que es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el amor por esencia y es ese el amor que sirve de motor a todos. Los mártires son mártires por amor. Las vírgenes son vírgenes por amor. Los misioneros son misioneros por amor. Los pastores, predicadores, apóstoles, catequistas, todos en la Iglesia somos movidos por un mismo motor el amor. Y por eso el libro de los Hechos de los Apóstoles es un canto al amor, pero es también un canto a la esperanza. Y nosotros necesitamos muchísima esperanza.

En momentos de desolación, en momentos de frustración, la que sale peor herida es la esperanza. Cuando se intenta buscar un camino para la paz y no se la halla, cuando a las propuestas de paz se responde con balas asesinas, atentados terroristas, entonces sentimos que la esperanza se va al suelo, sentimos que no hay futuro. Cuando la corrupción en los dineros públicos, cuando la impunidad ante el crimen campean por todas partes. Cuando sentimos que el mal es buen negocio y ser bueno es una tontería, la que queda peor herida es la esperanza. Pero el libro de los Hechos de los Apóstoles es un canto a la esperanza, hermanos. Y en este día, y a esta misma hora, en esta misma noche, en muchos lugares, hombres y mujeres, jóvenes, niños, familias enteras están caminando, están pregonando, están orando, están cantando, están construyendo esperanza. Y el libro de los Hechos de los Apóstoles nos ayuda a descubrir cómo se construye la esperanza.

Efectivamente, la escena que presenciábamos en la Primera lectura era de un momento muy amargo, un momento de persecución. Situémonos, hermanos, por favor, en ese en ese tiempo, estos apóstoles y todos los discípulos predicando, pregonando buenas noticias. ¿Y qué respuesta reciben? Reciben una respuesta de odio, de ingratitud, de dureza, de indiferencia, de persecución. No hay nada que ataque tanto el corazón de la esperanza como dar el bien y recibir mal a cambio. Nada nos desanima tanto para ser buenos que cuando se nos castiga solamente porque tratamos de hacer el bien. Pero el libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta cómo estos cristianos, cuando eran perseguidos, se volvieron misioneros. Respondieron a una persecución con otra. Los perseguían con odio y ellos empezaron a perseguir con amor.

¿Porque qué es un misionero? Un misionero es alguien que está persiguiendo. Analicemos el verbo perseguir, es seguir con máxima atención. Perseguir ese per cualitativo reduplicativo, perseguir es seguir con una máxima atención, es seguir con el corazón concentrado y la mirada fija. Pues si a nosotros nos persiguen con el motor del odio, nosotros nos volvemos misioneros con el motor del amor. Y eso es lo que nos cuenta la Primera lectura. Eran perseguidos y se volvieron misioneros y es la única alternativa. Si a ti te está persiguiendo la serpiente del odio, tu única posibilidad es responder con la fuerza, la agilidad, la gracia y la belleza de la paloma del amor. Si tú vas a responder al odio con depresión, estás perdido. Si tú vas a responder al odio con suicidio, le diste una victoria a tu enemigo. Si tú vas a responder al odio con tu tristeza o con tu miedo, entonces te rendiste. Pero lo grande de estos cristianos es que responden al odio con un plan misionero.

Y esta va a ser la gran transformación de Colombia y del mundo. Qué sacamos con lamentarnos y con decir ¡Ay, cuánta inhumanidad! ¡Ay, cómo le hacen eso a criaturas inocentes! ¿Cómo le hacen eso a los pobres, a los pequeños, a los secuestrados, a los niños? El mal siempre ha sido así. Cruel hasta el extremo, sanguinario hasta el extremo. ¿De qué nos extrañamos, hermanos? ¿De que? El mal siempre fue así. Recorramos las edades de la historia. ¿Y qué encontraremos? Encontraremos que en todas partes el mal fue así. El mal que vemos y el mal que no vemos. Porque vemos la muerte de inocentes secuestrados. Pero seguramente se nos olvida el río de sangre de los niños abortados, y esa también es violencia. Y de pronto hasta yo me atrevo a llamar más inocente al niño que está en el vientre de la madre, aunque todas las vidas son preciosas ante Dios.

Por consiguiente, hermanos, dejemos de extrañarnos del mal y de abrir la boca, y de hacerle alabanzas al mal y a su poder, diciendo ¡Ay hasta dónde van a llegar! El mal es un abismo sin fondo, pero hay otro abismo más grande el abismo del amor divino, el abismo del amor divino que brilló en la cruz de Jesús. El amor que llegó hasta el extremo, el amor que llega hoy hasta el extremo aquí sobre este altar, ese amor que se vuelve alimento, que se vuelve Eucaristía. Ese amor es un abismo más grande que el abismo de la maldad. Vamos a llenarnos de este amor eucarístico, vamos a llenarnos de este amor crucificado, vamos a llenarnos de este amor que nos da el Espíritu y a perseguir a los que nos están persiguiendo. Que si ellos nos persiguen con odio, nosotros tenemos las razones de la sangre y de la cruz para perseguirlos con amor hasta convertirlos.

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