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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pidamos al Espíritu Santo que nos haga ver que el plan de Dios es más grande, pues su amor quiere alcanzarnos a nosotros y a todos los hombres.
Homilía p041016a, predicada en 20160418, con 5 min. y 56 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del Capítulo Once de los Hechos de los Apóstoles. Nos cuenta un momento bien importante en la historia del cristianismo primitivo. Como sabemos, el Mesías era esperado por los judíos, no era esperado por los no judíos a los que la Biblia llama los gentiles, los que nosotros podemos reconocer como paganos. La Biblia nos enseña que había promesas muy bellas para el pueblo de Dios, para el pueblo elegido. Pero, qué pasa con los demás pueblos.
En el Antiguo Testamento ya había señales de que Dios iba a ampliar los planes de su misericordia, de manera que pudieran llegar también esos raudales de su ternura a otras naciones. Incluso desde el principio, en el Capítulo Doce del Génesis, donde Dios le hace sus promesas fundamentales a Abraham le dice, en tu nombre se bendecirán todas las naciones. Lo cual nos hace suponer que desde el principio hay algo que trasciende simplemente el ámbito estrecho, lo que podríamos llamar el ámbito de la sola familia de Abraham. Si le dicen tu nombre, se bendecirán todas las naciones, pues quiere decir que el plan de Dios no se agota únicamente en la descendencia de Abraham. Pero esto no es tan evidente al principio.
Luego, sin embargo, encontramos otras cosas, otros elementos. Vemos que cuando José. El hijo del patriarca Jacob es llevado, es vendido a Egipto. En atención a José, esta nación de Egipto recibe grandes bendiciones. De hecho, se convierte como en la despensa que custodia la vida que guarda la vida de muchas otras naciones. Y claramente, Egipto no pertenecía al pueblo de Dios. Pero hay una bendición para Egipto. Más adelante encontramos que Dios extiende esa misericordia, la anuncia y la extiende. Por ejemplo, cuando dice que va a traer del destierro, va a traer junto con su pueblo todo un cortejo. Podríamos decir todo un desfile de los demás pueblos, de las demás naciones. Al describir el retorno del destierro siglo sexto antes de Cristo.
La Sagrada Escritura nos habla realmente de maravillas y son maravillas para muchos pueblos y van llegando las distintas naciones. El profeta Isaías también nos dice que es poco que seas mi siervo. Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra. Esto es interesante porque nos muestra cómo en el plan de Dios, por una parte hay una elección, pero por otra parte hay un envío, hay una misión. Cuando nos quedamos mirando solamente la elección, quizás podemos volvernos un poco egoístas, quizás podemos pensar únicamente en defender lo que nos pertenece, en cuidarnos nosotros. Y en esa tentación pudo caer. O quizás ha caído varias veces el pueblo judío.
Pensar únicamente en sus intereses, protegerse únicamente ellos aludiendo, cosa que también es cierta, que han sido atacados muchas veces. Pero esa es una tentación hacer de la elección un absoluto como para sí mismo, porque resulta que también está lo otro, la expansión misionera. Te hago luz de las naciones. Y eso es lo que nos cuenta el Capítulo Once de los Hechos de los Apóstoles. Como el mismo apóstol Pedro es llevado por el Espíritu Santo a reconocer que hay una acción y hay un amor de Dios. Hay un plan de Dios para esas otras naciones, y por eso los que escuchan a Pedro terminan exclamando, también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida.
Esto también tenemos que aplicarlo a nuestra propia historia de fe. Yo creo que todos tenemos la tentación en algún momento de absolutizar las experiencias de amor y de salvación que hemos tenido. A veces porque creemos que únicamente los de nuestro movimiento eclesial, por ejemplo, únicamente nosotros los catecúmenos, nosotros los focolares, nosotros los carismáticos, nosotros los que sí hemos guardado la tradición. Esa tentación de formar un nosotros con grandes murallas que nos defienden del resto de los miserables pecadores. Esa tentación también sigue en nuestra época.
Y por eso necesitamos que el viento saludable del Espíritu Santo nos haga ver que Dios es más grande, que tiene otros planes. No nos vamos a disolver diciendo que todo da lo mismo. No se trata de caer en esa especie de relativismo, pero sí de reconocer que el amor de Dios tiene muchas sorpresas y no las conocemos todas.

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