Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Recuento de las primeras 4 semanas de pascua: la declaración de amor de Dios quien rescata al hombre, Nicodemo, El pan de Vida

Homilía p041007a, predicada en 20100426, con 17 min. y 51 seg.

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Transcripción:

Queridos amigos, situemos el evangelio de hoy en el conjunto de las lecturas para el tiempo pascual. Esta es ya la cuarta semana de Pascua. Hemos hecho un camino. Repasemos un poco qué es lo que hemos leído durante estos días. Y me refiero a las lecturas entre semana, porque los domingos tienen su propio ciclo. Lo primero que recordamos es que hemos venido siguiendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. Este es el libro que nos ha venido acompañando y que nos va a seguir acompañando durante el tiempo pascual. Cosa que tiene mucho sentido porque los santos Evangelios terminan contándonos de la muerte y la resurrección de Cristo. Lo que sigue después de la resurrección de Cristo en la Biblia son los Hechos de los apóstoles. Lo que sigue después de la resurrección de Cristo en la liturgia es el tiempo pascual. Así que tiene mucho sentido que estemos leyendo pausadamente, amorosamente, meditativamente, el libro de los Hechos de los Apóstoles. Y ahí vamos avanzando.

Ya estamos en el capítulo número once. Lo que nos cuenta este libro es el poder del Evangelio. Es la hermosura, la suavidad y la fuerza de la acción del Espíritu Santo, ese Espíritu que mereció para nosotros el Señor Jesucristo muriendo en la cruz, se puede llegar a decir que murió Cristo en la cruz precisamente para que nosotros pudiéramos recibir el Espíritu Santo de Dios. Porque la muerte de Cristo vino a romper ese muro que nos separaba de Dios. Así como vino a romper los muros que nos separan unos de otros. San Pablo, por ejemplo, enseña que el muro de desconfianza y de desprecio que separaba a los judíos y a los no judíos, ese muro ha caído con la muerte de Cristo. Cristo lo ha derribado con su propio cuerpo. Pero más importante que derribar los muros de prejuicios entre seres humanos. Es haber quitado ese obstáculo, ese cielo que estaba para nosotros cerrado, ahora está abierto. Hay una brecha. Esa brecha se hizo en la carne misma de Cristo, en su costado. Cristo permitiendo ese último ultraje, esa lanza que penetró su corazón místicamente dejó abierta la entrada al corazón de Dios. Ahora hay una brecha. Ahora hay una puerta.

Y entonces hemos podido encontrarnos con Dios también en nuestro corazón endurecido. Cristo ha abierto una brecha. Precisamente la contemplación de la Pasión de Cristo, la predicación de su inmenso amor, sirve para que a uno se le reviente el corazón. Sirve para que uno, en un acto de contrición y de arrepentimiento, habrá también brechas en el propio corazón. Así que Dios ha abierto su corazón, y nuestro corazón ha quedado también abierto, y todo ha sido fruto de la Pasión de Cristo. Abiertas esas dos puertas, la puerta del Corazón divino en la carne de Cristo y la puerta de nuestro arrepentimiento humilde. En nuestra propia carne está expedito el camino. Y ahora el correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Ahora podemos decir que el Altísimo consagra su morada. Ahora podemos decir que bebemos con gozo de las fuentes de la salvación. Porque ese río que brota del corazón de Cristo y que baña y lava y sacia nuestro corazón, no es otro sino el regalo del Espíritu Santo. El lazo perfecto del amor que nos une a Dios y que también nos une entre nosotros. Así que el sacrificio de Cristo ha sido la razón suficiente y perfecta para que el don del Espíritu Santo venga.

Por eso el Resucitado anuncia a sus apóstoles que deben quedarse en Jerusalén, suplicando el don del Espíritu Santo. Así lo hicieron en compañía de la Santísima Virgen y otras mujeres. Y vino ese maravilloso diluvio. Diluvio no de muerte, sino de vida. Vino ese maravilloso torrente. Y como fruto de esa acción del Espíritu, nace una Iglesia vigorosa, santa, pura, bella. Y esa Iglesia es la que vemos crecer con la fuerza de la predicación de los apóstoles, pero sobre todo con la fuerza de ese mismo amor divino, de ese mismo Espíritu que sigue haciendo su obra en círculos cada vez más amplios. Por eso, la primera lectura de hoy nos ha presentado un momento clave en la vida primitiva en la infancia de la Iglesia. Ese momento clave es cuando el primero entre los apóstoles, San Pedro, descubre por luz de revelación divina, que la gracia de Dios no puede quedar circunscrita a un solo pueblo, sino que también los gentiles, es decir, todos los demás pueblos, nosotros incluidos, estamos llamados a la salvación por esa abundantísima misericordia de Dios que ya estaba presente en la cruz.

Así que los Hechos de los Apóstoles, que son la primera lectura durante todo este tiempo pascual, nos están contando la eficacia y la potencia del don de Dios, del don del Espíritu Santo, que va causando como una explosión en cadena, como una expansión continua en círculos cada vez más amplios. Y eso es lo que constituye el tema principal de ese libro. El libro de los Hechos de los Apóstoles termina cuando San Pablo, estando en Roma, después de haber sido acusado ante el emperador, queda libre y cuando queda libre, después de dos años de cautiverio en Roma, podemos decir que se ha se ha cumplido plenamente lo que Cristo dice al principio del libro de los Hechos, a saber, que había que predicar el Evangelio en Jerusalén, en Samaria y hasta los confines del mundo. Pues bien, en aquella época, decir los confines del mundo era decir los límites del imperio romano, cuando ya el Evangelio se predica abiertamente en la capital del imperio, cuando a tanta distancia se realiza plenamente el querer redentor Salvador de Cristo. Podemos decir que se ha cumplido ese mandato, pero ese libro, valga la anotación, queda incompleto.

Si uno lo lee atentamente, como estamos haciendo estos días. Uno queda con la sensación de que acaba en punta, es decir, que no acaba. Y ese sentimiento es justo. Porque de eso se trata, que nos demos cuenta que los Hechos de los Apóstoles no han acabado, porque los hechos de la Iglesia no han acabado y los hechos del Espíritu Santo no han acabado. Nosotros mismos, ustedes y yo, hermanos, somos el libro de los Hechos de los Apóstoles, pero somos ese libro en carne y hueso. Somos ese libro vivo. Y cada vez que nosotros damos testimonio del Resucitado, cada vez que nosotros damos a conocer a Jesús, sucede el libro de los Hechos de los Apóstoles. Ese libro no se va a cerrar. O mejor dicho, sólo quedará cerrado cuando el último de los elegidos ingrese a la patria celestial. Esa ha sido la primera lectura y esa va a ser la primera lectura en el tiempo pascual hasta que lleguemos a Pentecostés. Y en cuanto a los evangelios, qué Evangelios. ¿Qué podemos decir? Nuestro compañero ha sido el Evangelio según San Juan.

Juan ha sido llamado el evangelista teólogo. Su mirada de águila penetra de un modo singular en el misterio de Jesucristo. Es San Juan el que nos regala metáforas preciosísimas para contar quién es Cristo. Él es la luz. Él es la vida. Él es el Pastor. Él es el camino. Con todas estas imágenes, a cual más bella y elocuente San Juan nos está ayudando a entrar en las riquezas de Cristo. Y, por supuesto, son las riquezas del Resucitado. ¿Cómo han funcionado las lecturas de los pasajes de San Juan en el tiempo Pascual? Si ustedes recuerdan, lo primero que leímos fue el diálogo entre Jesús y Nicodemo en la primera semana de Pascua, la que se llama la octava de Pascua. Y un poco más adelante estuvimos leyendo del capítulo tres de San Juan. Sumamente apropiado porque es aquel diálogo con ese fariseo, maestro de la ley llamado Nicodemo, el cual es como el resumen de la mirada hacia la antigua alianza, mientras que Cristo, al decirle que hay que nacer del agua y del Espíritu, en cierto modo lo persuade y obliga a que mire hacia la nueva Alianza.

De modo que todas esas lecturas de los primeros días del tiempo pascual lo que estaban haciendo era invitándonos a que entráramos en vida nueva, esa vida que nace del agua y del espíritu, esa vida que ya no pueden darnos nuestras madres porque no podemos volver a entrar al vientre de ellas. Pero vida que si nos da el nuevo vientre, el vientre de la Iglesia, que a través de las aguas saludables del bautismo nos renueva. Ese fue el tema principal de esos días en el diálogo con Nicodemo, aunque también en esos días hay que destacar aquella frase, la frase más bella quizás de toda la Biblia, el capítulo tres, versículo dieciséis, la declaración del amor de Dios. Tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Esa frase pronunciada al comienzo de la Pascua es como un faro que alumbra toda la vida cristiana. Bueno, estuvimos leyendo ese capítulo tercero. De ahí dimos un salto, nos fuimos por cerca de diez días o cosa parecida al capítulo sexto. El que empezó con la multiplicación de los panes. En el diálogo con Nicodemo, Cristo aparece como aquel que anuncia la vida nueva. En aquel pasaje de la multiplicación de los panes, Cristo nos va llevando suavemente, pero firmemente también de el hambre material al hambre espiritual y del pan que llena el estómago al pan de vida que es él mismo.

De modo que durante esos días lo que hicimos fue contemplar a Jesucristo como principio de vida, como pan de vida, como aquel en quien se encuentra alimento suficiente no solo para esta tierra, sino para la eternidad. Juan es el único entre los evangelistas que hace esa prolongación, esa especie de lexio divina, esa especie de homilía viva sobre el milagro de la multiplicación de los panes. No se contenta con contarlo, sino que hace toda ese desarrollo y a través de las palabras mismas de Cristo, nos lleva a enamorarnos de la vida que solamente Él puede traer. Esas lecturas, esos pasajes sobre el Pan de vida llegaron hasta el sábado pasado. Así terminó la tercera semana de Pascua y en esta cuarta semana, que va precedida por la fiesta que tuvimos el día de ayer, la fiesta del Buen Pastor. Hemos dado otro salto. Nos vamos del capítulo sexto nos vamos al capítulo décimo, que es toda aquella reflexión sobre el Buen Pastor. Cristo como aquel que da la vida, Cristo como aquel que viene para que nosotros tengamos vida abundante y sobre todo Cristo que quiere que nosotros seamos defendidos en el don que hemos recibido. Porque de poca cosa valdría recibir un don tan grande si luego lo vamos a perder en las fauces del lobo feroz. Así que necesitamos que alguien nos ayude a defender esa vida que hemos recibido. Y esa precisamente la tarea del Buen Pastor.

Y luego mis hermanos. Más adelante, ¿qué vamos a hacer? Pues más adelante nos vamos a ir al final del Evangelio de Juan, pero ya habrá tiempo de predicar de eso. Y ahí nos vamos a encontrar con Cristo como la vid verdadera. Y poco a poco el Evangelio nos va a atraer, nos va a llamar a esa intimidad con Dios que es la que da el Espíritu Paráclito. El final del tiempo pascual va a ir acompañado por todos estos discursos que Jesús hizo en la Última Cena según la narración que nos hace San Juan. Pero el énfasis en este caso está en el regalo maravilloso del Paráclito y en todas las riquezas que significa aceptar el espíritu de verdad. Bueno, mis amigos, esta es como una visión de conjunto. Estamos más o menos en la mitad del tiempo pascual y lo que he querido compartirles es como una mirada para que podamos ubicarnos de qué es lo que hemos recorrido y qué es lo que sigue de aquí en adelante.

Estoy convencido que un mejor conocimiento de la estructura de nuestras lecturas en la misa nos ayuda a participar de una manera mucho más fructuosa, de una manera mucho más cercana y también con mayor corazón en aquello que escuchamos. Que Dios nuestro Padre, haga de nuestra vida una Pascua y que todos estos misterios tan bellos que vamos recorriendo día a día se vuelvan realidad en nosotros para que el mundo crea, como dijo el mismo evangelista San Juan.

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