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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Ser elegidos tiene un propósito en Dios: compartir la bendición y llevar a otros a su encuentro; no se trata de sentirnos superiores. El Espíritu Santo es quien nos impulsa a servir.
Homilía p041025a, predicada en 20260426, con 7 min. y 14 seg. 
Transcripción:
El pueblo judío, mis hermanos, vivió dos experiencias que parecen opuestas, contradictorias, pero que no lo son. Por una parte, la conciencia de ser pueblo elegido. Eso está clarísimo desde Abraham. Dios llama a Abraham. Dios bendice a Abraham. Dios le hace promesas a Abraham y a su descendencia. Esto no tiene discusión. Es una, llamémoslo así, es una elección, es una prerrogativa que llega al pueblo judío. Pero, por otra parte, el pueblo judío está llamado a ser bendición para otros pueblos. Y esta es la parte que tal vez no entendieron y siguen sin entender muchos judíos.
De nuevo, si nos vamos a Abraham, encontramos que Dios le dice: En ti serán bendecidas todas las naciones. Y también tenemos muchos otros textos donde Dios manifiesta esa vocación de servicio universal que ha de ser propia del pueblo judío. Por ejemplo, cuando dice aquel salmo. Filisteos, tirios y etíopes dirán todas mis fuentes están en ti, Jerusalén. Sabemos que los filisteos eran como enemigos del pueblo elegido. Los tirios, pues, se refiere a la gente de la ciudad de Tiro, es decir, los fenicios, que eran caracterizados por su mentalidad puramente comercial, guiada por el lucro y además pueblos realmente en garras de la brujería, pueblos enteramente paganos.
Entonces, ya se trate de enemigos, ya se trate de paganos, pues finalmente van a ser bendecidos por el pueblo judío. Y esto significa que el pueblo judío a la vez tiene una vocación de Elección y una vocación de Servicio. La elección hace de ellos un pueblo muy especial y el servicio hace de ellos un pueblo fecundo dentro del plan de Dios. No es fácil unir estas dos cosas, porque fácilmente uno puede mirar la elección simplemente como un privilegio, y entonces uno puede llenarse de orgullo y uno puede mirar esa elección y uno puede mirar ese orgullo, algo así como un motivo de desprecio de los demás pueblos. Desprecio de las demás naciones, pues de hecho, así le sucedió a muchos judíos que cayeron en ese desprecio.
Y también en nuestro tiempo. Hay algunos que son judíos y que miran únicamente el aspecto de elecciones. Es decir, nosotros somos un pueblo especial. Nosotros tenemos que velar por nosotros, tenemos que cuidarnos entre nosotros y tenemos que ver cómo prosperamos nosotros y los demás pueblos. ¿Dónde quedan los demás pueblos? ¿Y dónde queda la vocación de servicio? ¿Y dónde queda la vocación de servicio universal de la que nos habla también la Sagrada Escritura? Pues eso no le interesa a algunos judíos actuales, y eso no les interesaba a muchos judíos del tiempo de Jesús y de otros tiempos.
Y todo esto lo estoy comentando por la primera lectura, porque en la experiencia que tiene el apóstol San Pedro, a través de una visión y a través de un llamado de caridad, él se da cuenta que esa distinción entre lo puro y lo impuro era una distinción puramente pedagógica, era una distinción que no debía tener una especie de permanencia indefinida. Porque si se mira a los demás pueblos, por ejemplo, a los pueblos paganos como pueblos impuros con los que no hay que mezclarse, con los que no hay que tener relación, entonces ¿cómo vas a ser bendición para esos otros pueblos? ¿Cómo vas a llegar con una noticia de amor y de bendición para unos pueblos a los que no quieres ni siquiera tocar?
Fíjate que, por ejemplo, en los evangelios se nos cuenta de esa distancia que tenían muchos judíos con respecto a los paganos. Distancia que se muestra en la pasión misma de Cristo. No querían entrar en casa de Pilato para no caer en impureza. Es decir, eran muy escrupulosos en eso de mantener las distancias. Y por eso Pedro también en la primera lectura de hoy dice yo nunca he comido nada impuro. Claramente hay una relación entre la distancia que un judío fervoroso tenía con respecto a los alimentos. Los alimentos impuros y la distancia que debía tener con respecto a las personas que no son judías, es decir, las personas impuras.
Pero lo que Pedro recibe, la claridad que Pedro recibe, es que esa distinción, esa separación estricta entre lo puro y lo impuro, era una especie de recurso pedagógico de Dios para que los judíos descubrieran su vocación, para que los judíos entendieran su vocación, para que entendieran la grandeza de su llamado. Pero esa vocación, esa elección, no debía quedarse ahí, sino debía abrirse al servicio. ¿Cómo se abre al servicio? a través de la abundantísima efusión del Espíritu Santo, que es la experiencia que tuvo el mismo Pedro cuando él estaba predicando sobre Cristo a unos paganos.
Y ya ves, lo que sucedió fue algo maravilloso, porque el Espíritu Santo mostró que también ellos eran amados de Dios. Que también ellos estaban llamados a recibir ese amor incalculable del Señor.
Entonces, yo creo que ahí tenemos una lección muy grande. La elección es real, pero la elección es para el servicio. El llamado es real, pero el llamado es para servir a otros. Cuando convertimos el llamado en privilegio y en élite, nos estamos apartando del plan de Dios. Nos estamos apartando de la propuesta del Evangelio. Nos estamos apartando de Cristo y del Espíritu. Elegidos, sí. Bendecidos, sí.
Y nosotros lo podemos decir también, como lo decían los judíos Elegidos somos, Bendecidos, somos. Pero no para encerrarnos en nosotros, sino para transmitir, para compartir esa hermosa bendición con nuestros hermanos. La gloria sea para Cristo. Amén.

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