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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Sabemos reconocer la voz del Señor?
Homilía p042002a, predicada en 20010508, con 23 min. y 56 seg. 
Transcripción:
Como hemos dicho en otras ocasiones, una de las características de Jesús, especialmente en el Evangelio de Juan, es su libertad. A Jesús no se le imponen condiciones, a Jesús nadie lo limita. Jesús se escapa de la tumba, se escapa de la acechanza de los hombres y se escapa también de los moldes y de las etiquetas en que a veces podemos querer encerrarlo. Hoy el Evangelio nos presenta un texto típico. Vienen estos judíos con una red que se la van a echar encima, Intentan delimitarlo, fijar que puede hacer y qué no puede hacer. Qué derechos y qué deberes tiene, cómo debe comportarse y qué puede esperarse de él. Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente. Supongamos que Jesús hubiera dicho una respuesta cómo: Pues sí, yo soy, cuál es el problema, entonces, ellos tomaban o hubieran tomado lo que ellos consideraban que debía ser el Mesías. Lo que ellos entendían por Mesías, y eso es lo que le iban a aplicar a él. Ah, pero es que el Mesías, con lo que hemos oído, es el que va a restaurar el templo según las medidas de aquellos Capítulos últimos del profeta Ezequiel. Así que tú tienes que restaurar este templo según esas medidas, y tú tienes que hacer esto y lo otro. Es una red, en este caso una red de palabras. Si tú eres el Mesías, la respuesta de Cristo, afirma; pero va más allá de la afirmación, os lo he dicho y no creéis. ¿Cuánto se encierra en esa pequeña pero precisa acusación? Ellos le pedían franqueza y Cristo les pide fe. La franqueza, la claridad es lo que pide la razón humana para adueñarse de las cosas. Y no de los hombres más inteligentes de todos los tiempos, gran matemático y filósofo René Descartes decía, en su método filosófico que solo debían admitirse las ideas que fueran claras y distintas. La razón quiere avanzar con una linterna que produzca claridad, delimitación, definición, distinción. Y con esa linterna humana se acercan a Cristo estos hombres. Dínoslo claramente, quiere decir: Dilo en nuestro lenguaje, dilo según nuestras expectativas, dilo de acuerdo con nuestras categorías. Ellos le piden franqueza, le piden esa claridad a Cristo, y Cristo pide fe. Por medio de la claridad racional, el ser humano quiere adueñarse de los fenómenos, adueñarse de los objetos de estudio. Poseer lo que conoce, por medio de la claridad racional el hombre quiere adueñarse y en este caso quieren adueñarse de Cristo. Y Cristo les dice: Vosotros no creéis. Cristo les pide fe, porque por medio de la fe nos entregamos en las manos de Dios. Ellos le pedían franqueza y claridad racional como para adueñarse de él, y él les dice: Pues es que yo estoy esperando fe, no para que ustedes se adueñen de mí, sino para que se pongan en las manos de Dios y se pongan también en mis manos. Y por eso no hay comprensión posible entre estos dos lenguajes. La claridad racional pretende apoderarse y la fe pretende entregarse. Y uno no puede al mismo tiempo apoderarse de algo y entregarse a algo. Eso no es posible. Por eso dice Jesús: Os lo he dicho. Me imagino a aquellos interlocutores de nuestro Señor haciendo memoria, a ver cuándo fue, que dijo y dónde dijo y cómo lo dijo. Mientras ellos estaban ahí con la computadora haciendo cuentas, a ver en qué momento había dicho y cómo lo había dicho. Cristo sigue hablando. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí. De modo que no piensen tanto. El gran lenguaje que permite decir quién soy yo, es el lenguaje de las obras que realizó en nombre de mi padre. Es decir, que Cristo sí es Mesías. Pero el diccionario en donde se puede entender qué significa Mesías, es el diccionario que Cristo ha construido con las obras. Ustedes no pueden entender. Es como si les estuviera diciendo Cristo, ustedes no pueden entender qué significa Mesías. De acuerdo con las expectativas, los deseos, las pretensiones de ustedes, Mesías no es lo que ustedes quieren que signifique Mesías. Mesías significa lo que mis obras, lo que las obras que realizó en nombre de mi Padre está diciendo. Esto es importante porque nos invita a descubrir a Jesús. Jesús no es un objeto que traigo a mi laboratorio. Para que mis capacidades o mis expectativas o mis sentimientos. Esto no es solo de inteligencia. Determinen cómo tiene que ser Jesús. Jesús es, como es, y soy yo quien debe descubrir a través de las obras de Jesús, quién es Jesús. Es como si me encuentro unas palabras escritas, por ejemplo, en chino. Necesito conocer los caracteres chinos para poder entender ese discurso en chino. Necesito descubrir las obras de Jesús para entender quién es Jesús. Y les dice nuestro Señor: Vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen, yo les doy vida eterna. Bueno, ¿Cómo es? ¿Cómo es la cosa al fin? El que lo escucha se vuelve oveja suya o el que es oveja le reconoce la voz. Fíjate que son dos cosas distintas. El que escucha a Cristo se vuelve oveja de Cristo, o el que es oveja de Cristo reconoce la voz. Lo que uno está más acostumbrado a pensar es lo primero. A través de la escucha no llega a ser oveja de Cristo. Pero el Evangelio, sobre todo este evangelio infinito, el de Juan, se inclina más por la segunda posición. Porque el caso típico está en las discusiones con los judíos. Pocas personas tuvieron tanta ocasión de oír a Jesús y por lo menos hasta donde llegan las noticias del Evangelio. Dios quiera que eso haya cambiado después. No se volvieron ovejas suyas. En esta misma escena, en esta que comentamos, le están oyendo a él, ¡Qué testimonio tan claro! Eres el Mesías os lo he dicho. Le están oyendo a él. O sea que tenemos que sacar una conclusión. No es el oír a Cristo lo que forzosamente nos vuelve ovejas de Cristo, aunque eso sería lo que a uno le parecería más natural, sobre todo después de aquella frase de San Pablo: La fe viene de la predicación, que está en el Capítulo Décimo de la Carta a los Romanos. A uno le parecería más natural decir que a través de la predicación llegamos a ser ovejas de Cristo. Pero el evangelio nos está mostrando que hay algo que es anterior. Ese algo que el mismo Jesús lo dice en este evangelio y lo sugiere en otra parte: Nadie viene a mí si el Padre no le atrae. No es un asunto de convicción, no es un asunto de convencer en una discusión. Mis ovejas reconocen mi voz. Quiere decir que hay una acción previa, que es la que permite que uno se deje convencer. No es la finura o la fuerza de unas razones lo que lo vuelve a uno oveja de Cristo. Hay una acción previa, misteriosa, impredecible, gratuita, que Cristo la describe como mi Padre me las ha dado. Mi Padre me las ha dado. Es el Padre, es Dios Padre el que le le escoge las ovejas a Cristo, el que le da las ovejas a Cristo. Y por esa acción previa misteriosa del Padre, a quien nadie ha visto, nosotros somos conducidos hacia el pastor. Y por esa acción previa del Padre, dos personas pueden oír el discurso de Cristo y una sentirse convencida, y otra sentir que todo eso solo sirve para una gran discusión y para tratar de agarrar con las redes de nuestras palabras al Hijo de Dios. Esa expresión de Cristo: Mi padre me las ha dado. Nos invita a reflexionar sobre el misterio de la conversión y el misterio de la unión con Dios. Papá Dios nos da a Cristo y Papá Dios nos mueve hacia Cristo. Podemos decir que con una mano nos acerca a Cristo y con otra mano nos acerca a la primera mano. Así quedamos, por decirlo con elegancia teológica en sándwich. Delante de nosotros Cristo y detrás de nosotros la mano de Papá Dios empujándonos hacia Cristo. El que se quererte no es el que se encuentra únicamente con Cristo. Porque yo me puedo encontrar con Cristo y retroceder. Pero si me encuentro con Cristo y la mano de Papá Dios no me deja retroceder, sino que me empuja. Entonces ahí es cuando uno dice lo que en otro contexto dijo el profeta Jeremías me has podido. Así, si cualquiera, claro, por delante y por detrás queda uno cercado. Es una seducción, el Padre me las ha dado. Fíjate lo profunda que es esta frase, teniendo en cuenta lo que dice el mismo Evangelio de Dios. El mismo Evangelio de Dios y el mismo Evangelio de Juan en el Capítulo Tercero ahí dice: Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo. De manera que nosotros recibimos al Hijo, porque Dios nos lo da, y el Hijo nos recibe a nosotros, porque Dios nos da a nosotros, a Él. Como aquí hay gente contemplativa, contemple usted esa maravilla. Cristo es el regalo que Dios nos da y nosotros somos el chicharrón que Dios le da a su Hijo. Nosotros somos el regalo que Dios le da a su Hijo. De modo que en ese encuentro, en ese abrazo de Papá Dios. Cada mano se entrega a la otra, por así decirlo. Por amor, Dios entrega su Hijo al mundo y por amor Dios entrega el mundo a su Hijo. Y en ese encuentro sucede la conversión. Lo que el hijo aporta son las obras, que son las obras del Padre, y lo que nosotros aportamos no es lo que nosotros tenemos. Nosotros aportamos la fe, la fe que Dios nos da. ¿Y qué es lo que hace tan atractiva la figura de Cristo para nosotros? En realidad, las obras que Cristo hace. Él dice que no las hace por cuenta propia son las obras del Padre y de esa manera Cristo llega a nosotros como regalo, pero llega como un regalo humilde y desnudo que no pretende tener nada suyo, aunque lo tiene todo, sino que se acerca a nosotros con algo que no es suyo, se acerca con las obras que el Padre le concede realizar. Y nosotros nos acercamos a Cristo con algo que no es nuestro, sino con algo que el Padre nos concede tener la fe. De esta manera, el encuentro con Cristo es un encuentro entre la desnudez forzosa nuestra que carecemos de buenas obras y la desnudez voluntaria y piadosa de Cristo que tiene obediencia de amor al Padre. Entre la desnudez forzosa nuestra y la desnudez forzosa de Cristo acontece el milagro de la mutua donación entre lo que el Padre le da a Cristo y lo que el Padre nos da a nosotros. Esa es la conversión. Eso es lo que el evangelista llama reconocer la voz. Fíjate cómo en todas estas, en todas estas palabras de Cristo sobre su vida y obra de pastor, se utiliza mucho el verbo conocer. Yo las conozco, yo las reconozco. De pronto, en colombiano se podría decir las réquete conozco. Yo las reconozco. Y las ovejas, nosotros lo reconocemos. Nosotros reconocemos que lo que Cristo trae, las obras que trae son las del Padre. Y Cristo reconoce que la fe con la que nosotros llegamos es la fe que Dios Padre nos regaló. O sea que ese reconocimiento mutuo, en el fondo es el reconocimiento del Padre, que no es otra cosa lo que dice Cristo en otros lugares: El que me recibe a mí recibe a mi Padre. El que recibe al enviado recibe al que lo envía. Por otra parte, esta manera de mirar el encuentro con Cristo y esa frase el Padre me las ha dado mi Padre me las ha dado. Esto explica, esto demuestra el género y calidad de amor que Cristo nos tiene. Se ve ahí que Cristo nos ama en razón del Padre. Es por motivo del Padre, es como regalo del Padre. Así es como nos ama Cristo. Y ese género de amor es precisamente lo que permite la constancia, la fidelidad, la intensidad, la pureza, la generosidad de todo lo que Cristo nos da. Cristo nos ama en razón del Padre. Y luego dice Cristo: Mi mandamiento es que os améis unos a otros como yo os he amado. De este modo, el amor cristiano queda caracterizado por ser un amor que tiene su fuente en el Padre, que tiene su modelo en Cristo y que tiene su realización en cada cristiano. Amar como Cristo nos ha amado es amar en razón del Padre. Es amar porque Dios me ha dado. Así, por ejemplo, dicen que dijo San Francisco de Asís, nuestro padre San Francisco. Cuando empezaron a llegar los primeros frailes: El Señor me ha dado hermanos. Allí hablaba San Francisco, casi como Cristo. El Padre me los ha dado, dice Cristo. Y San Francisco dice: El Señor me ha dado, hermanos. El que piensa así, el que habla así está en la ruta de amar como Cristo ama. Está en la ruta de entregar la vida, está en la ruta de manifestar las mismas obras de Cristo, como dijo otro pasaje. El que cree en mí hará las mismas obras que yo hago y aún mayores. El que está en la ruta del amor de Cristo hará.

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