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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Evangelio tiene fuerza suficiente para llegar a todas las culturas, a todas las lenguas y a todas las personas.
Homilía p042004a, predicada en 20020423, con 5 min. y 46 seg. 
Transcripción:
El libro de los Hechos de los Apóstoles va registrando el triunfo de la Palabra, el triunfo del Evangelio, el avance victorioso del Espíritu. Eso no significa que no haya dificultades, sino más bien significa que cada dificultad se convierte en una puerta para la evangelización, se convierte en una manera nueva de anunciar el Evangelio. Ya hemos visto varios ejemplos. Cuando Esteban es apedreado, ahí al pie está Saulo, que aprueba esa persecución; pero luego Saulo mismo ve en la persecución a los cristianos una manera de perseguir a Cristo y una manera de ser perseguido por Cristo. En Jerusalén, les hacen la vida imposible a los cristianos y tienen que salir de ahí. Pero no salen como ratones asustados, sino nos dice: San Lucas salen a evangelizar, de manera que la persecución de Jerusalén se convierte en motivo de evangelización en Samaria y en otras partes. Así que la crueldad contra Esteban se convierte en el principio de una larga serie de mártires que son semilla de nuevos cristianos, según la frase de Cipriano. Me parece que es. Y luego la persecución en Jerusalén se convierte en motivo de difusión de la palabra en toda Palestina. Y así estaban las cosas hasta el texto que oímos el día de hoy relativo a la iglesia de Antioquía. Antioquía ya no era Palestina, eso está bastante más al norte de Galilea, pertenece propiamente a Siria. Es la tierra de Siria. Y hay una comunidad cristiana ahí. Discretamente, ha dicho San Lucas predicaban en la sinagoga, aunque ya hubo algunos que empezaron a predicarles a los griegos. Es decir, que esa situación que hubiera podido ser tensionante o que hubiera podido ser motivo de división o de discordia, se convierte a través de lo que le sucedió al apóstol Pedro en la casa de Cornelio y a través de esta experiencia de difusión de la Palabra, se convierte en una nueva puerta para el Evangelio. La diferencia no es para luchar hacia afuera, sino para cambiar hacia adentro. En ese sentido hay una fuerza muy profunda y muy hermosa en la Palabra de Dios, porque cada diferencia se convierte en un descubrimiento de una riqueza nueva adentro del Evangelio. Es decir, que el evangelio es al mismo tiempo una fuente de una gran tolerancia, pero no de una gran, de un gran sincretismo. El Evangelio no se disuelve, pero tampoco es una roca, no es una roca, quiero decir, en el sentido de algo Intolerante de algo monolítico, de algo que no puede cambiar, pero tampoco es una realidad que se disuelve como como sal en el agua y que y que finalmente se convierte en nada. Es muy interesante ver en el texto de hoy cómo esa iglesia de Antioquía, después de estar ya debidamente asentada y estar, llamémoslo así como en paz consigo misma, esa Iglesia, a través de la oración y del ayuno, se hace sensible a la acción del Espíritu, y el Espíritu los manda a una nueva frontera, los manda a un nuevo camino, los pone de nuevo en camino. Estamos efectivamente asistiendo al comienzo de la primera de las misiones de Pablo, esa que tiene que ver con Chipre y Salamina, una misión relativamente corta, pero que es el comienzo de una epopeya gigantesca que transformará la historia de Europa y del mundo. ¿Qué podemos sacar en, en resumen, de de estas reflexiones? Pues primero que cada dificultad es una puerta. Segundo, que cada diferencia que descubrimos hacia afuera es una ocasión para percibir la riqueza que tenemos en el Evangelio que tenemos hacia adentro. El Evangelio tiene fuerza suficiente para llegar a todas las culturas, a todas las lenguas y a todas las personas. Y no hay que exasperarse por la indiferencia, por la frialdad, incluso por el rechazo que encontremos afuera, sino más bien pensar que eso nos conduce hacia nuevas vetas, hacia nuevos caminos, hacia nuevas riquezas interiores que están en el Evangelio y que solo las descubrimos cuando nos confrontamos con dificultades. Y en tercer lugar, como a través de la oración y a través de un espíritu sobrio y penitente, el Espíritu Santo va obrando y le va abriendo nuevos horizontes a la Iglesia, para que nunca se acomode demasiado y para que siempre esté abierta al cumplimiento del mandato de Cristo de evangelizar a toda la creación.

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