Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Necesitamos apegarnos y aprender de Cristo, entender que Él es la puerta que permite entrar a la comunión con Dios Padre.

Homilía p041018a, predicada en 20180423, con 5 min. y 55 seg.

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Transcripción:

El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo décimo de San Juan. Destaca la frase que dice Cristo Yo soy la puerta. Yo soy la puerta de las ovejas. Así nos habla el Señor entrar por Cristo. Observemos que cuando llegamos a una casa, solo nos sentimos en casa cuando hemos pasado la puerta. La puerta es el comienzo de todo. Yo soy la puerta, dice Cristo.

¿Qué significa entrar por Cristo? Evidentemente, al encontrarnos con Él, sus palabras nos pueden parecer amables y exigentes a la vez. Amables si miramos su infinita misericordia. Exigentes si caemos en cuenta de cuál es la conversión que Él quiere y espera de nosotros. Palabras amables y exigentes. Y a veces uno quiere solo la parte amable. Uno quiere ser comprendido, aceptado, perdonado, sanado. Todas esas palabras nos gustan. Que me consuelen, que me sanen, que me ayuden, que mis cosas vayan bien. ¿A quién no le gusta eso? Y esa dulzura está en Cristo. Y esa dulzura la derramó Él con tantísima abundancia sobre los pobres, sobre los enfermos y los pecadores. Pero este Cristo no tiene solamente esa dulzura. También tiene desde el principio de su predicación palabras fuertes que nos llaman a la conversión.

Nos dice Jesucristo, Convertíos y creed la Buena Noticia. Al invitarnos a convertirnos, nos está invitando a dejar el pecado. Y el pecado amarra, amarra sobre todo con el gusto y con las ventajas, los placeres propios del pecado. Las ganancias propias del pecado nos amarran al pecado, y la conversión implica dejar esos gustos y renunciar a esas ganancias. Es ahí donde la puerta nos puede parecer difícil de cruzar y es ahí donde buscamos otro modo si queremos ser tal vez de la familia de Dios, si queremos, pero quisiéramos entrar por otra puerta. Esas otras puertas se han inventado.

Por ejemplo, hay personas que te prometen una gran paz para tu mente. Pon tu mente en blanco, respira profundo, siéntete en armonía con el universo. Descubre la fuerza interior que hay en ti. Pacífica las ondas de tu cerebro. Empieza a repetir frases que te ponen en la línea, en la dirección del éxito. Ese lenguaje tan almibarado es el lenguaje tan delicioso de oír. Tiene muchos seguidores hoy. Pero ahora que ya has oído el comienzo de esta predicación, ya sabes qué es lo que no se dice junto a esas palabras tan dulces. Lo que no se dice es: Deja el pecado, deja tu codicia, deja tu envidia, deja tu lujuria, deja tu mentira, deja tu orgullo, deja tu resentimiento. Entonces la gente se vuelca a todas esas experiencias religiosas, incluso las considera más actuales para nuestro tiempo, una religiosidad más actual.

Por eso no es de extrañar que incluso algunos sacerdotes empiezan también a alejarse de la puerta, en el sentido de que empiezan a presentar las cosas como que no es necesaria la conversión, como que puedes seguir en tu pecado, como que en tu caso particular, en el tuyo, tuyo, tuyo, puedes seguir pecando, pero no lo llamemos pecado. Digamos que es tu característica, es tu forma peculiar de ser. ¿Eso qué es? Eso es tratar de abrir un boquete, tratar de abrir un hueco que te permita acceder a todos los grandes tesoros del amor de Dios, pero sin pasar por la conversión. Así no es.

El otro extremo también es reprochable. Hay algunos que, en cambio, enfatizan la conversión y están hablando todo el tiempo de los terribles tiempos en los que estamos y de las amarguras que tiene la Iglesia actualmente. Pero esa dulzura que invita. Esa no la tienen. Las dos cosas son necesarias. Por eso necesitamos apegarnos a Cristo, apegarnos a la puerta y sobre todo nosotros, misioneros, predicadores, sacerdotes, aprender de Cristo para ser también parte de la puerta. La puerta que permite entrar. No es un hueco, es una puerta. Y por eso hay que saber pasar por ella. Así nos lo conceda el Señor. Amén.

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