Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

¿Qué es ser un hombre o una mujer de bien?

Homilía p042003a, predicada en 20010508, con 35 min. y 34 seg.

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Transcripción:

Muy amados hermanos. Hemos notado seguramente, que después de la Pascua de Cristo, en este tiempo tan hermoso que por eso se llama Tiempo Pascual. Venimos oyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. Aunque ese libro se podría llamar también el libro de los Hechos del Espíritu Santo, porque el gran protagonista de este libro es el Espíritu Santo. En el Capítulo Primero de los Hechos de los Apóstoles, Cristo anuncia la llegada del Espíritu Santo. En el Capítulo Segundo, una efusión maravillosa del Espíritu sobre los apóstoles reunidos en oración el día de Pentecostés. Y de ahí en adelante, todo este libro es un recorrido por todas las obras que hizo el Espíritu en aquellos comienzos del cristianismo. Los milagros obra del poder del Espíritu. Hace unas semanas oíamos cómo el apóstol Pedro se encontraba con un hombre tullido de nacimiento, y dice La Escritura: Le miró a los ojos y le dijo, oro, ni plata tengo, lo que tengo te lo doy, en nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda. Y aquel paralítico pudo caminar, saltar, danzar, correr. Había sido restituido en la salud.

Una cosa que parecía imposible. Pedro dice: Cuando la gente queda admirada, ustedes ¿Por qué nos miran así? Como si hubiera sido por nuestro poder o virtud, es por el nombre de Jesús, es por el poder del Espíritu de Jesús. Qué hermosura es Jesucristo obrando con el poder de su Espíritu en medio de su pueblo, trayendo sanación a los enfermos. No es la única obra del Espíritu. El Espíritu también otorga valor, coraje, a esos predicadores primeros de Cristo, a los apóstoles, intentaron asustarlos las autoridades judías, las mismas que habían enviado a Cristo a la muerte. Varias veces les dijeron: Les queda prohibido predicar la resurrección de Cristo. Pero los apóstoles tenían valor, tenían una fuerza interior. Una vez, por ejemplo, nos azotaron. Y dice el evangelista Lucas que es el autor de este libro maravilloso. Ellos salieron contentos de haber podido sufrir este ultraje por el nombre de Jesucristo.

Pregunto yo: ¿Es normal que una persona reciba una tunda de azotes y que se sienta feliz? No parece muy normal, pero es que aquí entra en juego la acción del Espíritu Santo que les instruía y les hacía sentir que en medio de este castigo injusto se estaba abriendo paso el poder del Evangelio. Era una obra del Espíritu Santo. Y la predicación de los apóstoles y la predicación de aquel gran hombre. Esteban, el primer mártir de la Iglesia, esa predicación tan llena de sabiduría, tan llena de poder. ¿De dónde venía? De la acción del Espíritu Santo, en Esteban, en Pedro, en Juan, en Santiago. Por eso digo yo que este libro se debería llamar Libro de los Hechos del Espíritu Santo. Un hombre destacaba por su odio a la Iglesia. Se llamaba Saulo. Era natural de una ciudad llamada Tarso, Saulo de Tarso, perseguía a la iglesia y cuando mataron a Esteban, aprobó esa muerte buena, esa que lo bendijo. Pero ese hombre, mientras respiraba amenazas contra Cristo y mientras perseguía a los cristianos, estaba también siendo perseguido por Cristo. Él perseguía a los cristianos y Cristo lo perseguía a él, y un día Cristo lo alcanzó. Eso nos lo cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Y allá, en ese Capítulo Noveno, se narra como el más terrible perseguidor se convirtió en el más fervoroso apóstol. ¿Por qué? Porque el amor de Jesucristo, el poder de Jesucristo resucitado, envolvió con su claridad a este hombre. Ahí fue cuando Pablo cayó por tierra y oyó una voz y se sintió llamado a entregarse al servicio de Dios. Fue una gran conversión. Lo pudo hacer el amor de Cristo, lo pudo hacer el amor que es el Espíritu Santo. Porque el Espíritu Santo no es otra cosa sino la fuerza del amor de Dios. Lo más poderoso que tiene Dios es el amor. Lo único, lo único que tiene poder en Dios, dice una gran santa dominica del siglo XIV, Santa Catalina de Siena. Lo único que tiene poder en Dios es el amor de Dios. El Espíritu Santo. Hermano, si fuéramos a hacer la cuenta detallada de todas las obras del Espíritu, como aparecen en este libro de los Hechos de los Apóstoles, seguramente necesitaríamos mucho tiempo. El Espíritu Santo fue el que les otorgó ciencia, valor, pureza, generosidad, alegría.

Hay una oración que el sacerdote dice al comienzo de la Misa, esa oración se llama la oración colecta. Ya la hemos dicho, desde luego. Mira la oración colecta del día de hoy, la que hemos dicho hace unos minutos. Dios omnipotente, concédenos a quienes te celebramos la resurrección del Señor, alegrarnos por la gracia de nuestra redención concédenos alegrarnos. El evangelista Lucas, autor del tercero de los Evangelios y autor de esta obra que venimos comentando, San Lucas es un hombre que insiste muchísimo en la necesidad de la alegría. Concédenos alegrarnos le hemos dicho a Dios y el Espíritu Santo trae una inmensa, incomparable, alegría. Y sabe una cosa, para vivir la vida cristiana se necesita alegría. Hay una frase que a mí, me impresiona mucho, que me ha impresionado desde que la oí. Dice así: Al demonio le gustan las almas tristes. Al demonio le gustan las almas tristes porque son su juguete. Las almas tristes son el juguete del demonio. Un alma alegre con la alegría que trae el Espíritu Santo, es un alma resguardada y protegida contra muchísimos pecados.

Y yo aquí quiero detenerme un poco, porque el texto que oímos hoy de los Hechos de los Apóstoles precisamente nos invita a encontrar esa alegría y la oración que hicimos hoy al comienzo de la Misa también habla de la alegría. Mira esto, ¿Por qué las personas buscan los vicios? Porque buscan alegría. Una persona se siente triste o se siente deprimida, se siente desconsolada y le ofrecen un trago. Tómese esto para que ahogue sus penas. Claro que todas las penas saben nadar. Tómese esto para que ahogue sus penas. La persona que está triste. Está como esperando como el mendigo por la calle. Está esperando un poco de alegría. Por eso la persona triste está expuesta a todos los vicios. Seguramente mi hermano, el padre Gustavo, también es la experiencia mía, nos hemos encontrado con algunos jóvenes víctimas de la drogadicción. Casi siempre la historia es la misma. Muchacho, ¿Cómo es? ¿Cómo es la situación en tu casa? ¡Casa! ¿Cuál casa Padre? yo no sé lo que es eso, yo sé dónde duermo y sé dónde como. Yo no sé qué es una casa. Mi papá no lo conocí. O peor que eso, mejor no haberlo conocido. Con mi mamá, vivimos en una discusión y una guerra permanente con mis hermanos cada uno metió en su cuenta y en su rollo. En esa soledad y en esa tristeza un muchacho ¿Que hace? ser un mendigo.

La mayor parte de los viciosos son mendigos de la alegría. Y por eso cuando llega un vecino, otro vicioso y le dice: mire aquí le regaló fúmese esto, inyéctese esto, huela esto. La persona en realidad lo que quiere fumar, lo que quiere inyectarse, lo que quiere aspirar, es alegría. Quisiera encontrar una inyección de alegría para meterse una inyección de alegría. Pero si la persona ya está alegre, si la persona ha recibido el gozo del Espíritu Santo, entonces llega la propuesta. Mira que si te tengo este licor, te tengo este vicio. Y la persona, como no es un mendigo de la alegría, perfectamente puede decir conmigo no. Para poder decir no a la droga hay que haber dicho primero sí al amor, sí a la vida, sí al Espíritu, sí a Cristo, sí a la alegría. Y los jóvenes que están llenos de Cristo que están llenos de alegría, que están llenos de vida. Esos jóvenes no serán seguramente atrapados por las redes del vicio. Hay que dar amor y hay que dar alegría y hay que llevar una vida alegre.

Cuando usted vea una cara sombría, fíjese cómo es el español. La lengua española. Sombrío, eso viene de sombra, eso viene de oscuridad. Rostro sombrío es un rostro que muestra un alma en tinieblas. Y un alma en tinieblas, está escondiéndose. Y usted sabe ¿Qué pasa cuando una persona se esconde? Algo malo está tramando. Papás, profesores, sacerdotes, misioneros, educadores, cuando ustedes vean que sus hijos, que sus catequizandos, que sus alumnos tienen el rostro apagado y sombrío, tiemblen, temblemos. Porque cuando el rostro de los jóvenes está bañado en sombras, el corazón está metido en las tinieblas. Y eso, eso significa que hay males que se están tramando. El Espíritu Santo trae alegría. El Espíritu Santo trae una gran alegría. Y para que llegue el Espíritu Santo, la lectura de hoy nos da unas pistas hermosas. Dice así, hubo unos cristianos de Chipre y de Cirene que al llegar a Antioquía. Todavía no es Antioquía la de los paisas. Es Antioquía, una ciudad que queda al norte de Palestina. Al llegar a Antioquía se pusieron a hablar también a los paganos, gente que ya no tenía nada que ver con el pasado judío anunciándoles la buena noticia del Señor Jesús. Gran número creyó y se convirtió al Señor. Llegó la noticia a la iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía, al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, se alegró mucho.

Yo como que me voy a cambiar de nombre hoy, porque yo pienso que esta Palabra de Dios se está cumpliendo en mí y se está cumpliendo aquí. Yo vengo de un convento, donde yo vivo y llego aquí, me voy acercando y escucho cantos, escucho alabanzas, escuchó aplausos a la gloria de Cristo. Entro aquí, me encuentro con un sacerdote convencido de la obra del Evangelio, me asomo a este templo y veo una asamblea nutrida, gozosa, que canta, que aclama, que bendice, que alaba a Dios. A usted no le parece que eso es muy semejante a lo que dice aquí la Palabra. Llegó la noticia a la Iglesia de Jerusalén. Yo diría llegó la noticia a mi convento. Y enviaron a Bernabé a Antioquía. Enviaron a fray Nelson a la parroquia de Santo Tomás. Al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho. Eso es lo que me pasó a mí. O sea que esta parroquia de Santo Tomás se podría llamar Antioquía. Y de pronto yo me puedo llamar aunque sea por unas horas, yo me puedo llamar Bernabé. Además, ¿Sabe qué significa la palabra Bernabé, el nombre Bernabé? Bernabé quiere decir consolado. Alguien a quien Dios consoló. Me gusta ese nombre. Yo podría llamarme en ese sentido Bernabé, porque Dios ha tenido piedad de mí y me ha consolado. Y yo he venido aquí, a esta Antioquía. Además, el nombre no les queda nada mal a ustedes. Les voy a decir por qué. Porque Antioquía, esa ciudad que estaba al norte de Palestina, era una ciudad que tenía mucho tráfico, era una ciudad que quedaba de paso para Chipre, para el Asia Menor, para el resto de Siria. Era una ciudad que estaba ahí de paso. Como esta comunidad cristiana está aquí, al borde de esa gran avenida, y yo he venido por la avenida para entrar aquí. Y yo puedo decir la palabra que hoy hemos proclamado al llegar y ver la acción de la gracia de Dios se alegró mucho. Pues sí, me alegré mucho y estoy muy alegre y los invito a que estemos muy alegres. ¿Por qué? Porque sigo leyendo, exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño. Con esa palabra se tiene que cumplir aquí. Entonces ahora me toca a mí esa parte. Exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño. Estar unidos a él con todo empeño, porque él es nuestra vida.

El mismo Jesús nos dice en el Evangelio de Juan: Sin mí nada podéis hacer. Sin mí nada podéis hacer. Y este Bernabé, porque podía hacer tantas cosas. Ese fue un gran apóstol, San Bernabé, un santo, ¿Porque pudo hacer tantas cosas? El texto lo explica, dice como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor. Eso es lo que necesitamos, gente de bien, llena del Espíritu Santo y de fe. Eso es lo que necesitamos. Una vida recta, una vida virtuosa, intachable, correcta, y estar llenos del Espíritu Santo y de fe. Y si nosotros, si cada uno de nosotros se convierte en un Bernabé y se mantiene así unido al Señor, y se convierte en un hombre de bien o en una mujer de bien, y se llena del Espíritu Santo y se llena de fe. Una multitud considerable se va a adherir al Señor. Esa es la fuerza del Evangelio. Un hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe. Así, una multitud considerable se va a unir al Señor. Este mensaje hermanos, esta homilía la estoy predicando para todos, para todos. Yo no le estoy diciendo al Padre párroco, padre párroco, usted tiene que ser un hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe. Claro que eso es lo que queremos. Eso está muy bien para él, está muy bien para mí. Pero esto no es solamente para los sacerdotes.

La Iglesia hoy nos envía para una nueva evangelización. Y necesitamos gente de bien, gente recta y correcta, gente llena del Espíritu Santo y llena de fe, para que una inmensa multitud se adhiera al Señor. Eso es lo que necesitamos, eso es lo que queremos. ¿Qué es ser, estas personas de bien? Vamos a resumirlo en tres puntitos muy, muy precisos, muy precisos. ¿En qué consiste esto? Mira, Vivimos en un mundo en el que hacer trampa parece lo normal. Parece lo normal. Ser un hombre de bien, entonces, significa arriesgarse a parecer anormal. Que todo el mundo roba, yo también voy a robar. No, Si a ustedes les parece que es normal que yo robé, a mí no me parece, eso tiene que decirlo el cristiano. No me parece. Por eso, por ser un hombre de bien, significa arriesgarte a quedarte solo, arriesgarte a ser anormal. Pero bendito riesgo, bendito riesgo. Hay que estar dispuestos a eso. Soy una mujer de bien, exactamente lo mismo. Bendito sea Dios.

Mire cuántas niñas, cuántas jovencitas han venido a esta convocación. Yo les quiero decir a todas estas señoritas, a todas estas niñas tan hermosas que han venido hoy. ¿Qué va a pasar con ustedes? Va a pasar que muy pronto, ya les habrá sucedido, viene la historia del amorío y del noviazgo. Y a usted se le va a acercar un novio, o mejor dicho, un monstruo con aspecto de novio. Que le va a proponer más o menos este negocio. Hoy, hoy, el noviazgo se entiende de esta manera, en que usted se deja manosear hasta que yo quiera, en compensación, usted puede manosearme hasta que yo quiera. Esa es la manera de entender el noviazgo hoy señorita. Y todas son así, si usted quiere que yo la quiera, tiene que someterse a eso, ese es el negocio. Claro que nunca lo dicen con esas palabras. No, no, no, no. El negocio no empieza con esas palabras. El negocio empieza cuando la niña empieza a sentir, ¿Ahora para dónde irá esa mano? Sí, pero el negocio es el negocio crece. Si la niña quiere ser una mujer de bien y estar llena del Espíritu Santo y de fe. Entonces a ella le va a tocar ser anormal y lo van a tratar de anormal. Ah, es que yo pensé que a ti te gustaban los hombres. Es que yo pensé que tú eras más liberada. Es que yo pensé que tú eras más moderna. Creí que ya habías superado esos atavismos y esas costumbres. Pero como todavía dependes de la Iglesia y del catecismo, vete a lamer ladrillos, vete a la porra, no te quiero. Me voy a buscar otra que sí se deje. Esa es la realidad de la vida, ser hombres o mujeres de bien supone eso, estar dispuestos a parecer anormales. Hay que estar dispuestos a eso.

Seguramente nos van a tratar de anormales en todos los sentidos y van a tratar de humillarnos. Y eso puede ser duro. Pero fíjate, necesitamos estar llenos del Espíritu Santo. Si una persona quiere ser un hombre de bien sin estar lleno del Espíritu Santo, ¿Qué le va a pasar? Si una mujer quiere ser una mujer de bien y no está llena del Espíritu Santo, sabe ¿Qué le va a pasar? Que la mujer dice: No, yo soy una mujer correcta, yo no me voy a entrar en ese juego, entonces, si me quieres dejar, déjame, vete. Pues te dejo, pues vete y se va. Y se queda la mujer con una sensación de haber sido despreciada, de no ser amada, de no ser entendida, de ser humillada, de ser pospuesta. Y eso duele. ¿Y qué le va a pasar a esa mujer? Le va a pasar que si ella no está llena del Espíritu Santo, empieza a sentir, yo soy una perdedora, yo perdí. ¡Qué desgracia la mía! Y cuando le llega el segundo novio y le dice: Muy bien, usted ya sabe cómo es el negocio aquí. El negocio es que usted hasta donde yo quiera, y en compensación, usted me puede tocar hasta donde yo quiera. Cuando le llega el segundo, el segundo round. Entonces ya esta muchachita ya no se siente con fuerzas porque dice: para quedarme otra vez sola y para quedarme otra vez aburrida y para quedarme otra vez triste, y para ser el patito feo, no sirvo, de manera que procedamos. Y ahí se le acabó la virtud. ¿Por qué? Porque no estaba llena del Espíritu Santo.

Uno no puede ser un hombre de bien, uno no puede ser una mujer de bien verdaderamente y coherentemente, si no tiene adentro la alegría de Dios. Por eso son tan importantes los grupos de oración, los ministerios de música, los grupos de catequistas, tantas actividades tan bellas que se hacen en la Iglesia. Porque si una persona está sola, aburrida, complicada, nadie la quiere, nadie la mira. Y el único novio que apareció la abandona, se deprime porque no tiene nada más. Pero si el muchacho está participando de un grupo, si tiene sus amigos y sus amigas y tiene una buena relación con la familia, si está cerca de su parroquia, si está comprometido verdaderamente, si tiene tantas fuentes de afecto y alegría y una cosa le sale mal, se puede sostener en las otras, no le parece. Si usted lo único que tiene es su amiguito, su amiguita y yo solo tengo mi amiguito y mi amiguito me falló. Entonces sacaré el revólver y pegarme el tiro porque qué más voy a hacer. Pero eso se matan los jóvenes, por eso, es que la realidad del suicidio juvenil es espantosa. Y es por eso, porque el muchacho no tenía un grupo, no estaba comprometido con nada ni con nadie. Únicamente era mi amiguita, mi amiguita, mi amiguita y mi amiguito y mi amigo. Y se me acabaron las dos o tres bobadas que tenía y se le tira un carro o hace lo que sea.

Por eso, hermanos, necesitamos una vida llena del Espíritu Santo, una vida rebosante de alegría y del poder de Dios. Eso es lo que significa ser un hombre de bien. Pero ser un hombre de bien también significa tener una conciencia formada. Este es el segundo punto, una conciencia formada porque en este mundo hay demasiadas ofertas, demasiada. En todas partes nos están proponiendo cosas. Usted entra a esta iglesia católica, este templo parroquial y usted ve que hay cantos, hay alabanzas y hay un señor que predica, pero seguramente si se va a unas cuadras, entra a una sala de reuniones o a un lugar de culto de los evangélicos y allí también hay cantos y alabanzas y hay aplausos, y hay otro señor que predica. Entonces viene la que, la confusión. La confusión, es una ruedita que va así y cuando va muchas vueltecitas hace así y ahí es donde uno hace locuras. Un hombre de bien es un hombre que está formado en la fe. Un hombre que sabe distinguir, que sabe diferenciar, que ama a su Iglesia, la conoce, sabe que hay problemas, sabe que hay deficiencias, pero no se enreda por eso.

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